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viernes, 7 de marzo de 2008

Relaxin' at Camarillo

Desde luego, esto no es Madrid. El puente, el aire, el mar, esas letras en la montaña que pone Hollywood…No, Madrid no es. ¡Ay, madre, que me temo que ha vuelto a pasar! A ver la ropa…¡Joder, que traje! Ni es Emidio Tucci ni nada, y qué pasado de moda, y además negro. Y la camisa, ¡hostias! si llevo una camisa blanca, sin rayitas. Y la corbata es negra, y qué nudo más pequeño llevo. Sí, no cabe duda. He vuelto a sufrir un desplazamiento espaciotemporal, y me he trasladado a Los Ángeles en los años 50.

Si alguien lee esto pensará que estoy como una cabra, porque los desplazamientos espaciotemporales no existen. Claro que existen. Solo hay que saber la teoría que se oculta tras ellos. Y no penséis que hay teorías cuánticas, ni máquinas espectaculares. Bueno, a lo mejor sí hay teorías cuánticas, pero el factor desencadenante es de lo más pedestre: whisky de garrafa. Como lo oís.

Pensareis que esto es una chorrada más de las mías, que os han servido muchas veces whisky de garrafa y que no habéis aparecido en Los Angeles en los 50. No funciona así. Es cuestión sobre todo de cantidad. Si vosotros le echáis un dedal de gasolina al coche, sigue sin andar. Para sufrir un desplazamiento espaciotemporal tenéis que beberos entre 60 y 70 cubatas de whisky de garrafón. Y seguidos, nada de en varios días. Así que, si os apetece, hacer el experimento. Tomaros 60 ó 70 cubatas de whisky de garrafón, y luego me decís si ha habido un desplazamiento espaciotemporal o no.

Estos desplazamientos son, además, incontrolables. Lo mismo apareces en la Tercera Guerra Zulú que en las cuevas de Altamira. Así que un desplazamiento espacio temporal siempre es una lata. Pero ahora, además, es que estaban las elecciones. Si no volvía a mi propia línea espaciotemporal pronto, podría quedarme sin votar en blanco, y eso nunca, porque una tradición familiar es una tradición familiar.

Tenía que hacer algo, así que me dije, “tengo que encontrar un sitio donde un chiflado como yo pueda pasar desapercibido, y además pueda encontrar alguien que me ayude”. ¡Ya lo tengo!

Como estaba en medio de la calle, paré un taxi.

- ¡Al hospital mental de Camarillo! – dije.
- Volando, jefe.

¡Eso es! Allí pasaría desapercibido, y podría buscar la ayuda del saxofonista Charlie Parker, que solía pasarse unas temporaditas allí. Era importante encontrar a Parker porque soplaba tanto que conocía el secreto del desplazamiento espaciotemporal, y de hecho una vez me lo había encontrado en la Revolución Chipriota y habíamos cambiado impresiones sobre los mejores whiskies de garrafa.

- ¿Nunca le han dicho que es usted clavado a Humphrey Bogart? – le dije al taxista.
- Mayormente, soy Humphrey Bogart.
- ¡Anda! ¿Y por qué conduce un taxi?
- Lo del cine es sólo una afición. Esto es lo que hago para ganarme la vida de verdad.
- Pues fíjese que yo tenía otra idea de esto del cine.
- Nada, hay mucho mito. Hemos llegado. Son 900 dólares.
- ¿Qué dice?
- Hombre, tendré que pagarme la mansión en Beverly Hills.
- De acuerdo. Ahora no llevo suelto. Espere aquí, que ahora saldrá un señor vestido de rojo con barba blanca montado en un trineo que le pagará.
- De acuerdo.

Esto es lo bueno de estar en los 50, que la gente no está tan resabiada como ahora y se creen todo lo que les cuentas. Entré velozmente en el hospital, y dije:

- Estoy chiflado, ¿podrían internarme?
- No sé – dijo el tipo de la recepción - ¿Puede usted demostrar que está chiflado?
- Bueno, no me gusta un pelo la serie del doctor Jaus.
- ¡Rayos! ¡Sujetarle!

Así que catorce amables enfermeros se abalanzaron sobre mí y me pusieron una camisa de fuerza. Como veis, yo había acertado al suponer que Jaus ya la ponían en Los Angeles en los años 50. Cuando me metieron en el manicomio, me sentaron en una sillita en el jardín, y dije:

- Oigan, ¿podría ver a Charlie Parker? Sé que viene a menudo por aquí.
- ¿Parker? Se fugó anteayer.

¡Joder! Con esto sí que no contaba. Ahora tenía que fugarme yo también. Así que empecé a pasear por el jardín, disimulando, a ver si encontraba alguna posibilidad de fuga. En seguida me percate de que el muro del hospital tenía un agujero de unos 500 metros. Probablemente por aquí había salido el astuto Parker. Así que salí pitando.

Aún tenía el ligero inconveniente de llevar puesta una camisa de fuerza pero, dada mi experiencia, sólo tuve que dislocarme los dos brazos y la espina dorsal para poder sacar una mano, que levanté para llamar un taxi. Me metí en el coche a toda velocidad, y afortunadamente no era Humphrey Bogart. ¿Dónde podría encontrar a ese rufián de Parker? En un arranque de genialidad le dije al taxista:

- ¡Al Lighthouse Café, donde se reúnen los músicos de jazz!
- Volando, jefe.

