El general Mortimer Mortimer descansaba un día con sus patazas sobre la mesa de despacho, sorbiendo un cubata con pajita mientras oía un disco de Tommy Flanagan. El general Mortimer Mortimer había tenido una larga y brillante carrera, gracias a su sagaz estrategia de no hacer nunca nada y decir que sí a todo. Pero, precisamente aquel día, sonó el teléfono rojo, lo que le dio muy mala espina al general Mortimer.
- ¿Aló? – dijo – Aquí el general Mortimer Mortimer.
- General Mortimer, soy el presidente.
- ¡Señor presidente! – dijo el general poniéndose firmes - ¡A sus órdenes!
- Vera, general, que he pensado que el país necesita una guerra.
- ¿Una guerra, señor presidente?
- Sí, hombre, ya sabe que una guerrita de vez en cuando mantiene alto el espíritu nacional, además de distraer a la gente de mis burradas. Así que agarre cuarto y mitad de ejercitos y váyase a conquistar el Peñascal Los Huevos.
- ¿El Peñascal Los Huevos? – se asombró el general - ¿Y para qué queremos eso, si es una mierda de sitio que no hay nada y no pasa nunca ni dios?
- ¡No me replique, Mortimer! ¡Salga cagando melodías y conquiste esa mierda para su patria!
- ¡A sus órdenes, señor presidente!
Ni que decir tiene que la orden no le hizo ni pizca de gracia al general Mortimer Mortimer, pero se cogió cuarto y mitad de ejercitos y se fue para allá. Cuando llegaron al Peñascal Los Huevos, el general Mortimer Mortimer y sus muchachos se toparon con la cruda realidad: era una mierda de sitio donde no había nada y nunca pasaba ni dios.
- ¿Y ahora qué hacemos, mi general? – dijo el teniente – Si aquí ni hay enemigo ni nada.
- Tengo un plan, mis valientes – dijo el general Mortimer Mortimer – Yo acabo de llegar y ya estoy hasta el culo de este sitio, así que tenemos que perder esta guerra lo más rápido posible. Así que, al primero que veamos, nos rendimos, aunque sea al butanero. ¿Estáis conmigo?
- ¡Sí! ¡Sí! ¡Viva el general Mortimer! – vociferaron los soldados.
Pero por allí no pasaba ni dios, así que se tiraron un mes buscando alguien para rendirse, pero nada. Así que el general Mortimer Mortimer, harto, tiró de su manual de tácticas militares, donde tenía apuntado el teléfono, llamó al Telepizza y cuando vino el pizzero, se rindió con todos sus hombres. En su país, fueron honrados como caídos por la patria. Para que no les reconocieran, todos se dejaron bigote y se volvieron a casa, y el general Mortimer Mortimer se puso el disco de Tommy Flanagan y sorbió cubatas con pajita.
Y esto fue lo que pasó, o así me lo contó un loro.
