Cierto día, el maravilloso mandarín Ku Ñao, aquel cuyos ropajes rivalizaban en esplendor con la bóveda celeste, mando llamar a su discípulo, Par Di Yo, por el tradicional procedimiento del Ala-Ri-Do:
- ¡PAAR DII YOOOO! ¡Acude a mi presencia, zángano de las colmenas!
- Oigo y obedezco, Maestro – respondió Par Di Yo, al tiempo que se materializaba en el despacho del mandarín.
- Escúchame bien, Par Di Yo, chivo con coleta, pues tengo que darte un encargo de la mayor importancia. Debes transmitir a todos los funcionarios del mandarinato nuestra nueva filosofía.
- ¿Una nueva filosofía, Maestro?
- Los mandarinatos deben evolucionar y renovarse, Par Di Yo, cual gusanos de seda. El cambio está en todas las cosas, y es inevitable. Sin embargo, las gentes se aferran a sus costumbres, y hacen de estas leyes. Esto no debe ser, Par Di Yo. Quiero que les transmitas el mensaje de que sean flexibles, como el agua.
- ¿Cómo el agua? Pero, Maestro, el agua es líquida, así que no puede ser...
- ¡No empieces a Jo-Der ya, Par Di Yo! ¿Es que siempre tienes que destruir la poesía de los conceptos con tu manía de la corrección?
- Perdón, Maestro, perdón. Disculpad a este ignorante patán.
- A lo que iba, ciervo de las montañas. Deseo unos funcionarios preparados, dinámicos, activos, y flexibles como el agua. Debes transmitir lo bueno que es para ellos adaptarse a los cambios, lo hermoso que es el cambio y lo felices que debe hacerles, porque el cambio es evolución y...
- Esto, Maestro,...
- ¿Qué te pasa ahora, Par Di Yo?
- Maestro, disculpad la osadía de este súbdito pero, ¿dónde está el Tru-Ko?
- Oh, Par Di Yo, ¿es esto posible? ¿Desconfías de la honorabilidad de tu mandarín, simio de ojos oblicuos?
- ¡Piedad, Maestro!
- Pues haces bien en desconfiar, Par Di Yo, ¡je, je! A lo mejor no eres tan burro de la estepa como pensaba. Lo cierto es que, en breve, tengo pensado montar una del Kin-Cé. Pienso despedir a la mitad de los funcionarios, externalizar a la otra mitad, y empeorar las condiciones laborales de los que queden. Así seré más rico aún. Como preveo que esto no les gustará, me he inventado lo de la filosofía del agua. Debemos adoctrinar sus débiles cerebros, Par Di Yo, hasta convencerles de que estos son hechos naturales y hasta beneficiosos para ellos. Aborregarles para que no protesten. Convencerles de la importancia de ser flexibles, adaptarse a los nuevos tiempos y ver la parte positiva de los cambios que pueden llegar.
- Pero, Maestro, esos cambios no tienen parte positiva. Excepto para vuestra mandarinez.
- Ya lo sé, Par Di Yo, merluzo bocazas, pero hay que convencerles de lo contrario. De todos modos, sólo hay tres maneras de encarar los cambios que preveo: por las buenas, por las malas, o con la filosofía del agua.
- ¿Y eso no es por las malas, Maestro?
- Sí, Par Di Yo, pero por unas malas más elegantes. He aquí la sabiduría del mandarín: yo no me conformo con Chin-Gar-Les vivos. Además, les tengo que convencer de que es lo mejor para ellos.
- Qué refinada maldad, Maestro, digna de un mandarín.
- Cierto, Par Di Yo. Así que, ¡ha-la!, comienza a preparar un discurso abotargador de cerebros para convencerles de que el cambio es, además de inevitable, buenísimo para ellos y que no es bueno protestar, lo bueno es adaptarse con una sonrisa en los labios. Y tráeme un Ku-Ba-Ta, que tengo sed, calamar de dos patas.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y así fue como Ku Ñao instauró la filosofía del agua. Y los escribas recogieron estas enseñanzas para que no se perdieran y para asombro de los siglos venideros:
Cuando por Ku-Lo te dan
es en tu propio interés.
No sólo te has de aguantar,
te debe gustar, Mai-Fren.







