- ¡Prrttt! ¡ZZzmm! ¡Señor Escafoides Pandehigo, por favor, acuda al despacho del director! ¡Señor Escafoides Pandehigo, al despacho del director!
El siniestro aviso de los altavoces hizo que todos los trabajadores de la planta giraran acongojados la cabeza hacia el cubículo donde transcurría la absurda vida laboral del chupatintas de tercera Escafoides Pandehigo. En los tiempos que corrían, esa llamada no podía significar nada bueno. Sin embargo, Escafoides se levantó muy tranquilo, se ajustó la corbata, y se dirigió al despacho del director.
- ¿Da su permiso?
- ¿Eh? ¡Hombre, adelante, Escafoides, pase, pase! ¿Qué tal está?
- Bien, señor Flatulencias. ¿Y usted?
- Bien, bien, pero siéntese, je, je. ¿Qué tal su señora?
- Soy soltero, señor Flatulencias.
- ¿Ah, sí? Je, je, claro, claro. Usted era aficionado al fútbol, ¿verdad?
- No, señor Flatulencias.
- ¿No? ¡Qué raro! Ejem, ¡je, je! Bueno, bueno. Pues verá, amigo Escafoides. Quería hablar con usted porque ya sabe cuanto le apreciamos y valoramos su trabajo en esta compañía. Así que le voy a echar a la puta calle.
- ¿Cómo dice?
- Ya sabe, Escafoides, je, je, la crisis...La empresa no va bien. Este año incluso he tenido que dejar de hacerme los calzoncillos de oro. No sabe cuanto le agradecemos, y bla, bla, ya sabe, hala, adiós.
- Yo paso.
- ¿Qué dice?
- Que no me piro.
El director miró perplejo a Escafoides.
- Escafoides, si yo le digo que se vaya, se tiene que ir.
- De eso, nada. ¿Dónde lo pone?
- ¡Grrr! ¡Pues no sé dónde, pero así es!
- Pues yo paso de irme.
El director estaba alucinado. Nunca había visto una cosa parecida, así que llamó al abogado de la empresa:
- ¡Oiga, Picapleitos, escuche, aquí tengo un tío que no se quiere pirar! Sí, que le he dicho que a la puta calle y me ha dicho que no. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Cómo que no lo sabe? ¿Que no hay precedentes? ¡Grrr! ¿Quiere que le largue a usted o qué? ¡Ya hablaremos!
El director colgó dando un porrazo y se dirigió a Escafoides:
- Vaya, Escafoides, confieso que nunca se nos había dado esta situación, que le dijera a alguien que se fuera a la puta calle y me dijera que no. No entra en mis coordenadas mentales, así que no sé qué hacer.
- Pues no me pienso ir.
- ¡Venga, hombre! ¿Qué es usted, un anarquista? ¡Piense en sus hijos!
- Yo no tengo hijos.
- ¡Pues en los míos!
- Usted tampoco tiene.
- ¡Piense en el bien de la empresa!
- Y una mierda. Yo no me pienso pirar.
- ¡Grrrr! ¡Esto es altamente irregular, Escafoides! ¡Vuelva a su puesto! ¡Tendré que despedir a otro que dé menos guerra!
¡Demasiado tarde! La estrategia de Escafoides corrió como la polvora entre todos los empleados y así, cuando llamaban a uno y le decían que se fuera, decía que no. Y la empresa estaba confusa y no sabía qué hacer, a ver qué hace uno en este caso, si nunca había pasado. Y don Flatulencias se tuvo que joder. Y ojalá esta historia pudiera ser verdad.






