miércoles, 12 de marzo de 2008

Perfiles lamentables del jazz: Carmelitos Belahundé

En nuestro recorrido por perfiles lamentables y olvidados del jazz nos fijamos hoy en la figura del pianista Carmelitos Belahundé. Carmelitos nació en Piedras del Río, Cuba, de padre desconocido y madre también desconocida, es decir, que apareció a la orilla de un río sin saberse cómo. Ni corto ni perezoso, a pesar de su tierna edad de diez minutos, se dirigió a la cercana hacienda de los marqueses de Chupamarca, que le contrataron como recolector de mangos en prácticas, y le dieron el nombre de Carmelitos Descalzos Belahundé, por ser el santo del día.

Como a los marqueses no les gustaban los mangos, Carmelitos tenía mucho tiempo libre, que dedicaba a practicar con el piano de la casa. Y un día Carmelitos sufrió el accidente que le traumatizaría para el resto de su vida y supondría el despegue de su carrera. Mientras tocaba el piano, un malintencionado loro que tenían los marqueses, llamado Puto Bocazas, empujó la tapa del mismo, que cayó sobre los tiernos dedos de Carmelitos. Este dio un alarido descomunal e intentó asesinar al loro, que le había hecho mobbing desde el primer día. Pero sucedió que el loro era un enchufado así que, encima, a Carmelitos le pusieron en la calle. Este hecho provocó que Carmelitos desarrollará una fobia extrema a las teclas del piano, que ya no pudo volver siquiera a rozar sin volverse loco de ansiedad en toda su vida.

Aunque a primera vista parece un inconveniente grande para un pianista no tocar las teclas, Carmelitos no se arredró. Se fue a la capital, compró un piano a plazos, y se dedicó como loco a practicar con los pedales. “Ya que no puedo tocar las teclas” se dijo Carmelitos, “seré el mayor virtuoso del mundo tocando los pedales”. Y allí que se pasaba, horas y horas, ¡tap! ¡tap! ¡tap! dándole a los pedales del piano. Además, el piano le servía de vivienda, ya que por las noches se metía dentro.

Quiso la fortuna que Carmelitos conociera un empresario de variedades que no estaba muy bien de la cabeza, lo que le permitió debutar en el Teatro de Títeres de Canelagüay. Carmelitos asombró al respetable con su virtuosismo pedaleador. Los “¡oh!” y “¡ah!” se escuchaban por todo el teatro, porque ningún músico había conseguido nunca lo que Carmelitos: tocar el piano sin acercarse a las teclas.

Tras este gran triunfo, la carrera de Carmelitos fue fulgurante. Pero el éxito agrió su carácter apacible. Sucedía que Carmelitos necesitaba para sus actuaciones tener perfectamente afinadas las suelas de los zapatos. Así que contrataba afinadores de suelas de zapatos, pero era terriblemente exigente. El afinador le afinaba las suelas, Carmelitos las probaba, ¡tap! ¡tap! ¡tap!, pero nunca estaba contento, y entonces daba de puntapiés al afinador. Un mal día, Carmelitos tomó a su servicio a un afinador de suelas llamado Giorgione Capprone, que era conocido en su pueblo natal de Salchichone dei Fiori como “Il Tonttilocco”. Este, harto de los abusos de Carmelitos, le envenenó las suelas de los zapatos con crema Nivea. Cuando Carmelitos salió a escena, su ímpetu al entrar, la crema Nivea y las bruñidas tablas del escenario del Teatro 37 de Octubre de La Habana, precipitaron la catástrofe: Carmelitos pegó un fenomenal resbalón, dio tres vueltas de campana en el aire y cayó verticalmente de cabeza sobre el foso de la orquesta, yendo a aterrizar sobre la tapa de una alcantarilla, lo que le provocó la muerte, además de una fuerte jaqueca. Y aquí acabó su prometedora carrera.

Para que te fíes de la crema Nivea.

