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lunes, 3 de marzo de 2008

Cuentos de los mandarines: la mona vestida de seda

El mandarín Ku Ñao, orgullo de su estirpe, meditaba en su despacho mientras se hurgaba con el dedo sus aristocráticas narices. Tenía que andarse con cuidado, ya que es bien sabido que los mandarines tienen unas enormes uñas para poder limpiarse las orejas con facilidad, y al hurgarse la nariz pueden provocarse una hemorragia cerebral si no son prudentes. Como no encontraba nada interesante en las narices, Ku Ñao llamó a su pupilo, Par Di Yo, por el tradicional procedimiento del Be Rri Do.

- ¡Par Di Yo! ¡Deslízate servilmente hasta mi despacho, hijo del Celeste Imperio!
- ¡A vuestras ordenes, Maestro!- dijo Par Di Yo, apareciendo en la puerta casi instantáneamente.
- ¿Has terminado ya el informe para Grandes Murallas? Quiero facturar porque tengo que echarle gasolina al Ya Té.
- Er,…aún no, Maestro.
- ¡Me-Ka-Chis el trono del crisantemo, Par Di Yo! ¿A qué se debe esta vez tu negligencia, simio ignorante? ¿Es que no has asimilado mis enseñanzas para la elaboración de informes?
- Sí, Maestro. De hecho, he metido en el informe hasta nuestros folletos de propaganda, que están llenos de palabras como “competencias”, “paradigmático”, “maximizar” y demás sandeces. También he calzado artículos completos que he copiado de revistas del sector.
- Así me gusta, Par Di Yo, que aproveches el conocimiento. ¿Cuál es el problema entonces?
- Pues que el informe no tiene ningún sentido, Maestro. En cuanto lo abres te das cuenta de que es una idiotez. Lo primero que aparece es un Ku-Rri-Ku-Lum, a continuación va un trozo de una conferencia sobre valores corporativos,…¡el honorable cliente se dará cuenta en seguida de que se la estamos colando, Maestro!

Ku Ñao cerró los ojos y empezó a mesarse los bigotes.

- Par Di Yo, eres el más deprimente de los cretinos. ¿Tú crees, búfalo de agua, que el hecho de que metas toda la basura en el informe significa que puedes ponerla de cualquier manera, sin orden ni concierto? ¡La basura hay que disfrazarla, Par Di Yo, de forma que parezca un ramo de flores de loto! ¡Trae de nuevo tu tablilla de apuntar, a ver si consigo meter algo de sabiduría en tu animalesco cerebro!
- ¡Al instante, Maestro!

Y, en efecto, al instante regresó Par Di Yo con su tablilla de apuntar. Y Ku Ñao le dijo así:

