viernes, 29 de febrero de 2008

Ahora en serio

Bueno, parece que se me ha pasado el efecto de las mitsubisis caducadas que me tomé, y ya no veo a Scott LaFaro ni nada. ¡29 de febrero! ¡Tolón, tolón! Suena la campana de la última vuelta. Mi último mes en Tarados, S.A. Tras años de tragar quina y pelearme con todo dios, se acaba la cosa.

Es triste no estar triste, la verdad. Son unos cuantos años aquí, el largarme debería provocarme tristeza, pero lo que siento es una alegría inmensa. Me quito un peso de encima descomunal. Ahora, a por otros proyectos, a ser posible totalmente diferentes. Sigo teniendo algunos colchones, mis máster y tal, y algunos han contactado ya conmigo para alguna cosilla. Nos podemos ganar la vida sin problemas, no preocuparse. Bueno, todo en la vida tiene riesgos, yo los asumo sin ningún problema. Pero lo que no se puede es seguir como hasta ahora, porque la vida no es eso. Por supuesto, seguiremos publicando disparates a buen ritmo.

No se me debe haber pasado del todo el efecto alucinógeno, porque estoy viendo a Gaby, Fofó, Miliki y Fofito haciéndome señas desde la sala de juntas. Ah, no, que es el comité de dirección. ¿Qué hoy tenemos reunión? ¿Otra vez? ¿Y por qué tengo que ir yo, coño, si me voy el 31?

¡Qué largo se me está haciendo!

jueves, 28 de febrero de 2008

Improvisación sobre cualquier gilipollez

- ¿Tú puedes improvisar una historia sobre cualquier gilipollez? – me preguntó mi amigo Lucas Iscariote, más conocido como Trespiños por su cautivadora sonrisa.
- ¡Claro! – le dije yo – No olvides que llevo mucho tiempo escuchando jazz, y algo se pega. ¿Qué es un jazzman sino un improvisador? Le da lo mismo la sinfonía 40 que el himno del Atleti, son simples excusas argumentales para improvisar. Pues yo soy un jazzman de las gilipolleces. Un virtuoso de la gilipollez, diría yo.
- No me creo que puedas improvisar sobre cualquier gilipollez.
- ¿Tú no definirías esta conversación como una auténtica gilipollez?
- Pues ahora que lo dices, sí.
- Y, sin embargo, nos está saliendo una historia ¿no? Y habrá alguien que incluso la esté leyendo. Oye, ¿qué tienes en la oreja?
- ¿En cuál? Ah, las llaves del coche, es que en el bolsillo se me clavan cuando me siento.
- ¿Te das cuenta?
- ¿De qué?
- El nivel de gilipollez de nuestra conversación crece cada vez más, y esto me permite seguir improvisando.
- No estoy seguro de pillar muy bien esto de la improvisación.
- ¿No ves como voy arriba y abajo de la escala de la gilipollez? ¿Cómo encuentro notas gilipollescas que no parecía que pudieran estar ahí? Eso es porque no tienes educado el oído, déjame que te meta un par de puñetazos en la oreja para amoldarla.
- ¡Quita, coño, que luego no encuentro las llaves! Y, además, ¿no tenías que estar trabajando, en vez de escribiendo gilipolleces?
- ¡Anda, hombre! ¿Currar yo? Yo soy un artista, desgracia humana.
- ¿Y por qué te hicieron director de operaciones?
- ¡Ay, amigo Trespiños! Una infancia desdichada, las malas compañías,…es una historia muy triste.
- ¿Nos vamos al parque del Oeste a hacer botellón?
- Acertada sugerencia, estimado Trespiños. ¡Vayamos! Y creo que llamaré a nuestro diálogo “Improvisación sobre cualquier gilipollez”.
- ¿Vas a tener el morro de colgar eso en el blog?
- ¡Pues si vieras lo que le vendo a los clientes! Esto es arte, macho.
- ¡Venga, vámonos ya! ¿Y dónde coño habré puesto las llaves del coche?

miércoles, 27 de febrero de 2008

El día de la trompeta

El día de la trompeta empezó como un día normal, salvo que decidí comprarme una trompeta, que ya era hora. Así que me dirigí a una tienda de instrumentos musicales, donde había un viejecito muy simpático que me preguntó:

- ¿En qué puedo servirle, caballero?
- Querría una trompeta, santidad – le contesté yo.
- ¡Hum! – dijo él – Creo que tengo lo que necesita.

