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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Perfiles lamentables del jazz: Hipopotamo Wilkinson

Dentro de nuestra galería de lamentables del jazz, es un honor presentar a Hipopótamo Wilkinson. ¿Qué de dónde sacó su curioso apodo? Pues veréis, le llamaban Wilkinson porque siempre iba muy bien afeitado. No, lo de Hipopótamo no era un apodo, es que era un hipopótamo: hocico protuberante, boca enorme, orejitas pequeñas y móviles, y cuatro toneladas de cuerpo serrano.


De hecho, es extraño que no haya habido más hipopótamos dedicados al jazz, ya que esa descomunal capacidad pulmonar que tienen y que les permite pasar un buen rato debajo del agua les da un tremendo potencial para los instrumentos de viento. Nuestro Wilkinson, enamorado del saxofón, se matriculó en cuanto tuvo oportunidad en la escuela de música de Joe Flatulent, que le aceptó porque era bastante corto de vista.


Hipopótamo Wilkinson tuvo que pulir bastante su potencial, ya que durante su periodo de aprendizaje soplaba con tal fuerza que desintegraba el saxofón, lo que estuvo a punto de llevar a la ruina a Flatulent. Afortunadamente, un líder de big band avispado, Chorlito Branson, se percató de las posibilidades de Wilkinson y le dio una oportunidad en su banda.


Hipopótamo Wilkinson triunfó, y llevó a la banda de Chorlito a la cima. En cada concierto, todos esperaban expectantes el solo de Wilkinson. Éste se levantaba y soplaba con tal violencia, que el saxofón se retorcía y tomaba fantásticas formas. De un solo soplido, era capaz de convertir un retorcido saxofón barítono en un recto soprano, o a la viceversa. Su virtuosismo llegaba a tal punto que era capaz de convertir el saxofón en un ocho, en la marca del zorro, o en una réplica de la Sagrada Familia. ¡Qué pulmones!


Pero llegó el día trágico para Hipopótamo Wilkinson, y del modo más inesperado. Durante una cena en su honor, nuestro héroe abrió su enorme bocaza para engullir doscientos kilos de ensalada, cuando se tragó por error un camarero. Todos los presentes empezaron a darle golpes en la espalda, intentando que lo expulsara pero, con ese corpachón, Wilkinson ni se enteraba. Quizá penséis que no era para tanto, que eso se podía haber disimulado un poco y tal, pero es que el incidente despertó los instintos de Wilkinson, y es que los hipopótamos son camarerívoros. Una vez que han probado un camarero, ya no pueden dejarlo. Así que Wilkinson se arrancó el smoking, y salió a la calle corriendo y bramando, o barritando, o lo que hagan los hipopótamos, dejando con los pelos de punta al resto de invitados. Nunca se le volvió a ver…o casi.


Porque aquí empezó la leyenda negra de Hipopótamo Wilkinson. En las noches de la ciudad se oían bramidos hipopotámicos, y los camareros empezaron a desaparecer. Ninguno estaba seguro. Fue una época terrible. Nadie se atrevía a ponerse un cubata, por si eso le daba la condición de camarero y le hacía entrar en el menú de Wilkinson.


Nunca pudieron capturarle y, aún hoy, la leyenda continúa. Cuando un camarero sale de su trabajo en una noche oscura, un escalofrio recorre su espalda, y mira hacia atrás, esperando no ver nunca los porcinos y crueles ojillos de Hipopótamo Wilkinson. ¿Qué no me creeis? Bueno, bueno, allá vosotros.

viernes, 29 de mayo de 2009

Perfiles lamentables del jazz: Antonoff Piruleroff

En los años del mil gromecientos, a secas, en la Rusia de los zares, nos encontramos a uno de los perfiles más lamentables del jazz que en el mundo han sido: Antonoff Piruleroff. Nacido Antoniov Chorizovski en el seno de una respetable familia, desde muy pequeño demostró sus intereses musicales, pero se encontró con la contumaz oposición de su padre:


- Tú estudiarás Derechoff, como tu hermano Luisoff – escuchaba cada día Antoniov. Pero Antoniov no quería ser abogadoff, quería ser músico. Harto de la testarudeff de su padre, nuestro héroe hizo cuidadosos planes, y se fugó de casa por la ventana de la buhardilla una noche de mayo, no sin antes haber afanado todos los objetos de valor de la familia, incluida la colección de muñecas rusas orgullo de su abueloff.


Con el producto de su fechoría, se instaló en un hotel de la capital, y se cambió el nombre por el de Antonoff Piruleroff, en parte para no ser localizado por su iracunda familia, y también porque lo de Chorizovski le recordaba su latrocinio. Y, libre de ataduras, quisó dedicarse al amor de su vida: el contrabajo.


