martes, 7 de agosto de 2012
Cuentos de los mandarines: los puntos de vista
sábado, 7 de abril de 2012
Cuentos de los mandarines: los perdones del Emperador

- Saludos y reverencias, Maestro. Veo que estáis sumido en graves reflexiones.
- Así era, Par Di Yo, hasta que tú me has interrumpido, Bo-Ta Ra-Te. ¿Qué nuevas me traes, tiburón borracho?
- Maestro, debéis saber que el Emperador ha concedido amnistía para aquellos que no han pagado los tributos en los últimos años. Si declaran ahora el dinero B, sólo con pagar el 10% quedarán limpios de pecado. Supongo que estaréis contento, Maestro.
- Par Di Yo, asno poseedor de las Diez Mil Ton-tu-nas, ¿acaso me has visto cara de Cho-Ri-Zo, cardo del desierto?
- Er…¿Tengo que responder, Maestro?
- Par Di Yo, debería mandarte a contar granos de arena al Gobi, pero el opio endulza mi ya de por sí apacible carácter. Además, he de reconocer que mi natural prudencia ha hecho que haya tratado de poner ciertos caudales a salvo de la excesiva codicia del Emperador. Con ninguna intención de defraudar, por supuesto, sino para asegurar próximas inversiones que fomenten el bienestar del país y sus súbditos.
- Claro, Maestro, claro. ¿Cómo el nuevo sombrero de jade y lapislázuli que os habéis comprado?
- Efectivamente, Par Di Yo, bellota achinada. Porque cada gorro de mandarín que me compro aumenta el producto interior bru-to. Pero ahora, escucha, borrego de la sublime puerta. Aunque agradezco el gesto del Emperador hacia sus súbditos acaudalados, que ya era hora, temo que declinaré su generosa oferta de puesta al día fiscal.
- ¿Cómo es eso, Maestro? Con sólo un 10%, vuestro expediente fiscal estará limpio.
- Cierto, Par Di Yo. Pero hasta tu aletargada sesera comprenderá que la diferencia entre el 10% que me ofrece el emperador y el 0% que pago actualmente hace que la oferta me parezca poco práctica. Así que seguiré sin pagar nada, y luego ya veremos. Si me pillan, seguro que puedo acogerme a alguna otra amnistía, o sobornar a alguien en su defecto.
- Visto así, Maestro, tenéis razón. No pagar nada es mejor que pagar poco.
- Además, boniato disparatado, ¿quién, en su sano juicio, se acogería a esa amnistía? ¿No ves que sería como ponerse el cartel de Gran Cho-Ri-Zo? Si yo admito que he estado escaqueando Pas-Ta, sería como decirle al Emperador que, a partir de ahora, me vigile con tres ojos, porque no soy de fiar.
- Confieso mi asombro, Maestro. Veo que, a pesar de vuestra chinesca estirpe, no os dejáis engañar cual chino.
- Par Di Yo, el Emperador demuestra una extraña lógica al apelar a la buena voluntad de quien, evidentemente, no la tiene. Además, ¿por qué voy a pagar yo si hay un montón de Prin-Gaos que pagan porque no tienen medio de escaquear su Pas-Ta a la avarienta vista del Emperador? Y ahora retírate, atún amarillo, que se me está consumiendo la pipa de opio.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y así, Par Di Yo asistió con pasmo a otra lección maligna del mandarín Ku Ñao. Y los escribas lo recogieron en verso en los sagrados pergaminos:
Sale barato, chaval,
pero es más barato aún
si sale gratis total.
Ya pagará el personal
con eso del bien común.
¡Toma paraíso fiscal!
sábado, 11 de febrero de 2012
Cuentos de los mandarines: la justicia inversa
Caminaba por los jardines de su mandarinato el mandarín Ku Ñao, solazando su espíritu con el canto de las oropéndolas, cuando apareció entre los arbustos su leal discípulo, el siempre reverente Par Di Yo:- Saludos, Maestro, y que los dioses derramen sus bendiciones sobre vuestra mandarinez. Suerte que os encuentro, pues ya suponía que estabais vague…, digo, reflexionando profundamente sobre graves cuestiones. Me temo, Maestro, que tenemos un problema laboral.
- Par Di Yo, un día la impertinencia de tu atolondrada lengua te va a costar cara, ¡grrr! ¿Qué problema es ese, oriental Ce-Po-Rro?
- Maestro, parece que tenemos un problema de equidad interna. Algunos de los trabajadores del mandarinato tienen unas condiciones mejores que las de otros que realizan un trabajo similar, y estos últimos se quejan y apelan a vuestra infinita justicia.
- ¡Ah, la equidad y la justicia! ¡Los valores que equilibran la balanza de la vida! Tranquiliza a los Ku-Rri-Tos, Par Di Yo, que se hará justicia.
- ¡Sorprendido me hallo, Maestro! ¿Mejoraréis entonces las condiciones a los menos favorecidos?
- ¡Por supuesto que no, rufián comunista! Lo que haré será empeorar las condiciones de los más favorecidos, y todos contentos. Sobre todo yo, je, je, je.