Y se fue por una puertecita, y volvió en seguida con una trompeta en las manos.

- ¿Qué le parece? – me dijo mostrándomela.
- Hombre, yo la veo un poco vieja.
- Mucho mejor. Eso significa que ha sido tocada por muchos músicos, con lo que ha adquirido la solera necesaria.
- ¿Y esta abolladura que tiene aquí?
- Eso le da un timbre característico – me dijo él.
- No puedo mover los pistones – le dije mientras los apretaba con todas mis fuerzas.
- Al principio van un poco duros, eso es buena señal. Esta trompeta tiene personalidad, señor.

Así que me la quedé. No todos los días encuentra uno una trompeta con personalidad. Y salí tan contento de la tienda y ¡oh, sorpresa! en la esquina me encontré a Chet Baker.

- ¡Mira que trompeta me he comprado! – le dije.
- Esa trompeta es una birria. Te han timado – me respondió Chet.

¡Cómo! ¿Una birria mi trompeta? ¿Será posible? Debo admitir que en un primer momento sufrí un shock, pero luego pensé que tampoco había que fiarse de lo que dijera Chet, ya que era un tipo de vida disoluta. Pero me dejó preocupado, así que me acerqué a casa de Dizzy Gillespie. Llamé al timbre, y me abrió su madre:

- ¿Sí?
- ¿Está Dizzy?
- ¿Quién es, mamá? – se oyó la voz de Dizzy.
- Es Troglo Jones.
- ¡Dile que no estoy!

Demasiado tarde. Estoy acostumbrado a estas situaciones, así que me colé en la casa en un descuido de la madre, y dije:

- ¡Mira que trompeta me he comprado!
- Esa trompeta es una birria. Te han timado. ¡Mamá! – gritó Dizzy.

Y en ese momento la madre me cogió por los hombros y me echó a la calle. Este contratiempo me preocupó, pero pensé que uno no puede fiarse tampoco de Dizzy. Es un bromista incorregible. Así que me acerqué a casa de Miles Davis, y me abrió la puerta el mayordomo.

- ¿Sí, señor?
- Quiero ver a Miles – dije yo.
- ¿Quién es, Ambrosio? – se oyó la voz de Miles.
- Es Troglo Jones, señor.
- ¡Suelta los perros! – dijo ese desagradecido de Miles Davis.
- ¡Miles! – grité yo - ¡Mira que trompeta me he comprado!

El negrísimo careto de Miles asomó ligeramente por una rendija, y dijo:

- Esa trompeta es una birria. Te han timado. ¡Y largo de aquí!

Así que salí a paso bastante rápido de la propiedad del afable Miles. Yo aún no podía creer que aquel viejecito tan simpático me hubiera timado. Así que entré en el cementerio y di unos toquecitos sobre la lápida de Bunny Berigan.

- Esa trompeta es una birria. Te han timado. – me dijo Bunny desde su tumba.

Pero no me di por vencido. Me acerqué al bar, y me encontré a Freddie Hubbard y a Lee Morgan, que jugaban al cinquillo.

- ¡Mirad que trompeta me he comprado!
- Esa trompeta es una birria. Te han timado – dijeron en un dúo tan perfecto que me dieron ganas de pedir un bis, pero hubiera sido masoquismo.

Le pregunté a Louis Armstrong, a Clifford Brown, a Fats Navarro, a Wynton Marsalis, a Kenny Dorham, a los hermanos Candoli, a Maynard Ferguson, a Cootie Williams, a Joe Newman, a Dusko Goykovich, a Donald Byrd, a Thad Jones. A Benny Bayley, a Art Farmer, a Clark Terry, a Howard McGhee, a Nicholas Payton, a Booker Little, a Ted Curson. Pregunté incluso a Stu Willamson, a Tony Fruscella, a Blue Mitchell y a Buddy Childers. Pero todos me dijeron lo mismo:

- Esa trompeta es una birria. Te han timado – dijeron todos.

Contraté una médium y le pregunté al fantasma de Bunk Johnson:

- Esa trompeta es una birriaaaaa. Te han timadooooo – dijo una voz de ultratumba.

Me fui sin pagar a la médium y le pregunté a Jack Teagarden, que pasaba por allí.

- ¿A mí que me cuentas? Yo toco el trombón – me dijo – Pero esa trompeta es una birria. Te han timado.