Pero lo del contrabajo iba a traerle a Antonoff más problemas de los previstos. Resulta que, al haber sido criado con vodka de garrafa adulterado, nuestro hombre sufría una disfunción de la glándula titiritoides, lo cual inhibía su crecimiento. Es decir, que Antonoff medía unos 30 centímetros, más o menos. Lo intentó de todas las maneras, pero tocar el contrabajo era como intentar tocar un portaviones. Imposible.


Pero Antonoff era muy cabezón, así que, ni corto (bueno, corto sí) ni perezoso, quiso adaptar el contrabajo a su estatura, y así fue como nació la llave de su éxito: el contrabajísimo. Antonoff diseñó un contrabajo para personas bajísimas, y lo llamó contrabajísimo. El cacharro, al ser contrabajísimo, producía unas notas bajísimas, mucho más que el contrabajo. Cuando se pulsaba el contrabajísimo, la profundidad de las notas era tal, que incluso vibraba el suelo. Pero no como si tuvieras al lado un martillo neumático. Más bien era como estar de pie sobre un sillón de masaje. El que lo escuchaba sentía una impresionante sensación de gustirrinín.


Antonoff consiguió debutar con su contrabajísimo en el Teatro Ensaladilloff, provocando un alto nivel de gustirrinín en su audiencia y cosechando un éxito clamoroso. A partir de aquí, la carrera de Antonoff fue fulgurante, llegando incluso a tocar en pase privado para los mismísimos zares (eran varios, por lo visto). Tal fue el gustirrinín que los zares obtuvieron del concierto, que se empeñaron en brindar con Antonoff, para lo cual trajeron el vodka gran reserva de palacio. Sabido es como acaban los brindis en Rusia, así que Antonoff se trasegó unas catorce botellas. Era pequeño, pero no veáis como chupaba.


A la mañana siguiente despertó Antonoff medio ebrio de éxito y de vodka. Aunque observó que los pantalones del pijama sólo le llegaban hasta las rodillas, no le dio mayor importancia, achacándolo a un efecto colateral de la resaca. Pero, cuando Antonoff fue a mirarse la cara en el espejo del baño (que es lo que hacemos todos cuando tenemos resaca), se encontró con que no podía ver su cara. ¿Cómo era posible? Antonoff se palpó rápidamente la cara, y se cercioró que seguía en su sitio. ¿Qué pasaba? De repente, el corazón se le paró en el pecho cuando se dio cuenta de la verdad. ¡No podía ver su cara reflejada porque su cabeza sobrepasaba por dos cuartas el marco del espejo! ¡Había crecido!


¿Cómo era posible esto? En su pánico, Antonoff vió rápidamente lo que había ocurrido: el vodka gran reserva había actuado como antídoto del vodka de garrafa, y había reactivado su glándula titiritoides, y de qué manera. Desde que se había levantado, había crecido 20 centímetros más. Antonoff, aterrorizado, se dio cuenta de algo: con este tamaño (y seguía creciendo), ¡sería incapaz de tocar el contrabajísimo! Se miró las manos, y las tenía del tamaño de jamones. ¡No podría coger el instrumento ni con pinzas! ¡La ruina! ¡Estaba acabado!


- ¡No, no, no! – se dijo Antonoff Piruleroff, desesperado. Rápidamente, se envolvió en una sabana (la ropa ya no le valía) y salió disparado a ver a su médico.


El doctor quedó perplejo ante la enfermedad de Antonoff. Ante la gravedad de la situación, se planteó soluciones drásticas, como el recetar a su paciente grandes dosis de masturbación, que es bien sabido que limita el crecimiento. No obstante, y debido a sus graves efectos secundarios (ceguera, locura, etc, etc), optó por decirle que tendría que aguantarse.


Furiosoff, con el juicio incompletoff, Antonoff canceló sus conciertos y se refugió en una pensión de mala muerte. En un desesperado intento de jibarizarse, se automedicaba con vodka de garrafa en cantidades industriales, pero sólo conseguía unas trompas de caballo y ardor de estómago. Seguía creciendo. Cuando llegó a los catorce metros de eslora, comprendió que aquello era el fin. Salió a la calle, corrió hasta el puente Gargaravski, y se arrojó al río con la intención de suicidarse y acabar con su sufrimiento. Cuando se quiso dar cuenta, estaba en el río, pero el agua le llegaba sólo hasta las rodillas, debido a su grotesca estatura. Ante un intento de suicidio tan chapucero, la gente empezó a cachondearse desde el puente, y a señalar a Antonoff con el dedo. Esta humillación ya no pudo soportarla nuestro hombre, que murió en el acto de un ataque de ridiculoff.

