viernes, 29 de mayo de 2009

Perfiles lamentables del jazz: Antonoff Piruleroff

En los años del mil gromecientos, a secas, en la Rusia de los zares, nos encontramos a uno de los perfiles más lamentables del jazz que en el mundo han sido: Antonoff Piruleroff. Nacido Antoniov Chorizovski en el seno de una respetable familia, desde muy pequeño demostró sus intereses musicales, pero se encontró con la contumaz oposición de su padre:


- Tú estudiarás Derechoff, como tu hermano Luisoff – escuchaba cada día Antoniov. Pero Antoniov no quería ser abogadoff, quería ser músico. Harto de la testarudeff de su padre, nuestro héroe hizo cuidadosos planes, y se fugó de casa por la ventana de la buhardilla una noche de mayo, no sin antes haber afanado todos los objetos de valor de la familia, incluida la colección de muñecas rusas orgullo de su abueloff.


Con el producto de su fechoría, se instaló en un hotel de la capital, y se cambió el nombre por el de Antonoff Piruleroff, en parte para no ser localizado por su iracunda familia, y también porque lo de Chorizovski le recordaba su latrocinio. Y, libre de ataduras, quisó dedicarse al amor de su vida: el contrabajo.


Pero lo del contrabajo iba a traerle a Antonoff más problemas de los previstos. Resulta que, al haber sido criado con vodka de garrafa adulterado, nuestro hombre sufría una disfunción de la glándula titiritoides, lo cual inhibía su crecimiento. Es decir, que Antonoff medía unos 30 centímetros, más o menos. Lo intentó de todas las maneras, pero tocar el contrabajo era como intentar tocar un portaviones. Imposible.


Pero Antonoff era muy cabezón, así que, ni corto (bueno, corto sí) ni perezoso, quiso adaptar el contrabajo a su estatura, y así fue como nació la llave de su éxito: el contrabajísimo. Antonoff diseñó un contrabajo para personas bajísimas, y lo llamó contrabajísimo. El cacharro, al ser contrabajísimo, producía unas notas bajísimas, mucho más que el contrabajo. Cuando se pulsaba el contrabajísimo, la profundidad de las notas era tal, que incluso vibraba el suelo. Pero no como si tuvieras al lado un martillo neumático. Más bien era como estar de pie sobre un sillón de masaje. El que lo escuchaba sentía una impresionante sensación de gustirrinín.


Antonoff consiguió debutar con su contrabajísimo en el Teatro Ensaladilloff, provocando un alto nivel de gustirrinín en su audiencia y cosechando un éxito clamoroso. A partir de aquí, la carrera de Antonoff fue fulgurante, llegando incluso a tocar en pase privado para los mismísimos zares (eran varios, por lo visto). Tal fue el gustirrinín que los zares obtuvieron del concierto, que se empeñaron en brindar con Antonoff, para lo cual trajeron el vodka gran reserva de palacio. Sabido es como acaban los brindis en Rusia, así que Antonoff se trasegó unas catorce botellas. Era pequeño, pero no veáis como chupaba.


A la mañana siguiente despertó Antonoff medio ebrio de éxito y de vodka. Aunque observó que los pantalones del pijama sólo le llegaban hasta las rodillas, no le dio mayor importancia, achacándolo a un efecto colateral de la resaca. Pero, cuando Antonoff fue a mirarse la cara en el espejo del baño (que es lo que hacemos todos cuando tenemos resaca), se encontró con que no podía ver su cara. ¿Cómo era posible? Antonoff se palpó rápidamente la cara, y se cercioró que seguía en su sitio. ¿Qué pasaba? De repente, el corazón se le paró en el pecho cuando se dio cuenta de la verdad. ¡No podía ver su cara reflejada porque su cabeza sobrepasaba por dos cuartas el marco del espejo! ¡Había crecido!


¿Cómo era posible esto? En su pánico, Antonoff vió rápidamente lo que había ocurrido: el vodka gran reserva había actuado como antídoto del vodka de garrafa, y había reactivado su glándula titiritoides, y de qué manera. Desde que se había levantado, había crecido 20 centímetros más. Antonoff, aterrorizado, se dio cuenta de algo: con este tamaño (y seguía creciendo), ¡sería incapaz de tocar el contrabajísimo! Se miró las manos, y las tenía del tamaño de jamones. ¡No podría coger el instrumento ni con pinzas! ¡La ruina! ¡Estaba acabado!


- ¡No, no, no! – se dijo Antonoff Piruleroff, desesperado. Rápidamente, se envolvió en una sabana (la ropa ya no le valía) y salió disparado a ver a su médico.