- Por desgracia, aún no he encontrado la manera de entregar un informe sin trabajar absolutamente nada, aunque no desespero. Hay algo que tienes que hacer, y cuyo trabajo justifica el Ti-Mo que le vamos a dar por el informe al honorable cliente.
- ¿Qué es ello, Maestro?
- Ante un informe, curso, conferencia, o cualquier disparate similar, la gente se fija sobre todo en lo primero y en lo último, pasándose por el arco del triunfo lo del medio. ¿Me sigues hasta aquí?
- Sí, Maestro – dijo Par Di Yo mientras apuntaba con fruición.
- Así, tienes que empezar bien, porque el principio del informe será de lo poco que los cenutri…los honorables clientes se leerán. Debes diseñar una portada muy atractiva, con unos logos de buen tamaño a todo color, y utilizando muchos tipos de letra distintos. La portada de un informe es como la de un Dis Ko, Par Di Yo; aunque lo de dentro sea una basura infecta, hay que atraer al cliente.
- ¡Cuan sabio sois, Maestro!
- Así es, Par Di Yo. El título también es una parte muy importante del informe. Debe ser bastante sesudo, pero tampoco hay que pasarse, puesto que queremos que sea atractivo. Hay que conseguir un equilibrio, como el Yin y el Yan.
- ¿Podéis ponerme un ejemplo, Maestro?
- Escucha, un buen título puede ser “Informe de resultados sobre el proyecto de reorganización estratégica de procesos en Grandes Murallas”. Observa que es bastante largo, por lo que parece que debe ser bastante importante y se debe haber trabajado mucho para hacerlo. Además, consigo meter un montón de palabras consultoriles como “proyecto”, “reorganización”, “estratégica” y “procesos”, con lo que parece que sé de lo que hablo.
- ¡No salgo de mi asombro, Maestro!
- Además, es un título lo suficientemente abstruso para no decir nada y decirlo todo al tiempo, muy en el estilo de la filosofía oriental. Magnífico, pues así nadie sabe lo que debe esperar concretamente, y no podrán decir que es muy vago o que se pierde demasiado en detalles. Recuerda que la gente saca estas conclusiones a través del título, porque ya quedamos en que nadie va a leer el informe. ¿Entiendes?
- ¡Ajá! – Par Di Yo apuntaba a toda velocidad.
- Es lo suficientemente complicado para justificar que paguen un Pas-Tón por él, pero es lo suficientemente sencillo para que cualquier imbécil con corbata pueda pronunciarlo sin hacerse un nudo en la lengua. A partir de aquí, ya tenemos mucho ganado. El honorable cliente está contento con lo que ha visto de su informe por el momento. Es gordo cuál oso panda, lleno de colorines como el ave del paraiso, y con un título sugerente cual Bi Ki Ni. Ahora viene la prueba de fuego para un mandarín, Par Di Yo: las primeras páginas.
- Ardo en deseos de saber.
- Una página de agradecimientos a la gente que ha colaborado en el proyecto es una buena idea. Es una hoja más, que añade peso al informe y, cortesía oriental, me permite hacerle la pelota servilmente al cliente. Es bueno añadir alguna cita esotérica como para darle filosofía al informe, y que sirva para cualquier tema, algo así como “Como dijo el sabio Va Ci Long, nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección”. Entonces es posible que el honorable cliente se desmaye de satisfacción. Esta frase es muy buena, porque se puede aplicar a todo, y parece sugerir además que mi cliente tiene algo en la cabeza además de la coleta, lo cual siempre se toma como un elogio. Además, el nombre del autor está perfectamente elegido, Par Di Yo.
- ¿Quién era Va Ci Long, Maestro?
- Nadie sabe quien era Va Ci Long, porque me lo acabo de inventar, pero suena impresionante, precisamente porque no le conozco. La gente eleva lo que no conoce a la categoría de mitológico, hijo mío. Si yo no le conozco, debía de ser alguien inteligente.
- ¡Asombroso!
- Así soy yo, Par Di Yo. Además, la frase parece sugerir que realmente hemos hecho algo útil, que hay entre esas páginas una fórmula mágica para conseguir que esa deprimente empresa se convierta en una mezcla de fábrica de dinero y mansión Playboy. Es la sensación que quiero provocar, je, je, je.
- Vuestra astucia es legendaria, Maestro.
- No soy mandarín por nada, Par Di Yo. En la siguiente página, pon un resumen del proyecto. Por supuesto, no puedes titularlo “resumen”. Llámalo “abstract”. Podemos cobrar bastante más por un “abstract” que por un “resumen”. Y ya sabes que lo que interesa es la Pas-Ta.

Par Di Yo anotaba como loco.