martes, 11 de marzo de 2008

Delirio 8: Conversaciones con un loro bocazas

- ¡Por fin en casa! ¿Pero qué…?
- ♪¡¡I’VE GOT YOUUUUUUU…UNDER MY SKIIIN!!” ♪
- ¡Puto Bocazas! ¿No te he dicho veinte veces que no cantes dando esos berridos? ¿No sabes que los vecinos se quejan?
- ¡Hombre, Troglo! A los vecinos, que les cunda, esto es arte. Que me denuncien, como soy un loro, me trae al fresco. Por cierto, ¿cómo quedó la cosa aquella de las elecciones?
- Creo que ganó Rajotero, pero no estoy muy seguro.
- Bueno, la verdad es que da lo mismo, porque ya les queda poco, je, je. Dime, dime ¿cómo van nuestros planes de dominación mundial?
- Pues los tengo un poco parados últimamente, es que no tengo tiempo…
- ¡La madre que te parió! ¡Si es que no tienes espíritu ni nada! ¿Cómo vamos a conquistar el mundo así?
- ¡Vale ya, coño, que pareces una madre! ¿Qué has hecho tú en todo el día, a ver?
- Me he licenciado en Derecho.
- ¡Pero qué graciosillo eres! Lorito real, lorito real,…
- ¡Quita, coño! ¡Qué es verdad, subnormal! Mira el título.
- ¡Vaya! ¡Pues sí que te ha cundido el día!
- Porque los loros somos seres hipermegainteligentes del copón.
- Ya. ¿Es por eso que tú estás en una jaula y yo soy la especie dominante?
- ¿Preguntas si es por eso que yo me paso el día tocándome las narices, escuchando jazz y con todas mis necesidades cubiertas mientras tú llevas años escoñándote a currar para no sacar más que mala leche?
- Retiro la pregunta.
- Demasiado tarde. El curro bien, ¿verdad? Je, je.
- No te cachondees encima. Esto no es una empresa, Puto Bocazas, esto es un blues.
- ¿Blues urbano o blues del delta?
- Del delta, del delta, del chungo. De ese que cuando lo oyes te sientes como si te estuvieran sacando las muelas del sufrimiento.
- ¡Vaya tela! En fin, lo que te decía, razón de más para acelerar la planificación para que me haga amo del mundo.
- Querrás decir para que nos hagamos.
- Claro, claro, ha sido un lapsus. Bueno, venga, menos rollo. ¿Hace una jam session para inspirarnos y coger fuerzas para conquistar el universo? He estado afinando el piano.
- ¡Tú sí que me conoces, Puto Bocazas! Pásame el saxo, anda.
- ¿Cuál, maestro?
- El barítono, que hoy me noto profundo. Venga, vuela hasta el piano. ¿Con qué empezamos?
- ¿”Blue Serge”?
- ¡Este es mi loro! ¡Y uno, y dos, y…! ♪ ♪ ♪ ♪ ♪ ♪

Bien está lo que bien acaba.

PD:
- Pssst, Puto Bocazas.
- ¿Qué pasa?
- ¿Tú crees que alguien se habrá dado cuenta de que esto no es un cuento mandarín, porque me lo he vuelto a dejar en casa?
- Hombre, yo creo que Mamen sí que se va a coscar.
- ¿Tú crees que se chinará? ¡Jo, jo! ¿Lo pillas? Como son “mandarines”, “chinos”, pues “chinarse”. ¡Jua, jua!
- ¡JO, JO! ¡JUA; JUA! Eres la monda, Troglo. Dame otro cubata, anda.

lunes, 10 de marzo de 2008

Lunes

¡Bueno, bueno! La de cosas que hay que contar. Pues resulta que, pero espera un momento, el teclado del ordenador de esta oficina tiene un aspecto comodísimo. Solo voy a apoyar la cabeza un momentito

ajgh08oaihopiuwhghajjgalkjglkjdljvlkajlkgjlkkjahlñhbfljhvlñjahouhgreoyfopuwahobhoiauuophvdoñjawlkdfpilujaoñuhboiwrghopihawpi`brjhopakkhr`pouipoa+igkpo+aj+pwrijupoiagwjpejfpoawebpib pni bvpibriojb+pn pi awejgpo+wiro+awop+iaajksjkfljal zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz!!!!

¿Eh? ¿Uh? ¡Oooouuuuaaaah! (bostezako). Bueno, parece que me he quedado un poco traspuesto y, por supuesto, se me ha olvidado lo que quería contar. Una cosa que quería advertiros es que os paséis por El Corte Inglés, porque han puesto mogollón de discos de jazz a 6,95. Están, por ejemplo, de Lee Morgan, "The Sidewinder" y "The Rumproller", el "Open Sesame" de Freddie Hubbard, "Soul Station" de Hank Mobley, varios de Blakey con los Messengers, Horace Silver, Ornette Coleman, el "Outward Bound" de Eric Dolphy, un par de Donald Byrd, el fenomenal "Brilliant Corners" de Thelonius. La verdad que hay muchos. No digáis que no os avisé.


Este fin de semana también he visto un reportaje que se llama "Jesus Camp", un poco coñazo, pero escalofriante al respecto de fundamentalismos cristianos. Vaya tela.


Y, a riesgo de que me llaméis frikazo, he revisitado también este fin de semana una película que me encanta, “La sal de la tierra” (1954), del legendario Herbert Biberman, uno de los “Diez de Hollywood” que fue entrullado por el senador McCarthy por rojeras y por negarse a contestar las preguntas del Comité de Actividades Antiamericanas. Ni corto ni perezoso, con la Caza de Brujas aún en marcha, se piró a Nuevo Méjico y, con la financiación del Sindicato Minero y con actores que eran en su mayoría mineros reales y algunos profesionales incluidos en la Lista Negra, hizo una película sobre lucha obrera que sacó los colores al mundo. Por supuesto, le jodieron todo lo posible para que no pudiera hacerla. Llegando a que la actriz principal, la mejicana Rosaura Revueltas, fue deportada, y entró clandestinamente en los Estados Unidos para rodar las tomas que faltaban.

Lo que más me gusta de la película es la valentía a la hora de tratar todos los temas, parece increíble que esté hecha hace más de cincuenta años. Es una película que habla de dignidad. Un amigo mío diría que es una película “de cojones”. Pero no. Es de “cojones”, pero sobre todo de “ovarios”. Porque se enfrenta a un fantasma al que pocos osaban, a algo que solía pasarse por alto cuando se hablaba de igualdad: el machismo descomunal. Mucha dignidad al luchar para que no se te discrimine por tu raza o por tu clase pero,¿has mirado en tu casa? ¿Te atreves a pedir dignidad para ti y se la niegas a tu mujer? En fin, lo mejor es verla.

