Una aclaración: como veo que hay bastantes despistados en el mundo, debo advertir que los músicos que salen en esta sección acompañados de música son reales. Con Clifford no hay problema, pero hay alguno que se cree que Stan Seltzer o Elmo Hope eran de mentira. Eran de verdad, y su música es real, pero aderezo su biografía con gran cantidad de disparates. Es como un juego, tenéis que descubrir qué es verdad y qué es mentira. Y dicho esto, a ver si es que sólo Benny Golson se va a poder acordar de Clifford Brown. Pues yo también me acuerdo. Fijaros si me acuerdo bien que me acuerdo que Clifforoctus Epidauro Andromestas Brown, más conocido como Clifford Brown (más que nada porque no se llamaba Clifforoctus, ni Epidauro ni Andromestas, sino Clifford Brown a secas) nació a muy temprana edad en 1930, hijo de Lechugina Brown, de profesión sus labores, y del mayor Oropendulus Brown, de profesión las suyas. Diose la curiosa circunstancia de que el niño Clifford nació con una trompeta puesta. Esto debió resultar molesto para la madre, ya que dar a luz un niño, bueno va, pero un niño con trompeta, ya es otra cosa. Y también este hecho provocó el mosqueo de su padre, ya que cuando a uno le nace un hijo con trompeta, por mucha buena voluntad que se tenga, pues te mosqueas. Sería peor que te naciera un niño con bombona de butano, y más molesto para el parto, pero...En fin, que los padres se dijeron, bueno, pelillos a la mar, y se dieron por satisfechos con su trompetudo hijo. Pronto descubrieron los felices progenitores que tener un niño con trompeta incorporada era, en buena parte, una ventaja. Fijaros que el niño Clifford no lloraba, sino que tocaba la trompeta cuando quería algo. De este modo, era muy fácil entenderse con él, porque cuando tenía sueño, tocaba “Sleepy time gal”, si estaba malo, “St. James Infirmary”, y si tenía hambre, tocaba “Paquito el chocolatero” de corrido. Un lujo de niño. Pasó el tiempo, y se daba el caso de que, según crecía el joven Clifford, también se hacía más grande la trompeta. Hasta que persona y trompeta alcanzaron el tamaño normal, aproximadamente, que suelen alcanzar personas y trompetas. ¿Y qué pasó después? Pues lo normal. Clifford hizo de faraón Amenofis IV en una función del colegio, y más adelante se echó una novia con gafas y aparato en los piños. Y así llegó el día en que el joven Clifford debía decidir su futuro. Su madre, vistas las facultades de su hijo, dudaba entre si debería elegir el oficio de pelafustán o el de músico. Como no sabía lo que era un pelafustán, le aconsejó que se decidiera por la música. Pero su padre, el mayor Oropendulus Brown, no se opuso. ¿Pensabais que se iba a oponer? Pues no, porque ya tenía 80 años y pasaba de todo. Puede que os resulte raro descubrir que el padre de Clifford tenía ya 80 años si cuando nació el susodicho Clifford su padre sólo tenía 28. Esto es debido a que el mayor Oropendulus Brown era una persona muy cumplidora, así que cumplía años a una velocidad muy superior a la normal. Vosotros y yo, como somos unos perros, tardamos justos los 365 días en cumplir un año. Hala, siempre las cosas en el último minuto, lo vamos dejando, dejando, y hasta el día 365 no cumplimos el año, y gracias. El mayor Oropendulus Brown, sin embargo, al ser un tío tan cumplidor, en dos meses tenía hecho el año. ¡Era la hostia! Si pensáis que se me ha ido la olla y esto no tiene nada que ver con la historia, estáis en lo cierto. Pues nada, ahora en serio, que el muchachito Clifford se lanzó al tema del jazz, dejando con la boca abierta de asombro a personal como Dizzy Gillespie o Charlie Parker. Ah, pero se dice que su principal influencia fue otro niño prodigio al que le debemos un post, el fenomenal Fats Navarro. Ya le tocará, ya. Las cosas le fueron bien a Clifford. Tocaba en el quinteto del señor Max Roach, y provocaba el asombro del respetable. ¡Cómo tocaba el cabrón! Además, le daba lo mismo lento, rápido, o mediopensionista. En todo destacaba. Pues resulta que, en 1956, Clifford participó en una “jam sessión” (que es una especie de juerga flamenca, pero en jazz) que se celebró en Music City, una tienda de instrumentos musicales de Philadelphia, que estaba pluriempleada para juergas. Milagrosamente, esta sesión fue grabada, ya que un entrometido loro conocido como Puto Bocazas, convenientemente disfrazado de bandurria, se coló en la juerga a la que no había sido invitado (porque tenía tendencia a beberse todo el whisky sin dejar nada a los demás) y puso en marcha el zapatófono, captando al amigo Clifford y al resto de parentela para la posteridad. Aquí le tenéis soplando un tema de Charlie Parker, “Donna Lee”, y debo decir que hay que oírlo para creerlo. Le acompañan Ziggy Vines y Billy Root, saxos tenores, Sam Dockery al piano, Ace Tisone, bajo, y Ellis Tollin a la batería. Lo que pasó justo después de aquella “jam session” no lo voy a contar, porque es demasiado triste. Los aficionados al jazz ya lo sabéis, y los demás, podéis buscarlo, que sé que sois curiosos. Cuentan que cuando Max Roach se enteró, se encerró en su habitación de hotel con dos botellas de coñac. El loro Puto Bocazas hizo lo mismo, pero con catorce botellas, y no paró de escuchar lo que había grabado en el zapatófono, la última grabación del monstruo, durante toda la noche. Y aquí os lo dejamos, para que podáis recordar a Clifford.