domingo, 15 de febrero de 2009

Perfiles lamentables del jazz: Putobisho Hijosumare

Japón, ese hermoso país productor de pianistas japonesas de jazz y de monstruos legendarios fue el hogar de uno de los perfiles más lamentables del jazz (sobre todo para los que tuvieron la desgracia de encontrarse con él) que se recuerdan, el de Putobisho Hijosumare. En la mejor tradición monstruosa nipona, Putobisho era un loro mutante de 400 metros de altura, y con la mala leche propia de los monstruos del país.


Putobisho Hijosumare desarrolló desde huevo una temprana afición por la batería y el jazz. Esto no hubiera tenido de particular tratándose de un loro normal pero, con 400 metros, no había baterías de ese tamaño, así que el Putobisho arrancaba descomunales árboles y se ponía a porrazear, a ritmo de swing, sobre cualquier ciudad que se encontrara, consiguiendo un endiablado ritmo y unos destrozos que para qué.


Un día, tras hundir un par de islas japonesas imitando a Buddy Rich, Putobisho, presa de uno de esos inexplicables ataques de melancolia que a veces atacan a los monstruos del jazz, se internó en el mar y se dejó llevar por las olas, como los patos. Y por ahí sigue, navegando como un iceberg verde y descomunal. Y cuando hay temporal, con esos truenos tremendos y olas de 20 metros, probablemente es Putobisho, que ensaya “Drum Thunder Suite” usando de baquetas un par de petroleros.


Y ya.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Perfiles lamentables del jazz: Kamasutro

Yogijindarna Kamasutro, más conocido como el maestro Kamasutro, nació en la región hindú de Milikilanka en el año sabediós, porque en esas épocas no se preocupaban mucho de la fecha, total, un año como otro cualquiera.

Kamasutro era el menor de 43 hermanos. Se cuenta que iba prácticamente en bolas, como los fakires, no porque fuera fakir, sino porque los hermanos, como en todas partes, heredaban la ropa unos de otros, así que imaginaros como estaba cuando llegaba a él. Así que se liaba un periódico a la cintura, y ya está.

Interesado por la música desde temprana edad, pronto llego a la conclusión de que a la música india le faltaba algo de dulzura, así que se puso a buscar incansablemente la forma de dársela. Hete aquí que en Milikilanka abundaban por aquel entonces los caparazones de tortuga gigante, y Kamasutro observó que, según donde golpearas el caparazón de la tortuga, el sonido que obtenías era diferente. Así que cogió dos cucharones de la comida, que en su casa no se usaban porque no comían, imaginar 43 hermanos y la hipoteca, la hostia. Pues eso, con los dos cucharones le arreaba al caparazón y hacía una dulce musiquilla. ¡Había inventado una rudimentaria marimba!

Pero las proezas de Kamasutro no acabaron aquí. Hemos dicho que se interesó por la música, pero era tan bruto, de hecho era el más bruto de los 43, que no había manera de que aprendiera, y confundía la parte fuerte del compás con la débil, fijaros si era bruto, y tocaba la nota cuando no debía y, de repente, por casualidad, tocando la nota en la parte débil, ¡inventó la síncopa! ¡Lo que es la vida! Y Kamasutro se dijo: “Anda, pues está bien”.

Y se puso a sincopar en sus caparazones de tortuga. Y así consiguió su más famosa composición, “Ipanemapiba” que, evidentemente, fue la base para la composición posterior de la hiperfamosa y sincoposa “Chica de Ipanema”. ¡El mundo es un pañuelo!

Un día, Kamasutro encontró un caparazón enorme de verdad. Entusiasmado con su descubrimiento y con las notas que podría sacar de allí, se sacó los cucharones de debajo del periódico y se puso a arrearle al caparazón. Pero Kamasutro no se dio cuenta de que aquel caparazón, precisamente aquel, estaba lleno de tortuga. Hay que decir que estas tortugas también se llaman “tortugas de pico de loro”, por el pico, evidentemente, y por sus reconocidas malas pulgas. Así que, al verse despertada por los cucharonazos, la tortuga asomó la cabeza. Kamasutro, que estaba extasiado sacando notas, ni se coscó. Y la tortuga le propinó en aquel momento un bocao de tercer grado en el muslo, cortándole el rollo a Kamasutro de una forma radical. La tortuga escapó lentamente, y Kamasutro no pudo seguirla para vengarse, como era su intención, porque tenía el muslo hecho migas.