¡Qué cosas! Esta es una película cuyo estreno se prohibió en Estados Unidos (estuvo prohibida hasta 1965). Y, hoy, una copia está en el Archivo Nacional de la Biblioteca del Congreso, como una de las 100 películas de la historia que merecen ser preservadas para la posteridad. ¡Cosas veredes, amigo McCarthy!


Ya sé que debo una historia de los mandarines, a ver si mañana la puedo subir.


Oye, y enhorabuena por la victoria de Rajotero. ¿O era Zapajoy? ¡Qué duda!

viernes, 7 de marzo de 2008

Relaxin' at Camarillo

Desde luego, esto no es Madrid. El puente, el aire, el mar, esas letras en la montaña que pone Hollywood…No, Madrid no es. ¡Ay, madre, que me temo que ha vuelto a pasar! A ver la ropa…¡Joder, que traje! Ni es Emidio Tucci ni nada, y qué pasado de moda, y además negro. Y la camisa, ¡hostias! si llevo una camisa blanca, sin rayitas. Y la corbata es negra, y qué nudo más pequeño llevo. Sí, no cabe duda. He vuelto a sufrir un desplazamiento espaciotemporal, y me he trasladado a Los Ángeles en los años 50.

Si alguien lee esto pensará que estoy como una cabra, porque los desplazamientos espaciotemporales no existen. Claro que existen. Solo hay que saber la teoría que se oculta tras ellos. Y no penséis que hay teorías cuánticas, ni máquinas espectaculares. Bueno, a lo mejor sí hay teorías cuánticas, pero el factor desencadenante es de lo más pedestre: whisky de garrafa. Como lo oís.

Pensareis que esto es una chorrada más de las mías, que os han servido muchas veces whisky de garrafa y que no habéis aparecido en Los Angeles en los 50. No funciona así. Es cuestión sobre todo de cantidad. Si vosotros le echáis un dedal de gasolina al coche, sigue sin andar. Para sufrir un desplazamiento espaciotemporal tenéis que beberos entre 60 y 70 cubatas de whisky de garrafón. Y seguidos, nada de en varios días. Así que, si os apetece, hacer el experimento. Tomaros 60 ó 70 cubatas de whisky de garrafón, y luego me decís si ha habido un desplazamiento espaciotemporal o no.

Estos desplazamientos son, además, incontrolables. Lo mismo apareces en la Tercera Guerra Zulú que en las cuevas de Altamira. Así que un desplazamiento espacio temporal siempre es una lata. Pero ahora, además, es que estaban las elecciones. Si no volvía a mi propia línea espaciotemporal pronto, podría quedarme sin votar en blanco, y eso nunca, porque una tradición familiar es una tradición familiar.

Tenía que hacer algo, así que me dije, “tengo que encontrar un sitio donde un chiflado como yo pueda pasar desapercibido, y además pueda encontrar alguien que me ayude”. ¡Ya lo tengo!

Como estaba en medio de la calle, paré un taxi.

- ¡Al hospital mental de Camarillo! – dije.
- Volando, jefe.

¡Eso es! Allí pasaría desapercibido, y podría buscar la ayuda del saxofonista Charlie Parker, que solía pasarse unas temporaditas allí. Era importante encontrar a Parker porque soplaba tanto que conocía el secreto del desplazamiento espaciotemporal, y de hecho una vez me lo había encontrado en la Revolución Chipriota y habíamos cambiado impresiones sobre los mejores whiskies de garrafa.

- ¿Nunca le han dicho que es usted clavado a Humphrey Bogart? – le dije al taxista.
- Mayormente, soy Humphrey Bogart.
- ¡Anda! ¿Y por qué conduce un taxi?
- Lo del cine es sólo una afición. Esto es lo que hago para ganarme la vida de verdad.
- Pues fíjese que yo tenía otra idea de esto del cine.
- Nada, hay mucho mito. Hemos llegado. Son 900 dólares.
- ¿Qué dice?
- Hombre, tendré que pagarme la mansión en Beverly Hills.
- De acuerdo. Ahora no llevo suelto. Espere aquí, que ahora saldrá un señor vestido de rojo con barba blanca montado en un trineo que le pagará.
- De acuerdo.

Esto es lo bueno de estar en los 50, que la gente no está tan resabiada como ahora y se creen todo lo que les cuentas. Entré velozmente en el hospital, y dije:

- Estoy chiflado, ¿podrían internarme?
- No sé – dijo el tipo de la recepción - ¿Puede usted demostrar que está chiflado?
- Bueno, no me gusta un pelo la serie del doctor Jaus.
- ¡Rayos! ¡Sujetarle!

Así que catorce amables enfermeros se abalanzaron sobre mí y me pusieron una camisa de fuerza. Como veis, yo había acertado al suponer que Jaus ya la ponían en Los Angeles en los años 50. Cuando me metieron en el manicomio, me sentaron en una sillita en el jardín, y dije:

- Oigan, ¿podría ver a Charlie Parker? Sé que viene a menudo por aquí.
- ¿Parker? Se fugó anteayer.

¡Joder! Con esto sí que no contaba. Ahora tenía que fugarme yo también. Así que empecé a pasear por el jardín, disimulando, a ver si encontraba alguna posibilidad de fuga. En seguida me percate de que el muro del hospital tenía un agujero de unos 500 metros. Probablemente por aquí había salido el astuto Parker. Así que salí pitando.

