Pues veréis. En 1960 yo vivía en Los Ángeles. Los Ángeles, California, no la Ciudad de Los Ángeles, Villaverde. Tenía yo por aquel entonces 30 ó 40 años, no me acuerdo muy bien. Es posible que penséis que si tenía 30 ó 40 años en 1960, ahora debo estar bastante caduco, pero tenéis que tener en cuenta que, como no he madurado nada desde entonces, sigo teniendo más o menos la misma edad. Ventajas de ser un inmaduro. Bueno, por esta época yo tenía un despacho como esos que salen en las películas de detectives, de esas de Alan Ladd, donde sólo tienes que poner las patas encima de la mesa, mirar por la ventana, chupar whisky desde por la mañana, y antes de que te des cuenta empiezan a entrar tías buenas por la puerta. Lo cierto es que las tías buenas abundaban menos de lo que yo creía, pero así y todo era un curro estupendo, no como el vuestro. Huy, perdón. Aquella noche de 1960 me estiré en la silla del despacho, bostecé, y decidí acercarme a tomar algo a un club de jazz. Lo bueno que tenía Los Ángeles en aquella época era que tenía mucha marcha, estaban el Lighthouse, el Regency, el Zebra. Aquel día decidí pasarme por el Zebra. No sabía yo que aquello iba a sellar mi destino. Me puse la gabardina (la gente solía mirarme como a un tarado por llevar gabardina en Los Ángeles, pero cualquier día puede llover, ¿o no?) y el sombrerazo, y me piré. Cuando llegué allí, ¿a qué no sabéis a quién me encontré? Sí, al famoso Gordo de Minnesotta, que me propuso una partidita de billar. Como soy un poco idiota y he visto pocas películas, acepté. Ni que decir tiene que el Gordo me dio las del pulpo. - Bueno, Gordo, pues nada – le dije yo -. Oye, ¿y qué nos jugábamos? El Gordo soltó en aquel momento una carcajada demente, que me dio muy mala espina, y dijo: - Pues mira, por haber palmado, ahora tienes que hacerte cargo de mi loro, Puto Bocazas. ¡Que seáis muy felices! ¡Rayos! Ya había oído yo de aquel loro de pésima reputación, que llevaba al Gordo por la calle de la amargura. ¡Y ahora me lo había encasquetado! Sentí un aleteo y, cuando miré hacia la izquierda, ya tenía al loro en el hombro, mirándome con cara de guasa. Y así fue como llegó Puto Bocazas a mi vida. Y como sigo siendo un manta jugando al billar, nunca he podido librarme de él desde entonces. En fin, ya no tenía remedio. Así que me senté con el loro en una de las mesas de la primera fila, porque estaba a puntito de empezar la actuación de Elmo Hope. Quizá no sepáis que Elmo, que por cierto tocaba el piano, se llamaba realmente Eleuterio, pero se lo cambió para sonar menos rural. Y quizá tampoco sepáis que Elmo era amigo de Bud Powell desde niños, y sus ideas se parecen. La verdad que a Eleuterio, perdón, a Elmo, no le gustaba mucho Los Ángeles, y renegaba de todos los músicos de por aquí. Tuvo que mudarse, porque sus problemas con las drogas le hicieron perder la “cabaret card” en Nueva York. Esto quiere decir que, cuando tú te drogabas, para ayudarte y tal, el estado te retiraba el permiso de trabajar en cualquier garito. Esto está comprobado que obraba maravillas en la rehabilitación de la peña. Elmo además tenía otro problema, y es que no le gustaban las actuaciones en público, prefería quedarse componiendo en casita. ¡Nos ha jodido!, pero cuando se dio cuenta de que tenía que comer, no le quedó otra. Observé que, sentado a mi lado, el loro ya estaba consumiendo un descomunal cubalitro a toda velocidad. Que tendría que pagar yo, evidentemente. En mi mente resonó la risa del malvado Gordo de Minnesotta, y me pedí otro cubalitro talla oso, para olvidar mis penas. Bueno, pero Elmo iba a empezar con la cosa. Uno del público le gritó: -¡Elmo, toca “Hot sauce”! -¡No me sale de los cojones! – replicó el afable Elmo. Le guiñó un ojo al loro, que parecía conocer a toda la concurrencia, y atacó un temita suyo, “When the groove is low”. Y le acompañaban Paul Chambers al bajo y Philly Joe Jones a la batería, casi nadie. Tenía que aprovechar, así que me quité un zapato y lo puse a grabar. Y así ha llegado hasta vosotros, sin adulterar, lo que Elmo tocó aquella infausta noche. ¡Oh, y qué bien me lo pasé, a pesar de todo!
Cuando Puto Bocazas y yo salimos del garito, llovía. A joderse los listillos. Yo me calé el sombrero. Él se subió las plumas del cuello. Al año siguiente, Elmo regresó a Nueva York, que era su sitio. Muchos problemas de salud, que nunca la tuvo buena. Más drogas, y algo de cárcel para que no se aburriera. Finalmente, siete años después, un ataque al corazón y se nos acabó Elmo Hope. Tenía 43 años. El loro y yo le echamos de menos.