Intenté asesinar a Jack, pero se montó en su trombón y salió a escape. Ahora sí que estaba enfadado de verdad. Así que me fui derecho a la tienda, me coloqué el sombrero de copa un poco ladeado, y entré. Allí estaba el viejecito, así que le agarré por las solapas, y le dije:

- ¡Oiga usted! ¡Les he preguntado a todos mis amigos músicos y todos me han dicho que esta trompeta es una birria! ¡Me ha timado usted!

El viejecito, sin perder la compostura, me dijo:

- ¿Cómo, caballero? ¿Timarle yo? ¡En absoluto!
- ¿Me va a negar que esta trompeta es una birria? – dije yo alzándole por las solapas hasta que tocó el techo con el cráneo.
- ¡No, señor! – dijo el tipo – La trompeta es, sin duda, una birria. Pero es el instrumento que usted necesita, porque usted no sabe tocar la trompeta.

Y entonces la luz se hizo en mi cabeza.

- ¡Pues es verdad! – dije - ¡No tengo ni la más remota idea de tocar la trompeta! ¡Disculpe la confusión, caballero! – le dije al viejecito mientras volvía a colocarlo en el suelo y le daba, por acto reflejo, un par de puñetazos en el hígado - ¡Qué feliz soy, no me han timado!

Y salí de la tienda bailando. Justo en la puerta me encontré a Don Cherry, que me dijo:

- ¡Vaya birria de trompeta! Te han timado.

Y yo le dije:

- No, señor, no me han timado, ¡porque yo no sé tocar la trompeta!

Así que se puso rojo de rabia y se fue corriendo a contárselo a los otros, que se murieron de envidia. Y esto fue lo que pasó, más o menos.

PD: Recuperamos esta chorrada del archivo. No están todos los que son, pero sí son todos los que están. Aquí hay demasiadas memorias a las que dedicar, tantos muertos jóvenes: Morgan, Clifford Brown, Navarro, Booker Little, Berigan…¡cuánto nos podían haber dado!

La imagen es de un cuadro del pintor checo Jindrich Pevny (no me lo he inventado, es de verdad).

martes, 26 de febrero de 2008

Dos recuerdos

El pasado día 19 de febrero, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Lee Morgan, falleció el saxofonista y productor Teo Macero. Como músicos, no podían ser más diferentes. Lee Morgan era el gran improvisador, Macero era buen técnico y compositor, pero le faltaba el don de Lee.

Conocimos a Macero sobre todo por su trabajo con Miles Davis, aunque también trabajó con muchos otros músicos. Dos ejemplos: "Kind of Blue" y "Time Out" llevan su sello. Un artesano. Y yo imagino que había que tener una paciencia tremenda para trabajar con Miles Davis, así que debía ser un santo varón.

Pues nada, a ver si deja de morirse gente y empieza a nacer, y el próximo día puedo anunciar: "ha nacido en San Petersburgo el gran trompetista Yuri Soploff, con un peso de 3 kilos 200 gramos. Desde aquí la enhorabuena a sus felices papás...". Ojalá.

Consérvate bueno.

lunes, 25 de febrero de 2008

Primavera con una esquina rota

El título de esta entrada me lo ha prestado Mario Benedetti. He hablado con él y me ha dicho que vale, que lo podía usar, pero que dijera que era suyo. Y yo he dicho, pues vale, mientras no tenga que pagar.

Pero ahora que lo pienso, no sé por qué ese titulo es de Mario Benedetti. A ver, si esas cinco palabras están en el diccionario, ¿por qué no las puedo usar yo? ¿Porque a él se le haya ocurrido juntarlas antes que a mí ya son suyas? Pues no me parece bien. Yo podría sacudir un diccionario al azar, y podrían salir esas cinco palabras y ¿qué pasa?, ¿que porque las haya usado antes Mario Benedetti no las puedo usar, o qué?