¡Eso es! Ahí se reunían todos a tocar, seguro que lo encontraba allí. Mientras me quitaba del todo la camisa de fuerza, le dije al taxista:

- ¿Nunca le han dicho que es usted clavadito a Sigmund Freud?
- Mayormente, soy Sigmund Freud. Por eso no me he asustado al verle entrar en el taxi con una camisa de fuerza. Estoy acostumbrado a tratar con chiflados de todo tipo.
- Es una suerte. ¿Usted no era un psiquiatra famoso?
- Eso es una afición. Esto es lo que hago para ganarme la vida de verdad. Oiga, ese sombrero que lleva…
- ¿Le gusta?
- Los sombreros de copa son un símbolo fálico. El llevarlo indica que es usted un reprimido sexual peligroso.
- ¿Es usted idiota?
- ¿Ve? Esa hostilidad es la prueba palpable de que estoy en lo cierto.
- ¿Y si hubiera aceptado lo que me ha dicho?
- Entonces sería la prueba palpable de que estoy en lo cierto.
- Vaya, una variación del clásico “si sale cara gano yo, si sale cruz pierdes tú”. Sea como sea, soy un reprimido.
- Así es, ¿brillante, verdad?
- Bueno, los consultores hemos desarrollado mucho esa idea básica. Permítame un momento…

Y le atice con un ladrillo que siempre llevo para estos casos, en el occipucio, y lo dejé inconsciente. Lo metí en el maletero y conduje hasta que encontré el Lighthouse, en lo que invertí unas 6 horas, porque no tenía ni zorra de dónde estaba nada en aquella ciudad de los 50. Era de noche cuando llegué. Me mantuve un poco apartado, porque no quería llamar la atención. Me bajé del coche, y pensé en sacar a Sigmund Freud del maletero, por si cambiaba el futuro y eso, pero dije “¡anda ya!”.

Observé que un camión paraba en la parte de atrás del Ligthouse, y descargaba unas cajas. Me acerqué y vi que lo que descargaban era ¡Jack Garrafaniel´s! ¡El mejor whisky de garrafa del mundo! ¡Mi oportunidad!

Habiendo demostrado ya que el desplazamiento espacio temporal es posible con 60 ó 70 cubatas de garrafón, sabido es también que otros 60 ó 70 te devuelven al punto de partida, normalmente. Así que tenía que llegar al Jack Garrafaniel´s antes de que los músicos de jazz, personas de bajas costumbres, se lo bebieran todo.

Me colé subrepticiamente, y con el follón que había en el local, nadie se dio cuenta de como me metía detrás de la barra. En los años 50, el whisky se servía en bombonas de butano, a las que se conectaba una goma que a su vez se conectaba con un grifo. Así, el músico de jazz colocaba la boca directamente bajo el grifo y lo abría. ¡Qué tiempos aquellos!

Así que desconecté la goma del grifo y me la aplique a los morros, y chupe con todas mis fuerzas, intentando llegar a la masa crítica de garrafón en el menor tiempo posible, antes de ser localizado. Por desgracia, Shelly Manné me vió:

- ¡Eh! ¿Quién hay ahí? ¡Se está bebiendo el whisky!

Así que todos los músicos se lanzaron sobre mí con objetos contundentes y berreando como posesos. Yo incrementé el ritmo desesperadamente, y pegué un chupetón tan fuerte que me tragué la bombona. Me hice un poco de daño pero, por suerte, Bud Powell estaba dándome palmaditas en la espalda con una llave inglesa, lo que me ayudó a pasarla. Los muy bestias me maniataron, y Powell dijo:

- ¿Qué hacemos con él?
- Llevémosle ante la reina – dijo Manné – Que ella decida su castigo. ¡Je, je, je! – y se rió sádicamente.
- ¡La reina! ¡La reina! – decían todos como energúmenos.

¡La reina! No podía ser otra que la malvada baronesa de Koenigswarter, famosa por su crueldad. Ahora sí que estaba perdido. Me arrastraron mientras sonaba un poco tranquilizador ritmo de tam tam africano en la batería. Pensé que Art Blakey debía andar cerca.

Y entonces noté cómo que me desvanecía. Las cosas empezaron a hacerse borrosas, y al instante siguiente me encontré en la calle. ¿Pero dónde? Me palpé la ropa: sí, mi traje Emidio Tucci, la camisa de rayitas con las iniciales, y mi corbata naranja, con un nudo con el que se podría ahorcar a un caballo. Miré a mi alrededor: en cada farola, carteles con las jetas de los candidatos. ¡Sí! ¡Había llegado a tiempo para votar en blanco! Me dieron ganas de llorar de felicidad.

No me digáis que esta aventura no os ha dado sed. Yo me voy a tomar unos cubatillas garrafa gran reserva. Y, a todo esto, ¿qué habrá sido de Sigmund Freud? ¿Seguirá en el maletero?