- Como mi intención es que el honorable cliente lea el abstract, no puede tener más de medio folio de extensión. Realmente este es el proyecto y el único trabajo que habré realizado, pues lo de dentro solo es paja y papel reciclado. Hasta un consultor es capaz de crear medio folio de lectura motivadora, aunque no tenemos costumbre de ello. El abstract está lleno de buenas intenciones, de deseos, de frases ocurrentes. Se trata de presentar la entrada al mundo de Oz – dijo Ku Ñao.
- Pero el mundo de Oz no existe, Maestro.
- Par Di Yo, como consultor a mí no me importa que las cosas no puedan funcionar en la realidad. Solo me interesa para mis fines que PAREZCA que van a funcionar. Y yo apoyo esa sensación, haciendo incluso que parezca fácil.
- ¡Ka Ram Ba!
- Una vez que entres en el cuerpo del informe aún tienes que hacer algo más: la introducción. Esta se compone de un cuarto de folio de escritura motivadora y con un cierto sentido común, y de un folio y tres cuartos de insoportable cháchara destructora de neuronas. Esto obedece a un objetivo claro: hemos conseguido ilusionar al cliente con la portada, el abstract, ...El pobre ingenuo cree que tiene en las manos algo de valor. Pero ahora tengo que meter los folios reciclados que componen el grueso del informe. Como hasta tú comprenderás, no me interesa que el cliente siga leyendo con detenimiento, porque, por estúpido que sea, podría descubrir el pastel. Y tampoco podemos meter un corte demasiado brusco en el estilo del informe, porque se notaría demasiado. Hay que tener más clase.
- ¿Y cómo, Maestro?
- Escucha, así que, empiezo la introducción con ese cuarto de folio motivador, en la línea del abstract, y voy haciendo que PROGRESIVAMENTE, la introducción se vaya convirtiendo en algo que mataría de aburrimiento a una oveja. La mayoría de los clientes dejarán de leer antes de terminar el primer folio, pero hay que meter un folio más de Ko-Ña-Zo horroroso, como aislante de seguridad. No te olvides que vamos a robarle al cliente un montón de dinero. No hay que correr riesgos, Par Di Yo.
- Apuntado, Maestro.
- En esta parte del informe, narcotizadora cuál chute de opio, debes utilizar palabras extraordinariamente técnicas y/o absurdas. Son muy buenas, por ejemplo, factor primario, escalado, aquiescencia, decatipos, constructo, cognitivo, nomotético, disposicional, idiográfico, análisis factorial,...Incluso puedes ponerlas todas seguidas, intercalando preposiciones y artículos al azar. Coloca también un montón de nombres de autores entre paréntesis, como si les estuvieras citando o te hubieras basado en su trabajo. Incluso puedes inventártelos, si quieres.
- ¿Qué más, Maestro?
- Puedes crear nuevas palabras, como “evalucinador”, o rescatar palabras olvidadas para darles un nuevo significado, como “catafractario”.
- ¿Y en cuanto al estilo, Maestro?
En cuanto al estilo, utiliza frases de al menos cinco renglones de extensión, llenas de oraciones coordinadas, subordinadas y yuxtapuestas. Antes de llegar al tercer renglón, el osado lector tendrá que volver al principio de la frase. La segunda vez dejará directamente de leer. Utiliza el punto y seguido cuando te duela la mano, pero mejor el punto y coma; da una impresión de cultura muy útil para tus propósitos el que la gente crea que sabes cuando hay que poner punto y coma. No uses nunca el punto y aparte. Y usa montones de paréntesis, corchetes y asteriscos.
- ¿Y después, Maestro?
- La reacción del lector ante un Ko-Ña-Zo semejante es múltiple: primero, le viene a la cabeza la idea de que te lo has currado bastante. Segundo, deja de leer y busca una página del medio del informe, a ver si es más legible. Naturalmente, encuentra que lo que lee no tiene ningún sentido (aquí es donde has metido todo el papel que sacaste del armario) ni ninguna relación con lo anterior ni con el objeto del informe. No obstante, como se ha saltado un montón de páginas, entiende que es normal que no encuentre sentido a lo que lee. ¡Je, je, je! ¿Lo coges, Par Di Yo?
- ¡Maestro, me dan escalofríos!
- Sí, Par Di Yo, el gran Fu Manchú estaría orgulloso. Atiende. La reacción del cliente entonces es dar otro salto, cual rana inquieta, y le ocurre exactamente lo mismo. Más palabrería sin sentido. El cliente empieza a tener una leve inquietud de que el informe no sea más que charla inútil.
- Entonces estamos en peligro, Maestro, porque ciertamente no es más que charla inútil.
- ¡Qué poca fe tienes, Par Di Yo! Le tenemos donde queríamos, porque es ahora cuando el honorable cliente da el paso decisivo, el que nosotros queremos que dé. Se va AL FINAL del informe. Y aquí es donde volvemos a sacar el tarro de las esencias. Pero esto será otro día, Par Di Yo, porque hoy he hablado ya mucho y tengo la boca seca como un Pol Vo Rón. Traeme de inmediato una Li Tro Na, y luego retírate a tus quehaceres.
- A vuestros pies, Maestro.
- Vete en paz, Par Di Yo, y nunca olvides estas enseñanzas. Y acaba el informe de una vez, Ko-Ño.

Y, como siempre, los escribas recogieron la sabiduría de Ku Ñao en verso:

La basura más infecta
si la vistes de satén
y la perfumas de rosa
pues ya parece otra cosa
y la puedes cobrar bien.

lunes, 18 de febrero de 2008

Cuentos de los mandarines: el peso de la sabiduría

El mandarín Ku Ñao despertó de su siesta del burro (una cabezadita antes del aperitivo) un poco más temprano de lo habitual. Decidió entonces aprovechar el tiempo, que según dicen es oro, e hizo sonar el gong para llamar a su pupilo, el ignorante Par Di Yo:

¡GONG!