Kamasutro se enfadó tanto por lo del muslo que, como los niños pequeños, se sentó en el suelo, se cruzó de brazos, y se negó a hablar con nadie. Y así se tiró 40 años. Y así la gente le empezó a llamar maestro Kamasutro, y a venerarle como si fuera un santo, y a traerle ofrendas. Pero de santo y de místico nada, lo que era un rencoroso y un chinao.

¡Ay! ¡Quién sabe qué maravillas hubiera dado a la música si se hubiera movido!

martes, 22 de abril de 2008

Perfiles lamentables del jazz: Ternario de Rotemburgo

Aunque parezca increíble por su importancia histórica, son muchos los amantes del jazz que desconocen los logros alcanzados por el insigne Ternario de Rotemburgo.

Esta figura señera del proto-jazz nació por el Barroco o por ahí, hijo primogénito de una acomodada familia rotemburguesa, famosa por su gran voracidad comiendo magdalenas. Se dice que el nombre de Ternario le viene porque había un ternero entre sus antepasados, algunos sostienen que el mismísimo buey Apis, pero esto es otra historia. Y se apellidaba de Rotemburgo porque, como dicho queda, era de allí. Esto era común en aquella época, lo de bautizarse con el toponímico, como Amadís de Gaula o Rafael de Paula.

En fin, gilipolleces aparte, Ternario demostró aptitud para la música ya en su juventud. Y sucedió que un día, mientras practicaba un concierto barroco con su viola de gamba, se le cayó la partitura al suelo y, ¡catacroc!, un compás se le rompió en tres partes. Ni que decir tiene que Ternario se irritó bastante, porque en esa época los compases valían una pasta, no como ahora que te los descargas por Internet a puñaos. Intentó recomponerlo, pero no había manera. “¡Grrr!”- se dijo a si mismo Ternario de Rotemburgo – “tendré que dividir el compás en tres partes al tocarlo”. Y así lo hizo, y dijo: “Oye, este ritmillo no suena mal. ¡Vamos otra vez!”. ¡Sí, sí, acababa de inventar el ritmo ternario, y eso con una viola de gamba! De hecho, el ritmo ternario se llama así en honor a Ternario de Rotemburgo, no porque el compás se divida en tres partes, que eso, como habéis visto, fue una afortunada casualidad.

Así que Ternario, ni corto ni perezoso, se dedicó a ir a casa de todos sus amigos a enseñarles el ritmo ternario. Les quitaba las partituras y las tiraba al suelo, ¡catacroc!, y los compases se rompían en tres partes. Los amigos intentaban asesinarle, pero Ternario se ponía a tocar aquel ritmillo, y entonces todos se daban cuenta de que era un gran invento.

Ternario y su ritmo se hicieron tan famosos que el Burgomaestre de Rotemburgo quiso conocerle. Y llegó el infausto día en que Ternario hizo una demostración de su ritmo al Burgomaestre. Cogió una partitura, la arrojó al suelo con maestría para partirla en tres trozos pero, ¡oh, desgracia! sucedió que, al romperse, saltó una semicorchea que golpeó al Burgomaestre en todo el ojo, dejándoselo azul-morado, por lo que se convirtió inmediatamente en una “blue note”. ¡Qué situación! Y la desgracia se abatió sobre nuestro héroe.

El Burgomaestre, que tenía muy mal café, cogió y alistó a Ternario en una banda militar de infantería como cornamuseta, y le mandó a la guerra de los 30 años. En esta época, como veis, se sabía lo que iban a durar las guerras, como si fueran partidos de fútbol.

Como tocar la cornamusa en una banda militar 30 años era un coñazo, Ternario desertó a la primera oportunidad, embarcándose de polizón en un buque que iba a las Indias Orientales, donde se instaló y siguió quebrantando compases hasta la avanzada edad de 213 años, ya que llevó siempre una vida muy sana, comía una manzana al día, y sólo tomaba whisky de garrafa de 8 a 12 de la mañana.

Por desgracia, los compases quebrantados de Ternario se perdieron para la posteridad, robados por el famoso loro pirata Bo-Ka-Zong, que los uso para calzar la pata de la mesa, que estaba coja. Y es por eso que hemos tenido que esperar tanto para recuperar ese ritmillo.

Otro día os contaré el origen del ritmo binario, que fue descubierto por Lord Binary Jander Carruthers (pronúnciese Karruters), chambelán de la corte de Trifique VIII. ¡O a lo mejor no!

miércoles, 16 de abril de 2008

Perfiles lamentables del jazz: The Gregorian Swing Brothers

De nuevo, queridos amigos, en nuestro discurrir por esos perfiles lamentables y olvidados del jazz, nos encontramos con unos pioneros incomprendidos.