A ver, voy a coger el diccionario y lo voy a sacudir hasta que caigan tres palabras (¡zrus! ¡zrus! ¡zrus!, ruido de diccionario al ser agitado). ¡Aquí están!, a ver, son “tomate”, “verde”, “frito”. ¡Joder, qué casualidad! Vamos a ver otra vez (¡zrus! ¡zrus! ¡zrus!, ruido de diccionario al ser agitado). Ya. “la”, “historia”, “interminable”. ¡Pero bueno! Este diccionario está trucado, voy a coger otro, a ver. Y ahora a agitarlo (¡zrus! ¡zrus! ¡zrus!, ruido de diccionario al ser agitado). Ya caen. A ver, ahora sí, “accadera”, “joola”, “kive”. ¿Pero esto qué coño es? ¡Si este diccionario es de finlandés! ¿Y por qué tengo yo un diccionario de finlandés? En fin, como ejemplo me vale. Imaginaros que yo titulo algo “Accadera joola kive”. Pues, hala, ese título ya es mío. Así que si vosotros lo queréis usar tenéis que decir: “voy a titular esto Accadera joola kive, pero tengo que reconocer que este título es de Troglo Jones, así que ya no tiene mérito”. Y eso que ni soy finlandés ni nada. Pues una injusticia. A lo mejor lleváis tres meses buscando un título para un post, y de repente decís, “Eureka, Accadera joola kive, qué título más cojonudo”. Pues os jodéis, porque simplemente yo agité un día un diccionario. Y aunque vosotros no supierais que existe Troglo Jones, da igual. ¿Se puede consentir esto? Estoy tan indignado que ya no me da la gana de decir que el título de esta entrada es de Mario Benedetti.

Pero bueno, a lo que íbamos…¡Joder! Se me ha olvidado completamente lo que iba yo a decir en esta entrada. Y la culpa es de Mario Benedetti. ¿Qué era, coño, si era algo muy interesante? ¿Cómo se me puede haber olvidado? Lo que más me molesta es que esto me pasa cantidad de veces, que me enrollo con una chorrada y luego se me olvida lo importante. Aunque hay veces en que uno no tiene muy claro qué es lo importante. Me acuerdo una vez que le pedí un taladro al vecino…pero esto es otra historia, ya estoy otra vez igual. ¿Qué era lo que iba a decir, coño? Tranquilos, si lo tengo en la punta de la lengua. ¿Hummmm?

viernes, 22 de febrero de 2008

Slow down week

¡Qué vida esta! Aquí tenemos una películita flash de Adbusters que podían habernos filmado con cámara oculta a cualquiera. Que nos sirva de reflexión.
Al loro el careto que pone cuando va en el coche. Impagable.

http://www.adbusters.org/media/flash/slow_down_week/

Consérvate bueno.

jueves, 21 de febrero de 2008

Delirio electoral con toque jazz

Pues salía yo del museo Guggenheim nuevo que han puesto en Móstoles, de ver una exposición de Esther Cidoncha. Buena, buena. Iba con Scott LaFaro, que le habían resucitado para que pudiera votar en las elecciones del nueve de marzo, fijaros si eran importantes las elecciones.

Scott era buen chico, pero muy plasta, y no paraba de intentar sonsacarme a ver si iba a votar a Rajoy o no.

- Mira, Scott – le dije – no puedo votar a Rajoy porque le prometí a mi loro en su lecho de muerte que nunca votaría a un tío con barba.
- ¿Y por qué no vas a votar a un tío con barba, si se puede saber?
- Porque los tíos con barba no son de fiar.
- ¿No?
- Mira Papá Noel, por ejemplo.
- ¿Papá Noel no es de fiar?
- ¿A ti te traía lo que le pedías?
- ¡Qué va! ¡El gilipollas siempre me traía un jersey, y calcetines, y mierdas así!
- ¿Ves? Para una cosa que le pedías en todo el año, y te la jugaba.
- Me has convencido. ¿Vas a votar a Zapatero, entonces?

Pero qué plasta es este Scott LaFaro.

- No puedo – le dije.
- ¿Por qué?
- Porque le juré a mi loro en su lecho de muerte que nunca votaría a un tío que tuviera una zeta en el nombre.
- ¿Y por qué no vas a votar a un tío con una zeta en el nombre, si se puede saber?
- Porque la gente con una zeta en el nombre no son de fiar.
- ¿No?
- Mira Zunzunegui, por ejemplo.
- ¿Zunzunegui no es de fiar? ¿Y quién coño es Zunzunegui?
- ¿Ves? ¿Tú te fiarías de un tío que ni conoces? Y además, igual tiene barba.
- ¿Zunzunegui tiene barba?
- Es posible.
- Me has convencido. ¿Vas a votar a Llamazares, entonces?

Pero qué plasta es este Scott LaFaro.

- No puedo – le dije.
- ¿Por qué?
- Porque Llamazares tiene barba y una zeta en el nombre.
- Me has convencido.

Menos mal, coño.

PD: Delirio dedicado a la memoria de Scott LaFaro, 1936-1961