
Dentro de nuestra galería de lamentables del jazz, es un honor presentar a Hipopótamo Wilkinson. ¿Qué de dónde sacó su curioso apodo? Pues veréis, le llamaban Wilkinson porque siempre iba muy bien afeitado. No, lo de Hipopótamo no era un apodo, es que era un hipopótamo: hocico protuberante, boca enorme, orejitas pequeñas y móviles, y cuatro toneladas de cuerpo serrano.
De hecho, es extraño que no haya habido más hipopótamos dedicados al jazz, ya que esa descomunal capacidad pulmonar que tienen y que les permite pasar un buen rato debajo del agua les da un tremendo potencial para los instrumentos de viento. Nuestro Wilkinson, enamorado del saxofón, se matriculó en cuanto tuvo oportunidad en la escuela de música de Joe Flatulent, que le aceptó porque era bastante corto de vista.
Hipopótamo Wilkinson tuvo que pulir bastante su potencial, ya que durante su periodo de aprendizaje soplaba con tal fuerza que desintegraba el saxofón, lo que estuvo a punto de llevar a la ruina a Flatulent. Afortunadamente, un líder de big band avispado, Chorlito Branson, se percató de las posibilidades de Wilkinson y le dio una oportunidad en su banda.
Hipopótamo Wilkinson triunfó, y llevó a la banda de Chorlito a la cima. En cada concierto, todos esperaban expectantes el solo de Wilkinson. Éste se levantaba y soplaba con tal violencia, que el saxofón se retorcía y tomaba fantásticas formas. De un solo soplido, era capaz de convertir un retorcido saxofón barítono en un recto soprano, o a la viceversa. Su virtuosismo llegaba a tal punto que era capaz de convertir el saxofón en un ocho, en la marca del zorro, o en una réplica de
Pero llegó el día trágico para Hipopótamo Wilkinson, y del modo más inesperado. Durante una cena en su honor, nuestro héroe abrió su enorme bocaza para engullir doscientos kilos de ensalada, cuando se tragó por error un camarero. Todos los presentes empezaron a darle golpes en la espalda, intentando que lo expulsara pero, con ese corpachón, Wilkinson ni se enteraba. Quizá penséis que no era para tanto, que eso se podía haber disimulado un poco y tal, pero es que el incidente despertó los instintos de Wilkinson, y es que los hipopótamos son camarerívoros. Una vez que han probado un camarero, ya no pueden dejarlo. Así que Wilkinson se arrancó el smoking, y salió a la calle corriendo y bramando, o barritando, o lo que hagan los hipopótamos, dejando con los pelos de punta al resto de invitados. Nunca se le volvió a ver…o casi.
Porque aquí empezó la leyenda negra de Hipopótamo Wilkinson. En las noches de la ciudad se oían bramidos hipopotámicos, y los camareros empezaron a desaparecer. Ninguno estaba seguro. Fue una época terrible. Nadie se atrevía a ponerse un cubata, por si eso le daba la condición de camarero y le hacía entrar en el menú de Wilkinson.
Nunca pudieron capturarle y, aún hoy, la leyenda continúa. Cuando un camarero sale de su trabajo en una noche oscura, un escalofrio recorre su espalda, y mira hacia atrás, esperando no ver nunca los porcinos y crueles ojillos de Hipopótamo Wilkinson. ¿Qué no me creeis? Bueno, bueno, allá vosotros.