Pues esto sería por la Edad Medía, el año 600 ó 700, igual el 800, por ahí, no tiene demasiada importancia porque en la Edad Media pasaba mucho tiempo que no ocurría nada interesante. Ya sabéis que, por aquel entonces, había monasterios a tutiplén, como ahora tiendas de chinos, o más. Y fue precisamente en el monasterio benburcense de San Gurrio el de la Boina donde encontramos nuestros héroes de hoy: los Gregorian Swing Brothers.

Pues, como es bien conocido, en los monasterios, los monjes se pasaban el día dando el cante gregoriano. El gregoriano está bien, pero resulta, la verdad, un poco monótono, sobre todo cuando estás dale que te pego 6 horas al día los 365 días del año, que era el caso de los monjes benburcenses.

Así que tres de estos monjes, de espíritu creativo, decidieron intentar reformar el gregoriano y darle un poquito de dinamismo. Así que los tres, el Abate Cuate, el Abate Cucufate y el Abate Contomate, se fueron a la biblioteca del convento, a estudiar libros prohibidos de música (que hay que ser lila para tener los libros prohibidos en la biblioteca, que los puede mirar cualquiera). Y dieron con la famosa quinta bemol de Quinto Bemolio, prohibida desde tiempo inmemorial. Y en el “Necromusicón” encontraron ¡la Tercera Menor!, la nota demoníaca por excelencia. Y con estos mimbres empezaron a hacer experimentos musicales: “¡OoooOoooO!”, “¡AaaaAaaaA!”, y se dieron a sí mismos el fastuoso nombre de Gregorian Swing Brothers, porque pretendían hacer gregoriano con swing. Pero esto no era suficiente, lo que necesitaban era componer un tema donde realmente pudieran dar rienda suelta a su nuevo y swingueante gregoriano.

Como casi siempre, la inspiración llegó por casualidad. Durante la romería de San Gurrio, se sacaban las imágenes de los santos a pasear en un carromato. Resultó que ese año, al no haber todavía ITV, el carromato perdió los frenos y se deslizó a toda velocidad por la cuesta hacia el pueblo, provocando el pánico en sus habitantes. Este hilarante suceso les dio al Abate Cuate, al Abate Cucufate y al Abate Contomate la idea para componer su obra maestra: “Quandum Sanctus Cagandum Letxes Van”. Como ya habréis adivinado, este es el tema que inspiró, muchos años después, a la sabiduría popular de Nueva Orleáns el famoso “When the Saints go marchin`in”. ¿Qué cosas, eh? ¡Si es que el mundo es un pañuelo!

Pero bueno, a lo que íbamos. Resulta que ese año, el 700, 800, ya os digo, al Papa Churrencio IV le dio por visitar el monasterio de San Gurrio el de la Boina. Así que los Gregorian Swing Brothers decidieron recibir al Papa con un gregoriano al nuevo estilo, para homenajearle y darse a conocer al mismo tiempo. Así que, cuando Churrencio IV entró con paso solemne en el monasterio, desde el coro los Gregorian Swing Brothers se arrancaron con el “Quandum Sanctus Cagandum Letxes Van”. Y sucedió que el Papa se quedó por un instante paralizado, y luego dijo. “¡Yeah!” (aunque lo dijo en latín), y se puso a bailar como un loco, echando las patas por alto y todo. La curia, al ver al Papa de esta guisa, creyó que estaba endemoniado, y se lanzaron todos sobre él a aplicarle una sana ración de puñetazos, que es bien sabido que es lo mejor en posesiones diabólicas.

¡Qué escándalo más grande se montó! Al Papa le cascaron un despido procedente, y tuvo que empezar otra vez su carrera desde monaguillo. Y el Gran Inquisidor, que era por aquel entonces un loro llamado Fray Bocazas, condenó a los Gregorian Swing Brothers al destierro, así que los metió en un barco y tira millas. Esto no estaba exento de mala leche, porque entonces creían que la Tierra era plana, así que Fray Bocazas esperaba que cuando llegaran al final de ese lado, se cayeran por el borde y se escoñasen.

Craso error por su parte, ya que, tras un crucero bastante largo, los tres abates llegaron a la República Dominicana (que entonces no era ni República ni Dominicana, y se llamaba “Eso de ahí”), colgaron los hábitos, porque hacía mucho calor, y se pegaron una vida de tigres.