Aún tenía el ligero inconveniente de llevar puesta una camisa de fuerza pero, dada mi experiencia, sólo tuve que dislocarme los dos brazos y la espina dorsal para poder sacar una mano, que levanté para llamar un taxi. Me metí en el coche a toda velocidad, y afortunadamente no era Humphrey Bogart. ¿Dónde podría encontrar a ese rufián de Parker? En un arranque de genialidad le dije al taxista:

- ¡Al Lighthouse Café, donde se reúnen los músicos de jazz!
- Volando, jefe.

¡Eso es! Ahí se reunían todos a tocar, seguro que lo encontraba allí. Mientras me quitaba del todo la camisa de fuerza, le dije al taxista:

- ¿Nunca le han dicho que es usted clavadito a Sigmund Freud?
- Mayormente, soy Sigmund Freud. Por eso no me he asustado al verle entrar en el taxi con una camisa de fuerza. Estoy acostumbrado a tratar con chiflados de todo tipo.
- Es una suerte. ¿Usted no era un psiquiatra famoso?
- Eso es una afición. Esto es lo que hago para ganarme la vida de verdad. Oiga, ese sombrero que lleva…
- ¿Le gusta?
- Los sombreros de copa son un símbolo fálico. El llevarlo indica que es usted un reprimido sexual peligroso.
- ¿Es usted idiota?
- ¿Ve? Esa hostilidad es la prueba palpable de que estoy en lo cierto.
- ¿Y si hubiera aceptado lo que me ha dicho?
- Entonces sería la prueba palpable de que estoy en lo cierto.
- Vaya, una variación del clásico “si sale cara gano yo, si sale cruz pierdes tú”. Sea como sea, soy un reprimido.
- Así es, ¿brillante, verdad?
- Bueno, los consultores hemos desarrollado mucho esa idea básica. Permítame un momento…

Y le atice con un ladrillo que siempre llevo para estos casos, en el occipucio, y lo dejé inconsciente. Lo metí en el maletero y conduje hasta que encontré el Lighthouse, en lo que invertí unas 6 horas, porque no tenía ni zorra de dónde estaba nada en aquella ciudad de los 50. Era de noche cuando llegué. Me mantuve un poco apartado, porque no quería llamar la atención. Me bajé del coche, y pensé en sacar a Sigmund Freud del maletero, por si cambiaba el futuro y eso, pero dije “¡anda ya!”.

Observé que un camión paraba en la parte de atrás del Ligthouse, y descargaba unas cajas. Me acerqué y vi que lo que descargaban era ¡Jack Garrafaniel´s! ¡El mejor whisky de garrafa del mundo! ¡Mi oportunidad!

Habiendo demostrado ya que el desplazamiento espacio temporal es posible con 60 ó 70 cubatas de garrafón, sabido es también que otros 60 ó 70 te devuelven al punto de partida, normalmente. Así que tenía que llegar al Jack Garrafaniel´s antes de que los músicos de jazz, personas de bajas costumbres, se lo bebieran todo.

Me colé subrepticiamente, y con el follón que había en el local, nadie se dio cuenta de como me metía detrás de la barra. En los años 50, el whisky se servía en bombonas de butano, a las que se conectaba una goma que a su vez se conectaba con un grifo. Así, el músico de jazz colocaba la boca directamente bajo el grifo y lo abría. ¡Qué tiempos aquellos!

Así que desconecté la goma del grifo y me la aplique a los morros, y chupe con todas mis fuerzas, intentando llegar a la masa crítica de garrafón en el menor tiempo posible, antes de ser localizado. Por desgracia, Shelly Manné me vió:

- ¡Eh! ¿Quién hay ahí? ¡Se está bebiendo el whisky!

Así que todos los músicos se lanzaron sobre mí con objetos contundentes y berreando como posesos. Yo incrementé el ritmo desesperadamente, y pegué un chupetón tan fuerte que me tragué la bombona. Me hice un poco de daño pero, por suerte, Bud Powell estaba dándome palmaditas en la espalda con una llave inglesa, lo que me ayudó a pasarla. Los muy bestias me maniataron, y Powell dijo:

- ¿Qué hacemos con él?
- Llevémosle ante la reina – dijo Manné – Que ella decida su castigo. ¡Je, je, je! – y se rió sádicamente.
- ¡La reina! ¡La reina! – decían todos como energúmenos.

¡La reina! No podía ser otra que la malvada baronesa de Koenigswarter, famosa por su crueldad. Ahora sí que estaba perdido. Me arrastraron mientras sonaba un poco tranquilizador ritmo de tam tam africano en la batería. Pensé que Art Blakey debía andar cerca.

Y entonces noté cómo que me desvanecía. Las cosas empezaron a hacerse borrosas, y al instante siguiente me encontré en la calle. ¿Pero dónde? Me palpé la ropa: sí, mi traje Emidio Tucci, la camisa de rayitas con las iniciales, y mi corbata naranja, con un nudo con el que se podría ahorcar a un caballo. Miré a mi alrededor: en cada farola, carteles con las jetas de los candidatos. ¡Sí! ¡Había llegado a tiempo para votar en blanco! Me dieron ganas de llorar de felicidad.