El doctor quedó perplejo ante la enfermedad de Antonoff. Ante la gravedad de la situación, se planteó soluciones drásticas, como el recetar a su paciente grandes dosis de masturbación, que es bien sabido que limita el crecimiento. No obstante, y debido a sus graves efectos secundarios (ceguera, locura, etc, etc), optó por decirle que tendría que aguantarse.


Furiosoff, con el juicio incompletoff, Antonoff canceló sus conciertos y se refugió en una pensión de mala muerte. En un desesperado intento de jibarizarse, se automedicaba con vodka de garrafa en cantidades industriales, pero sólo conseguía unas trompas de caballo y ardor de estómago. Seguía creciendo. Cuando llegó a los catorce metros de eslora, comprendió que aquello era el fin. Salió a la calle, corrió hasta el puente Gargaravski, y se arrojó al río con la intención de suicidarse y acabar con su sufrimiento. Cuando se quiso dar cuenta, estaba en el río, pero el agua le llegaba sólo hasta las rodillas, debido a su grotesca estatura. Ante un intento de suicidio tan chapucero, la gente empezó a cachondearse desde el puente, y a señalar a Antonoff con el dedo. Esta humillación ya no pudo soportarla nuestro hombre, que murió en el acto de un ataque de ridiculoff.

12 comentarios:

Dr.Krapp dijo...

Es una historia bien trágica de esas que apasionaban a Dostoievski y en general a eso que llaman el alma rusa. Sin embargo, me asalta una duda ¿qué clase de explosiva mezcla de vodkas de toda calaña y condición habían discurrido como torrente por tu paladar antes de pergueñar este cuento tan sumamente triste?

ESTHER dijo...

No lo he leído, acabo de llegar del conciertazo de Perico, Colina, Miralta... MAGNÍFICO!!!!! Impresionante!

Ya os contaré. Y además tienen un bar super bien de precio, así que me he tomado varias copas, no sé si más o menos que el loro y troglo je je je

Mañana lo leo y comento! besos! A los dos!

solojazz dijo...

Interesante relato con moraleja y todo, Troglo. Más bien lo leo por la linea del "Capote" de Gogol (me perdonas la comparación).

Abrazo

Troglo Jones dijo...

Saludos:

Je, je, sí, Doctor, había que darle ese dramatismo que tiene lo ruso. Es como "Crimen y castigo" en pequeño. La dosis y combinación de vodkas es secreta, aunque no creas que necesito mucho para disparatar.

Esther, ya nos contarás ese concierto, y nos darás envidia. Aunque parece que el bar te ha gustado tanto como la música, je, je.

Armando, ¿que te perdone la comparación? Ojalá existiera ese punto de comparación, amigo. Las mezclas agridulces de Gogol son insuperables. Creo que fue precisamente Dostoievski quien dijo que "todos hemos crecido bajo el capote". Y es que cualquiera que pretenda alguna vez escribir un relato y quiera saber cómo se hace, tiene que leerlo. Es una piedra angular.

Abrazos a todos.

ESTHER dijo...

Uf uf uf Vaya historia, te has pasado! je je je Ahora sí que la he leído entera. El contrabajista de ayer, Javier Colina, también tuvo sus problemas y no por culpa del vodka de garrafa si no porque tiene ciática brutal, así lleva varios días y ayer le tuvieron que sacar el contrabajo, acompañarlo hasta la banqueta y darle el contrabajo, ayudándole en todo momento en sus movimientos. Lo está pasando fatal. Aún así fue un conciertazo. Habrá que recomendarle la dosis perfecta de vodka a ver si así se le va la ciática... je je je

Bonita historia rusa!

Troglo Jones dijo...

Jelou, Esther. Vaya con Javier Colina, tendrá que darse unas friegas de vodka, je, je. Bueno, pobre hombre, la verdad es que es una gaita eso de la ciática. Ya veremos tus fotos.

Da svidanya.

Ralph dijo...

Es que los genios siempre han sido unos incomprendidos je je je, Además si el de garrafón te va bien para que cambiar de marca, es lo que pasa.

Troglo Jones dijo...

Pues claro, Ralph, es que el garrafón está mal visto pero es por desconocimiento, es lo mejor que hay, je, je.

Salud.

Mr Blogger dijo...

Podía haber inventado el contaaltísimo, pero entonces el gustirrinín se podía haber convertido en dolor de oídos impresionante...

Troglo Jones dijo...

Ahí le has dao, Mister. El contraltísimo sonaría demasiado alto, casi un ultrasonido, y rompería los tímpanos de la audiencia. No, no había otra solución.

Salud.

Mamen dijo...

Jajaja, muy graciosa la historia, pero la forma de morir no es digna de tal personaje.

Lo del gustirrinín me ha gustado mucho ;-)

Troglo Jones dijo...

Mamen, es que a todos nos gusta el gustirrinín, je, je. No te creas, las muertes grotescas ayudan a que se te recuerde.

Abrazos.