Y esto fue lo que pasó, más o menos.

jueves, 10 de abril de 2008

Perfiles lamentables del jazz: Quinto Bemolio

Muchos de vosotros, estimados seguidores de esta galería de lamentables del jazz, no sabréis lo que es una quinta bemol. La verdad es que yo tampoco lo sé, pero os lo voy a explicar de todas formas, porque todo tiene su explicación.

Sucede que durante el Imperio Romano, por el año 3 D.C. o cosa así, vivió en la mismísima Roma de los Césares un individuo llamado Cayo Quinto Bemolio, que se ganaba la vida como limpiabotas. Como los romanos llevaban sandalias, las cosas no le iban muy bien. Esto nos ejemplifica como los romanos, aunque dominaron el mundo, eran un poco idiotas, porque ir con sandalias en invierno, tú me dirás. Pero bueno, en el siglo XXI también tenemos subnormales que van en manga corta con cero grados, o con gafas de sol dentro de la discoteca…¡perdón, perdón, ya vuelvo!

Pues eso, como la cosa de limpiabotas no iba bien, Quinto Bemolio decidió dedicarse a otra cosa, así que se hizo lirio, esto es, que tocaba la lira en una banda. Pero resulta que la música que hacían no llenaba el espíritu de Quinto, que se dijo a si mismo: “tengo que encontrar una nota tan desgarradora que encierre al mismo tiempo toda la belleza y la desesperación del alma humana”.

Y a ello se puso. Y, tras mucho ensayar y ensayar, un día, por casualidad, Quinto Bemolio produjo una nota tan desgarradora que encerraba al mismo tiempo toda la belleza y la desesperación del alma humana. Y, acunando tiernamente en sus orejas la nota recién nacida, decidió darle el nombre de “quinta bemol”, en honor a su inventor, que era él. Si hubiera sido yo, pues se hubiera llamado “troglia jónica” o así, y…vale, ya sigo.

Pues Quinto se puso a tocar sus desgarradoras quintas bemoles por toda la ciudad, hasta un día que quiso la diosa Fortuna que se cruzara en su camino el cuatriclinium del emperador Trilígula, que pasaba por allí. Aprovecho para aclarar que un cuatriclinium es un triclinium 4X4 que sólo tenía la gente de pasta.

Así que Quinto Bemolio tocó con su lira una quinta bemol especialmente descomunal.

- ¡Carallum, qué nota más desgarradora! – dijo el emperador Trilígula. Y, efectivamente, debido a la vibración sónica tan espeluznante, los carísimos cortinajes del cuatriclinium se desgarraron, ¡raaaas!, de arriba abajo.

Tríligula era un buen tipo en el fondo, pero no estaba muy bien de la azotea. Entre otras cosas, había nombrado senador a un loro sibilino llamado Bocazas Máximus. Este loro siempre estaba en el hombro del emperador, susurrándole maldades al oído. Así que, probablemente influenciado por el malvado bicho, y también porque los cortinajes valían una pasta, que todo hay que decirlo, Tríligula se bajó del cuatriclinium y le sacudió a Quinto Bemolio un par de puñetazos que se tuvo que quedar con ellos, porque el otro era el emperador y eso. De resultas del incidente, los ojos de Quinto Bemolio adquirieron un saludable color azul-morado. Y este es el motivo por el cuál a la quinta bemol se le llama también “blue note”. ¡Fíjate!

Y ya que estaba en vena, el emperador Tríligula hizo un decreto-ley que prohibía que a nadie se le ocurriese tocar una quinta bemol al menos en los próximos 1.800 ó 1.900 años. Y este es el motivo de que el jazz apareciera cuando apareció, que si no hubiera sido por el decreto-ley, habría desde hace mucho más tiempo. Pero hubo otros rebeldes precursores, de los que hablaremos en otra ocasión.

¿Veis? Si todo tiene una explicación lógica cuando uno se la inventa. Esto sí que es jazz “latino”, je, je.

viernes, 14 de marzo de 2008

Perfiles lamentables del jazz: Estalin de los Dolores

En nuestro viaje por esos perfiles lamentables de nuestra amada música, nos detenemos de nuevo en un músico de origen latino. En 1965, en el municipio dominicano de Cocoricoa, nació un niño extraordinariamente feo, al que su padre, comunista convencido y amante de la copla, puso el nombre de Estalin de los Dolores.

Estalin de los Dolores demostró su temperamento musical muy pronto, y se aficionó a los instrumentos de percusión tan caros a los músicos latinos, eligiendo la conga como instrumento de cabecera. Pero pronto empezaron sus problemas, ya que Estalin era débil de miembros, amén de más vago que la hostia. Así, cuando se ponía a tocar la conga, a los dos minutos estaba agotado de tanto mover los brazos, hasta el punto de que perdía el control de los mismos y acababa dándose de bofetadas. Ante la hilaridad que provocaba esta situación en el respetable, Estalin de los Dolores se juró a si mismo encontrar una solución.