Sorprendentemente, Par Di Yo no acudió a la llamada. Sospechando la naturaleza de esta falta, Ku Ñao pateó el gong con todas sus fuerzas:

¡GONG! ¡GONG!

De inmediato, unos pasos precipitados se oyeron por el pasillo, y en la puerta apareció sofocado Par Di Yo, que apenas podía abrir los ojos. Esto, junto con el hecho de ser chino y tenerlos oblicuos, hacía que los ojos de Par Di Yo parecieran, más que ojos, dos puñaladas en un tomate.

- ¡Oigo y obedezco, Maestro!
- ¡Par Di Yo, rata de arrozal! ¿Será posible que estuvieras durmiendo en horas de trabajo?
- ¡Maestro, jamás osaría…!
- ¡Calla! ¡Si tienes marcados en la cara los ideogramas, de haber dormido sobre el Te Kla Do, pedazo de asno! Cierra otra vez los ojitos para que te aplique el toque del sueño de kung fu, Par Di Yo. Te despertarás en el I Nem.
- ¡Maestro, eso no! ¡Perdonad a este indigno esclavo! ¡Haré lo que sea para redimirme a vuestros ojos! – Par Di Yo se arrojó al suelo y comenzó a sollozar de forma conmovedora.
- ¡Levanta! – dijo Ku Ñao – Una vez más, voy a perdonar tu miserable vida, aunque no sé por qué soy tan generoso.
- ¡Gracias, Maestro, os juro que…!
- ¡Basta ya, Par Di Yo, no hagas que me arrepienta! ¿Has terminado el informe de consultoría que había que entregar para la empresa de Grandes Murallas?
- Está listo, Maestro.
- Bien. Tráelo para que lo revise. Les voy a colocar una factura caudalosa como el río Amarillo, je, je.

Par Di Yo salió a escape y regresó muy ufano con unos papeles, que depositó sobre la mesa de Ku Ñao:

- Maestro, no es mi intención pecar de soberbia, pero creo que encontrará que mi informe es magnífico. Grandes Murallas estará satisfecho.

Ku Ñao bajó la vista hacia el informe, y su corazón dejó de latir.

- ¿Qué es esto? ¡Si no tiene ni 20 páginas!
- ¡Exacto, Maestro! Sin embargo, cada palabra es pertinente. Soluciona de una forma sencilla y elegante todos sus problemas.
- ¡Sencilla! – bramó Ku Ñao - ¿Y tú crees que por una solución sencilla puedo cobrarles una factura del tamaño de la Ciudad Prohibida? ¡Oh! ¿Por qué he sido maldecido por los dioses con un idiota semejante?
- Pero, Maestro, si es lo que necesitan…

Ku Ñao adoptó la postura de la grulla para calmarse. A continuación, arrojó un cenicero de jade a Par Di Yo, que se agachó justo a tiempo.

- Par Di Yo, eres un zoquete. Los dioses debían estar borrachos cuando dispersaron tu estirpe sobre la tierra. ¿Qué hablas de solucionar problemas? ¡Lo que yo quiero es facturar! ¿O tú crees que las concubinas son gratis?
- Me consta que no, Maestro, pero…
- ¡Silencio! Pero mi paciencia es infinita, y voy a mejorar tu educación. Te voy a enseñar a hacer informes de consultoría. ¡Toma tu tabla y papel, y apunta!
- Sí, Maestro. Estoy listo.
- ¿Qué es lo primero y más importante para hacer un informe de consultoría sobre cualquier tema?
- Entiendo que conocer bien el tema, Maestro.
- Estás acabando con mi paciencia oriental, Par Di Yo. El conocimiento del tema no tiene ninguna importancia para un consultor que se precie. ¿O no me has visto a mí hablar durante horas de temas de los que no tengo ni la más repajolera idea?
- Constantemente, Maestro.

Ku Ñao miró con suspicacia a su pupilo, ya que le había parecido detectar cierto Ka Chon Deo.

- Quedamos, entonces, - dijo Ku Ñao - en que el conocimiento del tema no tiene que ver. De hecho, es mejor cuanto menos sepa.

