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miércoles, 7 de mayo de 2008

Cuentos de los mandarines: la razón perpetua

Se encontraba el mandarín Ku Ñao en su radiante despacho, sobándose distraidamente sus ropajes de seda de la mejor calidad, cuando apareció humildemente en la puerta su discípulo, Par Di Yo.

- Saludos, Maestro, sabio entre los sabios. Perdonad la osadía de este indigno patán al molestaros en vuestra meditación.

Ku Ñao levantó su soberbia y noble cabeza, y contestó a su discípulo:

- ¿Qué tripa se te ha roto, Par Di Yo, grulla de cresta roja?
- Maestro, me preguntaba si podríais explicarme uno de los misterios de los mandarines que más me asombran.
- ¿Cuál es, Par Di Yo?
- Maestro, ¿cómo es posible que los mandarines tengan siempre razón?
- ¡Ah, Par Di Yo, has dado en el clavo! Este es el secreto mejor guardado del Oriente, y ha formado parte de la estirpe de los mandarines desde sus inicios. De hecho, es imposible ser mandarín si no se tiene siempre razón. Aunque sea un secreto, como estoy un poco trompa, te lo voy a explicar.
- Ardo en deseos de saber, Maestro.
- Lo primero que se necesita, Par Di Yo, es una soberbia tan ilimitada como el río Yang Tsé. Debes convencerte de que eres el más sabio entre los sabios, aunque no sepas hacer el ying con un canuto. Y debes convencerte, además, de que el resto de gentes que te rodean, todos los humanos del mundo, son más estúpidos que un perro Chow Chow.
- ¿Y cómo puede uno llegar a este convencimiento, Maestro?
- A través de la meditación, Par Di Yo, y escuchando sistemáticamente el sonido de su propia voz, un mandarín puede llegar a este convencimiento, aunque no es sencillo.
- ¿Qué más se necesita, Maestro?
- Ayuda infinitamente en esta senda de la sabiduría el no escuchar nada de lo que te dicen. Si escuchas, podrías pensar sobre lo que te están diciendo. Y, entonces, podrías llegar a la conclusión de que otro tiene razón. Y esto es imposible por definición, Par Di Yo.
- Ya veo, Maestro. ¿Qué otros factores son importantes?
- Un mandarín siempre debe tener claro su objetivo en cualquier discusión filosófica, esto es fundamental.
- Nuestro objetivo es el descubrimiento de la Verdad, ¿a que sí, Maestro?
- ¿Cómo la verdad, cabra mongólica? ¿Tú crees que en una discusión filosófica un mandarín busca la verdad?
- ¿No la busca?
- Ton-tai-Na, si buscara la verdad, podría darse el caso de que no tuviera razón, ¿no lo ves? Yo no busco la verdad, sólo busco tener razón. Deja la Verdad a los dioses, Par Di Yo. A mí dame la pasta.
- No entiendo bien, Maestro.
- Par Di Yo, escucha bien, asno salvaje. Cuando yo discuto con cualquiera, no pretendo llegar a una solución. Sólo quiero que se aplique mi solución. No busco integrar sus opiniones con las mías, ni aprender nada puesto que ya lo sé todo. Yo sólo quiero ganar la discusión, ¿entiendes?
- ¿Y qué utilidad tiene ganar la discusión si no se alcanza la mejor solución posible?
- Ganar la discusión confirma que tenía razón y mi solución era la mejor.
- Pero, si la solución no era la mejor posible, ¿no querría decir que no tenía razón?
- No, porque he ganado la discusión, así que tenía razón.
- Me estoy empezando a marear, Maestro. Imaginemos que iniciamos una discusión, vuestra mandarinez la gana, y se aplica vuestra solución. Si la solución aplicada es un desastre, ¿no demuestra eso, objetivamente, que no teníais razón?
- En absoluto, Par Di Yo. En ese caso es donde se saca el hocico de mandarín, y se dice que, aunque esta solución haya sido una mierda, cualquier otra hubiera sido peor. Como esto es imposible de comprobar porque no se ha adoptado cualquier otra, sino esta, pues sigo habiendo ganado la discusión. ¿Lo pillas, Par Di Yo?
- Creo que empiezo a pillarlo, Maestro. Adivino entonces que la coherencia no es demasiado relevante para un mandarín.
- Te equivocas, Par Di Yo. Es relevante, porque hay que intentar a toda costa no ser coherente. La coherencia podría estorbarme en mi objetivo de tener razón.
- ¿Por esto tenéis esa habilidad para dar argumentos incluso contradictorios a la hora de sostener vuestras ideas?
- Exacto, Par Di Yo. Ahí es cuando has llegado al summum de la mandarinez. Y también es importante la paciencia, que es la virtud del sabio. Imagínate que yo doy un argumento y mi interlocutor no lo acepta. Yo doy entonces argumentos de apoyo basados en la ética.
- Pero vuestro interlocutor puede refutarlos, Maestro.
- Entonces doy más, basados en la ley. Y si los refuta, doy más, basados en la costumbre. Y si eso tampoco funciona, recurro a la religión.
- ¿Y si también lo refuta?
- Entonces, vuelvo al argumento del principio.
- Pero si ya estaba refutado, Maestro.
- No importa, Par Di Yo. Recuerda que a mí no me importa que el argumento sea una gilipollez o no, yo quiero tener razón. Así que vuelvo a sacarlo, para que tenga que refutarlo de nuevo. Si lo hace, vuelvo a la ley. Y así eternamente. Esto se llama “el molino desesperante”. Sigues insistiendo hasta que tu interlocutor ya deja de discutir por pura desesperación. Así que ganas la discusión, lo que indica que tenías razón.
- Hay algo en lo profundo de todos estos razonamientos que me falla, Maestro.
- ¿Lo ves, Par Di Yo, camello de las cumbres? Si te preocupas de la coherencia y de la honestidad argumental, nunca serás un mandarín, a pesar de mis esfuerzos. Repite conmigo los sagrados principios, Par Di Yo: ¡soberbia inmensa, morro de cemento!
- ¡Soberbia inmensa, morro de cemento!
- ¡Otra vez, Par Di Yo!
- ¡Soberbia inmensa, morro de cemento!
- ¡Bien! Quiero que lo repitas 100 veces cada día. Y cada vez que discutas con alguien y aparezca en tu débil sesera la idea de que ese alguien es digno de respeto y podría tener algo interesante que aportar, coges esa idea y la envías para abajo, para abajo, hasta que camines sobre ella. ¿Entendido, Par Di Yo?
- Entendido, Maestro.
- Pues hala, traeme una Bi-Rri-Ta, que esto de tener razón siempre da sed. ¡Y date prisa, urogallo de las praderas!
- Oigo y obedezco, Maestro.

Y así fue como Par Di Yo aprendió el secreto para tener siempre razón. Y así lo recogen los pergaminos de los escribas:

Si la razón no te asiste,
con obstinación insiste.
Si te falla el argumento,
saca el morro de cemento.
Y lleva siempre delante
esa soberbia gigante.
¿Qué importará la Razón
ganando la discusión?