La inspiración le llegó a nuestro protagonista de la frase “si la montaña no va a Mahoma…”. ¿Por qué tenía que mover los brazos para tocar la conga, que era tan cansado? Era mucho más fácil y cómodo dejar los brazos quietos y que fuera la conga la que se moviera. Así que diseño un sistema de cuerdas, poleas y muelles con un motor diesel, que aplicó a la conga, de forma que esta pudiera ser movida en distintas direcciones y con diferentes grados de fuerza. Y después diseñó un software inteligente, a través del cuál Estalin introducía la partitura de la pieza que quería tocar. Entonces, el software daba órdenes a la maquinaria que controlaba la conga, que era movida arriba y abajo, con el ángulo y fuerza necesarios, hacia las manos de Estalin, quien las mantenía cómodamente extendidas ante si. Así que podía estar tocando la conga durante horas. Cierto que era un poco incómodo salir al escenario con una conga que llevaba adosada media tonelada de maquinaria y un ordenador, pero era un inconveniente necesario.

El fin de su carrera llegó cuando Estalin de los Dolores, que era muy descuidado, se descargó en su ordenador fotos porno de una página sin certificación ISO. Esto introdujo en sus sistemas el terrible virus “Puto Bocazas”. Y aquello dio como resultado que, en su siguiente actuación, al introducir en el ordenador la partitura de “Almendra”, la conga se lanzara a funcionar a tal velocidad que comenzó a salir humo de las manos de Estalin de los Dolores. Este retiró entonces las manos y la conga, al no encontrar resistencia, siguió su camino ascendente, despegando del suelo y arrastrando con ella a Estalin de los Dolores. Aterrizó de forma violentísima varias horas después en un barrizal cercano a la frontera haitiana, cuando se le acabó el combustible al motor. Estalin de los Dolores salvó la vida, pero nunca pudo superar el ridículo que había hecho, y acabó dejando la música y haciéndose consultor. ¡Qué triste final!

miércoles, 12 de marzo de 2008

Perfiles lamentables del jazz: Carmelitos Belahundé

En nuestro recorrido por perfiles lamentables y olvidados del jazz nos fijamos hoy en la figura del pianista Carmelitos Belahundé. Carmelitos nació en Piedras del Río, Cuba, de padre desconocido y madre también desconocida, es decir, que apareció a la orilla de un río sin saberse cómo. Ni corto ni perezoso, a pesar de su tierna edad de diez minutos, se dirigió a la cercana hacienda de los marqueses de Chupamarca, que le contrataron como recolector de mangos en prácticas, y le dieron el nombre de Carmelitos Descalzos Belahundé, por ser el santo del día.

Como a los marqueses no les gustaban los mangos, Carmelitos tenía mucho tiempo libre, que dedicaba a practicar con el piano de la casa. Y un día Carmelitos sufrió el accidente que le traumatizaría para el resto de su vida y supondría el despegue de su carrera. Mientras tocaba el piano, un malintencionado loro que tenían los marqueses, llamado Puto Bocazas, empujó la tapa del mismo, que cayó sobre los tiernos dedos de Carmelitos. Este dio un alarido descomunal e intentó asesinar al loro, que le había hecho mobbing desde el primer día. Pero sucedió que el loro era un enchufado así que, encima, a Carmelitos le pusieron en la calle. Este hecho provocó que Carmelitos desarrollará una fobia extrema a las teclas del piano, que ya no pudo volver siquiera a rozar sin volverse loco de ansiedad en toda su vida.

Aunque a primera vista parece un inconveniente grande para un pianista no tocar las teclas, Carmelitos no se arredró. Se fue a la capital, compró un piano a plazos, y se dedicó como loco a practicar con los pedales. “Ya que no puedo tocar las teclas” se dijo Carmelitos, “seré el mayor virtuoso del mundo tocando los pedales”. Y allí que se pasaba, horas y horas, ¡tap! ¡tap! ¡tap! dándole a los pedales del piano. Además, el piano le servía de vivienda, ya que por las noches se metía dentro.

Quiso la fortuna que Carmelitos conociera un empresario de variedades que no estaba muy bien de la cabeza, lo que le permitió debutar en el Teatro de Títeres de Canelagüay. Carmelitos asombró al respetable con su virtuosismo pedaleador. Los “¡oh!” y “¡ah!” se escuchaban por todo el teatro, porque ningún músico había conseguido nunca lo que Carmelitos: tocar el piano sin acercarse a las teclas.