Par Di Yo se quedó alucinado ante esta información:

- Maestro, ¿seguro que no os ha sentado mal el sake?
- ¡Silencio, insolente culebra de agua! Escucha, y toma nota del primer mandamiento sobre los informes de consultoría: cuanta menos idea tenga yo de qué demonios ocurre en la empresa del cliente, más folios produciré. Así, el peso en kilos del informe es directamente proporcional a mi ignorancia sobre el tema objeto del mismo. Esto es un mecanismo compensatorio. No sé nada, pero el mamotreto que entrego hace parecer que soy más sabio que el mismo Príncipe Chuan.
- Pero, Maestro, ¡el cliente se dará cuenta de…!

Ku Ñao empezó a carcajearse vilmente de la afirmación de Par Di Yo:

- ¡Jo, jo, jo, jo, jo! Me subestimas, Par Di Yo.
- ¡Nunca, Maestro!
- ¡Calla y apunta una nueva perla de sabiduría! Cuando el informe es de un tamaño monstruosamente enorme, esto justificará que la factura sea monstruosamente grande. ¡No como esta birria que me has traído! ¿Tú crees que alguien pagaría un dineral por 20 folios, aunque sean la mayor maravilla del universo? Los honorables clientes sólo entienden conceptos sencillos, como “más grande, más caro”. ¡Coge de aquella estantería el informe que hicimos para la compañía de Patos de Pekín, y tráelo aquí!
- Sí, Maestro. ¡Buf! ¡Uf! ¡Aaaargh! – bufaba Par Di Yo bajo el peso de un descomunal mamotreto encuadernado en piel de dragón.
- Ponlo sobre esa mesa.

Con un esfuerzo sobrehumano, Par Di Yo, colocó el informe sobre una mesa de bambú. De inmediato, la mesa empezó a temblar y las patas a combarse hasta que, con un terrible crujido, la mesa se vino abajo.

- ¿Ves, Par Di Yo? La prueba de la mesa es definitiva para saber si tienes un buen informe de consultoría. Si la mesa no se rompe, aún no está listo. ¿Has entendido hasta aquí, Par Di Yo?
- Sí, Maestro.
- Bien, sigamos avanzando en la senda de la sabiduría. Aquí va otro principio muy importante de la filosofía mandarínica. El cliente nunca se dará cuenta de que no sé de que hablo, porque el cliente nunca supera el nivel máximo de estupidez.
- ¿Qué queréis decir, Maestro?
- ¿Tú crees que habría alguien tan estúpido en el mundo como para ponerse a leer ese monstruo de informe?
- Me tiembla la coleta sólo de pensarlo, Maestro. Para leer eso habría que ser más duro que un monje saolin.
- Exacto. El cliente podría leerse tu birrioso informe, pero no es tan estúpido como para leerse este, porque valora su salud mental. Además, la inmensa mayoría de los clientes son tan vagos como nosotros, Par Di Yo. Y esto es magnífico para nuestros planes, porque puedo estar seguro, al 99%, de que nadie leerá mi informe. De este modo, puedo poner en él lo que me dé la gana.
- ¿Cómo?
- Atiende, Par Di Yo. Por un lado tienes que tener un informe gigantesco. Esto sería malo, porque podría significar que tengo que trabajar. Pero, por otro lado, tienes la seguridad de que nadie lo va a leer. ¿Puedes imaginar una situación más magnífica? Puedo dar rienda suelta a mi imaginación.
- Me dejáis sin palabras, Maestro.
- He conocido algunos mandarines que introducían paquetes de folios en blanco en los informes, pero eso demuestra muy poca elegancia por su parte. No, no. Es el momento de una limpieza espiritual.
- ¿Ein?
- Un buen consultor agarra ahora todos los papelotes que tiene abarrotando los armarios y los grapa al informe. De esta manera, libera espacio a la par que genera el informe. Incluso cojo esos Kur-I-Ku-Lum que la plebe cree que tiene derecho a mandarme y los incluyo.
- Pero, Maestro, esos documentos son confidenciales.
- ¿Y dónde estará mejor resguardada la confidencialidad que en un informe que nadie leerá, Par Di Yo?
- Es cierto, Maestro. Había olvidado ese principio.
- Además, Par Di Yo, una ventaja de utilizar la basura acumulada para componer el informe estriba en que, aunque el cliente sea tan retorcido como Fu Manchú, y vaya a mirar una hoja de la parte media del mamotreto al azar, con el fin de comprobar si de verdad hemos hecho algo o nos hemos limitado a ponerle nuestro logo a la guía de teléfonos, existe una probabilidad del 95% de que encuentre palabras como “competencias”, “paradigma” o “gestión del conocimiento”, ya que los consultores las utilizamos continuamente para todo.
- Muy cierto, Maestro.
- Y también las utilizan los que me mandan propaganda y los candidatos que me envían su Kur-I-Ku-Lum. Por supuesto, el honorable cliente no entiende una estupidez del calibre de “constructo” o "factor primario", pero le suena a las estupideces que decimos habitualmente, con lo que da por bueno el informe, lo guarda en un cajón, dice que lo ha leído y que está muy bien, y nos paga.
- ¡Sublime, Maestro! Voy inmediatamente a vaciar los cajones para terminar el informe.
- ¡Par Di Yo, ven acá! – gritó Ku Ñao – Con razón dice el sabio que la estupidez es más peligrosa que las hordas mongolas. No he terminado aún contigo.
- Lo siento, Maestro.
- Nunca olvides las lecciones que has aprendido hoy. Jamás vuelvas a entregarme un informe útil.
- ¡Nunca más, Maestro!
- Y no olvides que no queremos solucionar los problemas del cliente. ¿No ves que si lo haces ya no tendrá necesidad de comprarnos? Lo que tenemos que hacer es agravar sus problemas, pero sutilmente, sin que lo note.
- Vuestra astucia es legendaria, Maestro. No lo olvidaré. Voy a hacer un informe del tamaño de un oso panda.
- Este es el espíritu, Par Di Yo. Pero esto no es todo, los informes tienen muchas más sutilezas, que veremos en otro momento. Ahora tengo la boca seca y me voy a apretar una Ma-Ho-U. Vete en paz.
- Mil gracias, oh Maestro.