No me digáis que esta aventura no os ha dado sed. Yo me voy a tomar unos cubatillas garrafa gran reserva. Y, a todo esto, ¿qué habrá sido de Sigmund Freud? ¿Seguirá en el maletero?

jueves, 6 de marzo de 2008

Perfiles lamentables del jazz: Merllyton Flurrifingers

Hoy inauguramos nuestra sección de perfiles lamentables del jazz recordando la figura del lamentable trompetista Merllyton Flurrifingers. Nacido en el Pozo del Huevo, Ohio, en 1920, desde muy pequeño mostró una total falta de talento para la música y todo lo demás. Pero Merllyton nunca se dejó arredrar por esta carencia, y no fue la única limitación que tuvo que superar en su vida.

Merllyton escogió la trompeta como instrumento, y esto pese a encontrarse con un grave inconveniente: su falta de capacidad pulmonar, que le hacía incapaz de apagar una cerilla a más de tres centímetros de distancia. Una serie de radiografías y pruebas practicadas demostraron que Flurrifingers tenía los pulmones del tamaño de los de una lombriz de tierra.

Pero nuestro hombre no se rindió, y solucionó este importante problema de forma genial, inventando lo que desde entonces se conoce como el dispositivo Flurrifingers. Conectó un fuelle de chimenea a una goma, y conectó el otro extremo de la goma a la embocadura de la trompeta. Esto le permitía, presionando el fuelle con el pie, conseguir la potencia necesaria para hacer sonar el instrumento. Este primer dispositivo experimental tenía el inconveniente de que la gente se daba cuenta de que no era él quien tocaba, sino el fuelle, que se llevaba toda la gloria y ligaba como un loco. Así que Merllyton mejoró su dispositivo, de forma que conectaba la goma al fuelle, y se introducía la misma por el ano hasta que le salía por la boca. Entonces conectaba este extremo a la embocadura y, al pisar disimuladamente el fuelle con el pie, producía el efecto de que el que tocaba era el mismo Merllyton. Esto tenía el ligero inconveniente de que no podía quitarse la trompeta de la boca en ningún momento, pero era un precio pequeño a pagar por el triunfo.

Sí, parecía que con su invento, Merllyton Flurrifingers tenía la gloria asegurada pero, como suelen decir, poco dura la alegría en casa del pobre. Resulta que Merllyton, que era un hombre muy ordenado, guardaba siempre el pijama, a toda presión, dentro de la trompeta. De esta manera no le estorbaba durante el día. Pero un mal día, se olvidó de sacarlo de la trompeta antes de la actuación, y sobrevino la catástrofe. Al apretar el fuelle, la trompeta no emitió ningún sonido, ya que el pijama arrebujado impedía la salida del aire. Merllyton se puso nervioso y apretó el fuelle con más fuerza, pero nada sucedía. Desesperado, empezó a apretar el fuelle a toda velocidad y con toda su alma, hasta que la trompeta, por la enorme presión ejercida por el aire retenido, reventó en una tremenda explosión, desintegrando a Mellyton Flurrifingers y a su adorado loro, Puto Bocazas, que estaba sentado en primera fila.

¡Qué día tan triste para el Pozo del Huevo!



PD: La imagen es un cuadro de Nikolai Rednichenko. Aprovechamos para mandar un saludo al sr. Erradizo, que ha salido de la cueva.

martes, 4 de marzo de 2008

Aquellos maravillosos años

Era estupendo tocarse las narices.

Y allí estaba yo, sentado en un banco al sol, dedicado a mi actividad favorita. Sí señor, tocarme las narices.

Aprovecho para decir que mis narices son suaves, finas y rectas. Nariz griega, creo que lo llaman. Yo no soy griego, pero tengo una estupenda nariz, aunque me esté mal el decirlo, porque es mía y eso.

Y en estas estaba cuando llegó Charlie Parker, y me dijo:

- ¡Me han robao el saxofón!

Charlie es un buen chico, aunque un poco plasta. Siempre está perdiendo cosas, y tiene la mala costumbre de interrumpirme cuando me toco las narices.

- Lo habrás perdido, como siempre – le dije yo. Tengo bastante tendencia a usar frases de madre, como veis. Ya lo decía mi madre, “!siempre dices frases de madre!”. ¿Qué estaba yo contando? ¡Ah, sí!
- Te juro que esta vez no – me dijo Charlie – Ni lo he vendido, ni empeñado, ni nada por el estilo. Me lo han robado – y, de pura desesperación, se puso a tirarse de los pelos de los sobacos, porque los de la cabeza los tenía muy cortos y no había manera.
- Está bien. Este es un trabajo para Troglo Jones.

No sé por qué dije eso, porque a mí no me gusta trabajar, pero soy hombre de palabra, así que me levanté del banco, me puse el sombrero de copa y llamé por teléfono a mi loro, Puto Bocazas, para decirle que no iba a comer. Se puso como una fiera porque había hecho paella, pero esto es otra historia. Así que le dije a Charlie, le dije:

- Vamos a investigar.
- ¿Por dónde empezamos? – me dijo él.
- Lo normal es que el saxofón te lo haya robado un músico, porque son gente de vida disipada y corrupta.
- Cierto – dijo el tío cínico.
- Y los de jazz todavía más. Así que tenemos que localizar músicos de jazz. Será fácil porque siempre están en el bar. Por tanto, sólo tenemos que recorrer todos los bares de la ciudad hasta que demos con el saxofón.
- Me parece un buen plan – dijo el tío cínico.