Tras este gran triunfo, la carrera de Carmelitos fue fulgurante. Pero el éxito agrió su carácter apacible. Sucedía que Carmelitos necesitaba para sus actuaciones tener perfectamente afinadas las suelas de los zapatos. Así que contrataba afinadores de suelas de zapatos, pero era terriblemente exigente. El afinador le afinaba las suelas, Carmelitos las probaba, ¡tap! ¡tap! ¡tap!, pero nunca estaba contento, y entonces daba de puntapiés al afinador. Un mal día, Carmelitos tomó a su servicio a un afinador de suelas llamado Giorgione Capprone, que era conocido en su pueblo natal de Salchichone dei Fiori como “Il Tonttilocco”. Este, harto de los abusos de Carmelitos, le envenenó las suelas de los zapatos con crema Nivea. Cuando Carmelitos salió a escena, su ímpetu al entrar, la crema Nivea y las bruñidas tablas del escenario del Teatro 37 de Octubre de La Habana, precipitaron la catástrofe: Carmelitos pegó un fenomenal resbalón, dio tres vueltas de campana en el aire y cayó verticalmente de cabeza sobre el foso de la orquesta, yendo a aterrizar sobre la tapa de una alcantarilla, lo que le provocó la muerte, además de una fuerte jaqueca. Y aquí acabó su prometedora carrera.

Para que te fíes de la crema Nivea.

jueves, 6 de marzo de 2008

Perfiles lamentables del jazz: Merllyton Flurrifingers

Hoy inauguramos nuestra sección de perfiles lamentables del jazz recordando la figura del lamentable trompetista Merllyton Flurrifingers. Nacido en el Pozo del Huevo, Ohio, en 1920, desde muy pequeño mostró una total falta de talento para la música y todo lo demás. Pero Merllyton nunca se dejó arredrar por esta carencia, y no fue la única limitación que tuvo que superar en su vida.

Merllyton escogió la trompeta como instrumento, y esto pese a encontrarse con un grave inconveniente: su falta de capacidad pulmonar, que le hacía incapaz de apagar una cerilla a más de tres centímetros de distancia. Una serie de radiografías y pruebas practicadas demostraron que Flurrifingers tenía los pulmones del tamaño de los de una lombriz de tierra.

Pero nuestro hombre no se rindió, y solucionó este importante problema de forma genial, inventando lo que desde entonces se conoce como el dispositivo Flurrifingers. Conectó un fuelle de chimenea a una goma, y conectó el otro extremo de la goma a la embocadura de la trompeta. Esto le permitía, presionando el fuelle con el pie, conseguir la potencia necesaria para hacer sonar el instrumento. Este primer dispositivo experimental tenía el inconveniente de que la gente se daba cuenta de que no era él quien tocaba, sino el fuelle, que se llevaba toda la gloria y ligaba como un loco. Así que Merllyton mejoró su dispositivo, de forma que conectaba la goma al fuelle, y se introducía la misma por el ano hasta que le salía por la boca. Entonces conectaba este extremo a la embocadura y, al pisar disimuladamente el fuelle con el pie, producía el efecto de que el que tocaba era el mismo Merllyton. Esto tenía el ligero inconveniente de que no podía quitarse la trompeta de la boca en ningún momento, pero era un precio pequeño a pagar por el triunfo.

Sí, parecía que con su invento, Merllyton Flurrifingers tenía la gloria asegurada pero, como suelen decir, poco dura la alegría en casa del pobre. Resulta que Merllyton, que era un hombre muy ordenado, guardaba siempre el pijama, a toda presión, dentro de la trompeta. De esta manera no le estorbaba durante el día. Pero un mal día, se olvidó de sacarlo de la trompeta antes de la actuación, y sobrevino la catástrofe. Al apretar el fuelle, la trompeta no emitió ningún sonido, ya que el pijama arrebujado impedía la salida del aire. Merllyton se puso nervioso y apretó el fuelle con más fuerza, pero nada sucedía. Desesperado, empezó a apretar el fuelle a toda velocidad y con toda su alma, hasta que la trompeta, por la enorme presión ejercida por el aire retenido, reventó en una tremenda explosión, desintegrando a Mellyton Flurrifingers y a su adorado loro, Puto Bocazas, que estaba sentado en primera fila.

¡Qué día tan triste para el Pozo del Huevo!



PD: La imagen es un cuadro de Nikolai Rednichenko. Aprovechamos para mandar un saludo al sr. Erradizo, que ha salido de la cueva.