Y así Par Di Yo aprendió que el tamaño sí importa. Y los escribas lo recogieron en estos versos:

Cuando un informe compones
y mucho quieres cobrar
hazlo grande de cojones
y no pongas ná de ná.

viernes, 15 de febrero de 2008

Delirio nº 51

Bueno. Empieza a pesarme un poquito la semana. Ayer, hasta las diez y pico de la noche dando clase. Que yo sea profesor en algún máster da una idea de la irresponsabilidad que hay en el mundo. ¿Qué podemos esperar después de la juventud? Pero es lo que tiene ser Director de Operaciones, que pareces algo. Normalmente, no tienes ni puta idea de lo que hablas, pero lo dices con una seguridad que la gente hasta toma apuntes.

Realmente, lo que hago cuando doy clase es enviarles mensajes subliminales, les hipnotizo sin que se den cuenta, y les convierto en “durmientes”. Tienen una sugestión posthipnótica, de modo que cuando oigan la palabra “luisaragonés” ejecutarán su misión, arrojando el televisor por la ventana y saliendo a la calle a arrancar los números de los portales. Esto provocará que las cartas no puedan ser entregadas, porque el cartero no sabrá el número del portal, y no se molestará en contarlos, porque es un coñazo. Al no recibir correspondencia, la gente no se enterará de que en Corporación Dermoestética tienen una oferta de 3 tetas por 2, por ejemplo. La industria nacional se hundirá, será el caos, llanto y crujir de dientes. Esto me permitirá ejecutar mis planes de dominación mundial. No puede fallar.

El que avisa no es traidor.

jueves, 14 de febrero de 2008

Por decir algo

"Cuando Troglo Jones se despertó aquella mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto". Esto lo dijo mi amigo Kafka un día que me vió antes de afeitarme.

Después de unos días engañando clientes a jornada completa, volvemos a dedicarle algo de tiempo a poner disparates en el blog, único remedio eficaz para retrasar la metamorfosis en consultor. Los clientes bien, gracias, contentísimos de tener menos dinero en la cartera y haber disfrutado de mi simpatía y buen hacer. Al paso que voy me convertiré en gurú, o en mandarín.

Habrá que poner en marcha el Plan B. Consiste en convertirme en señor y amo del mundo. Si alguien quiere apuntarse, que envie sus datos personales escritos con letra muy clara en un billete de 200 euros, y yo le contactaré.

Pues eso.