Que digo yo que qué vagas son las hojas. No hacen más que ponerse ahí, en blanco, y, hala, uno tiene que llenarlas de cosas, de letras. Y no te ayudan nada, las jodías. Se quedan ahí, esperando, diciendo, a ver, pringao, a ver qué se te ocurre. Y si no se te ocurre nada, te miran raro, encima, como que se cachondean. O te crees que se te ha ocurrido algo interesante, y cuando lo pones sobre la hoja, no sé qué hace la hoja, lo modifica o algo, pero escrito te parece una idiotez, y dices, soy subnormal. Y antes te vengabas arrugando la hoja, todo iracundo, y la hacías una pelota, y se la tirabas al loro. Pero ahora, con el ordenador, ni eso te queda.
Pero ya paso de todo. Que se las apañe la hoja, hombre, que ya estoy harto de currar sólo yo. ¿No es tan lista? Pues, hala, aquí la dejo, en blanco, y a ver qué hace, y cuando acabe, que me llame para firmar, como a los directores de operaciones. Ya que es tan fácil inventar, hala, hala. Que aquí mucho sabemos criticar, pues a ver qué sabemos hacer.
Y esto se lo dedico a Mario Benedetti, que se fastidie, en venganza por escribir él tan bien y yo tan mal.