Y allá que nos fuimos. Cuando habíamos recorrido cien bares, la cosa iba bien. Una vez que recorrimos doscientos, me dolían un poco los pies. Además, no sé qué me pasaba que cuanto más bebía, más borracho iba. Y cuando llegamos al bar trescientos, oímos algo que nos hizo sospechar. Alguien gritaba detrás de la puerta del reservado: “¡Ten cuidado con el saxofón de Charlie Parker, coño, que lo vas a romper!”. ¿Sería una pista? Además, salía música de jazz de detrás de aquella puerta. Yo creo que era “Moose the mooche”, pero podía ser “Paquito el Chocolatero”, tal era mi estado.

- ¡Mi saxofón! – dijo Charlie Parker. Y salió corriendo hacia la puerta. Yo me adelanté, me quité el sombrero y la embestí de cabeza. Al oír el golpe, nos abrieron. Este es un truco que nunca falla. Tendríais que probarlo.

Nos precipitamos en la sala y, ¿qué diréis? ¡Una colección de crapulientos músicos de jazz, todos sonrientes! Estaba Bud Powell, y también Monk, y Max Roach, Jackie McLean, estaban todos, novecientos o mil, no sé.

- ¡Sorpresa, Charlie! – dijeron todos como un solo crápula.
- ¿Qué? – dijo Charlie Parker.
- Yo te explico – dijo Monk – Queríamos hacerte una fiesta sorpresa de despedida de soltero. Así que te robamos el saxofón. Sabíamos que vendrías a buscarlo, así que sólo nos quedaba esperar que dieras con el bar en el que estábamos, y darte la sorpresa. ¡Has tardado mucho!
- ¿Una fiesta sorpresa de despedida de soltero? – chilló Parker.
- ¡Eso es! – dijo el amigo Thelonius, todo sonrisas.
- ¡Pero yo nunca he sido soltero, idiotas! – dijo el amable Charlie.
- ¿Ein?
- ¿Lo qué?
- ¿Cómo es eso?
- ¿No sabéis que mi madre pactó mi matrimonio con el senador McCarthy cuando aún estaba embarazada de mí? Así que ya nací casado, luego no puedo tener despedida de soltero – esto dijo Charlie, con lágrimas en los ojos. Y es que yo sabía que después el senador McCarthy le había dejado por una bruja, y nunca lo había superado.
- ¡Qué plancha! ¡Después de tantos preparativos! – dijo Monk – Pues nada, toma tu saxofón y aquí no ha pasado nada.

Y le dio el saxofón y empezamos otra vez la ronda de bares desde el primero. Llegué a casa tardísimo, y no veáis la bronca que me montó Puto Bocazas.

Y esto fue lo que pasó, más o menos.
Art by Eric Drooker, "Drowning saxophone". http://www.drooker.com/

lunes, 3 de marzo de 2008

Cuentos de los mandarines: la mona vestida de seda

El mandarín Ku Ñao, orgullo de su estirpe, meditaba en su despacho mientras se hurgaba con el dedo sus aristocráticas narices. Tenía que andarse con cuidado, ya que es bien sabido que los mandarines tienen unas enormes uñas para poder limpiarse las orejas con facilidad, y al hurgarse la nariz pueden provocarse una hemorragia cerebral si no son prudentes. Como no encontraba nada interesante en las narices, Ku Ñao llamó a su pupilo, Par Di Yo, por el tradicional procedimiento del Be Rri Do.

- ¡Par Di Yo! ¡Deslízate servilmente hasta mi despacho, hijo del Celeste Imperio!
- ¡A vuestras ordenes, Maestro!- dijo Par Di Yo, apareciendo en la puerta casi instantáneamente.
- ¿Has terminado ya el informe para Grandes Murallas? Quiero facturar porque tengo que echarle gasolina al Ya Té.
- Er,…aún no, Maestro.
- ¡Me-Ka-Chis el trono del crisantemo, Par Di Yo! ¿A qué se debe esta vez tu negligencia, simio ignorante? ¿Es que no has asimilado mis enseñanzas para la elaboración de informes?
- Sí, Maestro. De hecho, he metido en el informe hasta nuestros folletos de propaganda, que están llenos de palabras como “competencias”, “paradigmático”, “maximizar” y demás sandeces. También he calzado artículos completos que he copiado de revistas del sector.
- Así me gusta, Par Di Yo, que aproveches el conocimiento. ¿Cuál es el problema entonces?
- Pues que el informe no tiene ningún sentido, Maestro. En cuanto lo abres te das cuenta de que es una idiotez. Lo primero que aparece es un Ku-Rri-Ku-Lum, a continuación va un trozo de una conferencia sobre valores corporativos,…¡el honorable cliente se dará cuenta en seguida de que se la estamos colando, Maestro!

Ku Ñao cerró los ojos y empezó a mesarse los bigotes.

- Par Di Yo, eres el más deprimente de los cretinos. ¿Tú crees, búfalo de agua, que el hecho de que metas toda la basura en el informe significa que puedes ponerla de cualquier manera, sin orden ni concierto? ¡La basura hay que disfrazarla, Par Di Yo, de forma que parezca un ramo de flores de loto! ¡Trae de nuevo tu tablilla de apuntar, a ver si consigo meter algo de sabiduría en tu animalesco cerebro!
- ¡Al instante, Maestro!

Y, en efecto, al instante regresó Par Di Yo con su tablilla de apuntar. Y Ku Ñao le dijo así:

- Por desgracia, aún no he encontrado la manera de entregar un informe sin trabajar absolutamente nada, aunque no desespero. Hay algo que tienes que hacer, y cuyo trabajo justifica el Ti-Mo que le vamos a dar por el informe al honorable cliente.
- ¿Qué es ello, Maestro?
- Ante un informe, curso, conferencia, o cualquier disparate similar, la gente se fija sobre todo en lo primero y en lo último, pasándose por el arco del triunfo lo del medio. ¿Me sigues hasta aquí?
- Sí, Maestro – dijo Par Di Yo mientras apuntaba con fruición.
- Así, tienes que empezar bien, porque el principio del informe será de lo poco que los cenutri…los honorables clientes se leerán. Debes diseñar una portada muy atractiva, con unos logos de buen tamaño a todo color, y utilizando muchos tipos de letra distintos. La portada de un informe es como la de un Dis Ko, Par Di Yo; aunque lo de dentro sea una basura infecta, hay que atraer al cliente.
- ¡Cuan sabio sois, Maestro!
- Así es, Par Di Yo. El título también es una parte muy importante del informe. Debe ser bastante sesudo, pero tampoco hay que pasarse, puesto que queremos que sea atractivo. Hay que conseguir un equilibrio, como el Yin y el Yan.
- ¿Podéis ponerme un ejemplo, Maestro?
- Escucha, un buen título puede ser “Informe de resultados sobre el proyecto de reorganización estratégica de procesos en Grandes Murallas”. Observa que es bastante largo, por lo que parece que debe ser bastante importante y se debe haber trabajado mucho para hacerlo. Además, consigo meter un montón de palabras consultoriles como “proyecto”, “reorganización”, “estratégica” y “procesos”, con lo que parece que sé de lo que hablo.
- ¡No salgo de mi asombro, Maestro!
- Además, es un título lo suficientemente abstruso para no decir nada y decirlo todo al tiempo, muy en el estilo de la filosofía oriental. Magnífico, pues así nadie sabe lo que debe esperar concretamente, y no podrán decir que es muy vago o que se pierde demasiado en detalles. Recuerda que la gente saca estas conclusiones a través del título, porque ya quedamos en que nadie va a leer el informe. ¿Entiendes?
- ¡Ajá! – Par Di Yo apuntaba a toda velocidad.
- Es lo suficientemente complicado para justificar que paguen un Pas-Tón por él, pero es lo suficientemente sencillo para que cualquier imbécil con corbata pueda pronunciarlo sin hacerse un nudo en la lengua. A partir de aquí, ya tenemos mucho ganado. El honorable cliente está contento con lo que ha visto de su informe por el momento. Es gordo cuál oso panda, lleno de colorines como el ave del paraiso, y con un título sugerente cual Bi Ki Ni. Ahora viene la prueba de fuego para un mandarín, Par Di Yo: las primeras páginas.
- Ardo en deseos de saber.
- Una página de agradecimientos a la gente que ha colaborado en el proyecto es una buena idea. Es una hoja más, que añade peso al informe y, cortesía oriental, me permite hacerle la pelota servilmente al cliente. Es bueno añadir alguna cita esotérica como para darle filosofía al informe, y que sirva para cualquier tema, algo así como “Como dijo el sabio Va Ci Long, nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección”. Entonces es posible que el honorable cliente se desmaye de satisfacción. Esta frase es muy buena, porque se puede aplicar a todo, y parece sugerir además que mi cliente tiene algo en la cabeza además de la coleta, lo cual siempre se toma como un elogio. Además, el nombre del autor está perfectamente elegido, Par Di Yo.
- ¿Quién era Va Ci Long, Maestro?
- Nadie sabe quien era Va Ci Long, porque me lo acabo de inventar, pero suena impresionante, precisamente porque no le conozco. La gente eleva lo que no conoce a la categoría de mitológico, hijo mío. Si yo no le conozco, debía de ser alguien inteligente.
- ¡Asombroso!
- Así soy yo, Par Di Yo. Además, la frase parece sugerir que realmente hemos hecho algo útil, que hay entre esas páginas una fórmula mágica para conseguir que esa deprimente empresa se convierta en una mezcla de fábrica de dinero y mansión Playboy. Es la sensación que quiero provocar, je, je, je.
- Vuestra astucia es legendaria, Maestro.
- No soy mandarín por nada, Par Di Yo. En la siguiente página, pon un resumen del proyecto. Por supuesto, no puedes titularlo “resumen”. Llámalo “abstract”. Podemos cobrar bastante más por un “abstract” que por un “resumen”. Y ya sabes que lo que interesa es la Pas-Ta.

Par Di Yo anotaba como loco.

- Como mi intención es que el honorable cliente lea el abstract, no puede tener más de medio folio de extensión. Realmente este es el proyecto y el único trabajo que habré realizado, pues lo de dentro solo es paja y papel reciclado. Hasta un consultor es capaz de crear medio folio de lectura motivadora, aunque no tenemos costumbre de ello. El abstract está lleno de buenas intenciones, de deseos, de frases ocurrentes. Se trata de presentar la entrada al mundo de Oz – dijo Ku Ñao.
- Pero el mundo de Oz no existe, Maestro.
- Par Di Yo, como consultor a mí no me importa que las cosas no puedan funcionar en la realidad. Solo me interesa para mis fines que PAREZCA que van a funcionar. Y yo apoyo esa sensación, haciendo incluso que parezca fácil.
- ¡Ka Ram Ba!
- Una vez que entres en el cuerpo del informe aún tienes que hacer algo más: la introducción. Esta se compone de un cuarto de folio de escritura motivadora y con un cierto sentido común, y de un folio y tres cuartos de insoportable cháchara destructora de neuronas. Esto obedece a un objetivo claro: hemos conseguido ilusionar al cliente con la portada, el abstract, ...El pobre ingenuo cree que tiene en las manos algo de valor. Pero ahora tengo que meter los folios reciclados que componen el grueso del informe. Como hasta tú comprenderás, no me interesa que el cliente siga leyendo con detenimiento, porque, por estúpido que sea, podría descubrir el pastel. Y tampoco podemos meter un corte demasiado brusco en el estilo del informe, porque se notaría demasiado. Hay que tener más clase.
- ¿Y cómo, Maestro?
- Escucha, así que, empiezo la introducción con ese cuarto de folio motivador, en la línea del abstract, y voy haciendo que PROGRESIVAMENTE, la introducción se vaya convirtiendo en algo que mataría de aburrimiento a una oveja. La mayoría de los clientes dejarán de leer antes de terminar el primer folio, pero hay que meter un folio más de Ko-Ña-Zo horroroso, como aislante de seguridad. No te olvides que vamos a robarle al cliente un montón de dinero. No hay que correr riesgos, Par Di Yo.
- Apuntado, Maestro.
- En esta parte del informe, narcotizadora cuál chute de opio, debes utilizar palabras extraordinariamente técnicas y/o absurdas. Son muy buenas, por ejemplo, factor primario, escalado, aquiescencia, decatipos, constructo, cognitivo, nomotético, disposicional, idiográfico, análisis factorial,...Incluso puedes ponerlas todas seguidas, intercalando preposiciones y artículos al azar. Coloca también un montón de nombres de autores entre paréntesis, como si les estuvieras citando o te hubieras basado en su trabajo. Incluso puedes inventártelos, si quieres.
- ¿Qué más, Maestro?
- Puedes crear nuevas palabras, como “evalucinador”, o rescatar palabras olvidadas para darles un nuevo significado, como “catafractario”.
- ¿Y en cuanto al estilo, Maestro?
En cuanto al estilo, utiliza frases de al menos cinco renglones de extensión, llenas de oraciones coordinadas, subordinadas y yuxtapuestas. Antes de llegar al tercer renglón, el osado lector tendrá que volver al principio de la frase. La segunda vez dejará directamente de leer. Utiliza el punto y seguido cuando te duela la mano, pero mejor el punto y coma; da una impresión de cultura muy útil para tus propósitos el que la gente crea que sabes cuando hay que poner punto y coma. No uses nunca el punto y aparte. Y usa montones de paréntesis, corchetes y asteriscos.
- ¿Y después, Maestro?
- La reacción del lector ante un Ko-Ña-Zo semejante es múltiple: primero, le viene a la cabeza la idea de que te lo has currado bastante. Segundo, deja de leer y busca una página del medio del informe, a ver si es más legible. Naturalmente, encuentra que lo que lee no tiene ningún sentido (aquí es donde has metido todo el papel que sacaste del armario) ni ninguna relación con lo anterior ni con el objeto del informe. No obstante, como se ha saltado un montón de páginas, entiende que es normal que no encuentre sentido a lo que lee. ¡Je, je, je! ¿Lo coges, Par Di Yo?
- ¡Maestro, me dan escalofríos!
- Sí, Par Di Yo, el gran Fu Manchú estaría orgulloso. Atiende. La reacción del cliente entonces es dar otro salto, cual rana inquieta, y le ocurre exactamente lo mismo. Más palabrería sin sentido. El cliente empieza a tener una leve inquietud de que el informe no sea más que charla inútil.
- Entonces estamos en peligro, Maestro, porque ciertamente no es más que charla inútil.
- ¡Qué poca fe tienes, Par Di Yo! Le tenemos donde queríamos, porque es ahora cuando el honorable cliente da el paso decisivo, el que nosotros queremos que dé. Se va AL FINAL del informe. Y aquí es donde volvemos a sacar el tarro de las esencias. Pero esto será otro día, Par Di Yo, porque hoy he hablado ya mucho y tengo la boca seca como un Pol Vo Rón. Traeme de inmediato una Li Tro Na, y luego retírate a tus quehaceres.
- A vuestros pies, Maestro.
- Vete en paz, Par Di Yo, y nunca olvides estas enseñanzas. Y acaba el informe de una vez, Ko-Ño.

Y, como siempre, los escribas recogieron la sabiduría de Ku Ñao en verso:

La basura más infecta
si la vistes de satén
y la perfumas de rosa
pues ya parece otra cosa
y la puedes cobrar bien.