- Maestro, mil perdones, pero esa justicia no acabo de verla muy clara.
- Par Di Yo, cenutrio de todas las Asias, ¿lo que demandan no es equidad e igualdad? Pues eso es lo que les doy, ya que hay dos formas de conseguir la igualdad: subiendo al de abajo o bajando al de arriba. ¿No es ésta una forma de acabar con las envidias? Ya no tienen que preocuparse de la inequidad, pues ahora el otro está igual de Jo-Di-Do que tú.
- Confieso, Maestro, que no había pensado en vuestro concepto de igualdad por debajo.
- Te falta imaginación maquiavélica, Par Di Yo. Si esto te sorprende, es que no te has leído la última reforma laboral del Emperador.
- ¡Prodigio de sabiduría, Maestro! El Emperador consigue convertir las paradojas en dogmas, lo absurdo en axioma. ¡Abaratar el despido fomenta la contratación! Entiendo pues, Maestro, que abaratar el divorcio debe fomentar el amor.
- Sin duda, Par Di Yo, al igual que abaratar las defunciones fomenta los nacimientos, porque la gente no tiene hijos pensando en lo caro que sale morirse. Así que ve a darles la buena nueva a los trabajadores, dragón escamoso, y recuérdales que ahora les puedo despedir objetivamente.
- ¿Y antes no, Maestro?
- No, Par Di Yo, antes sólo les podía despedir porque sí. Además ahora, como me sale tan barato, contrataré a mucha gente sólo para darme el gustazo de despedirles. ¡Vamos, vamos, circula, boniato de las nubes, que es mi hora de la siesta!
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y así fue como Par Di Yo aprendió que las cosas siempre se pueden ver desde dos perspectivas, y que los mandarines siempre las ven desde la que les conviene. Y así recogieron los escribas esta sabiduría para que perdurara a través de los siglos:
No veo de justicia, amigo,
que tú estés bien y yo mal.
Más para arreglar mal tal
no me hacen indefinido,
te hacen a ti temporal.
jueves, 5 de enero de 2012
Cuentos de los mandarines: la solidaridad de los ricos
Comenzaba el año de la cabra montesa, y el esclarecido mandarín Ku-Ñao, honra de su estirpe, meditaba sabiamente con la ayuda de una botella de O-Ru-Jo. Pero sus meditaciones quedaron interrumpidas cuando hizo acto de presencia en su soberbio despacho su discípulo, el poco sagaz Par-Di-Yo.- Saludos, Maestro. Os deseo las mejores albricias para este nuevo año. Y, si se lo permitís a este ignorante patán, quería someter a vuestra consideración un hecho que me tiene sorprendido.
- Par-Di-Yo, choto de la estepa, ya te he dicho que cavilas demasiado. Pensar no es bueno para tu calenturienta cabeza. Un día se te puede ocurrir alguna idea. ¿Qué hecho es ese?
- Maestro, en estos tiempos de maligna crisis, resulta que hay algunos ricos que han asegurado que desean pagar más impuestos, para contribuir a la recuperación de todos. Confieso que esto me deja confuso.
- ¡Je, je, je! No es extraña tu confusión, Par-Di-Yo, grulla anestesiada. Desconfía siempre de la solidaridad de un rico. Porque, si fuera solidario, no sería rico, ¿no crees?
- Maestro, veo que el O-Ru-Jo presta una mayor agilidad a vuestra de por sí elocuente lengua. Ardo en deseos de saber.
- Escucha pues, lechuga de las cumbres, que como estoy algo Trom-Pa te contaré el secreto de la solidaridad de los ricos. Verás, el asunto tiene varias explicaciones. La primera es que en todas partes hay personas bienintencionadas, incluso entre los ricos y los obispos. Son los que no se merecen ser ricos. Pero son pocos, un porcentaje no significativo.
- ¿Cuál es la segunda explicación, Maestro?
- La segunda explicación, averroncho oriental, y la buena, es el Mar-Ke-Ting. Como la cosa está cruda y la gente lo pasa muy mal, los que somos ricos tenemos que hacernos un lavado de nuestra amarillenta Je-Ta. Así que lanzamos esa propuesta de pagar más para quedar bien.
- Pero tendrán que pagar más, Maestro, y los ricos como vuestra mandarinez son tremendamente taca…estooo, prudentes en sus inversiones.
- ¡Cuidado, Par-Di-Yo, víbora de las nieves! ¡Grrr! Atiende, caracol del opio. Que nos suban los impuestos a los ricos no significa que vayamos a pagar más.
- ¡Gran paradoja, Maestro!
- Nada de paradoja, hongo con patas. No vamos a pagar más porque conocemos mil formas de evadirlos. Si ya no los pagamos ahora, ¿por qué los vamos a pagar cuando los suban?
- ¡Ka-Ram-Ba, Maestro!
- Además, Par-Di-Yo, esto tiene un toque maquiavélico francamente oriental. Si suben los impuestos a los ricos y la subida tiene en la realidad un bajo efecto recaudatorio, ya que pasaremos de pagarlos, eso justificará la teoría de que, en realidad, subir los impuestos a los ricos es el chocolate del loro, que no soluciona nada y que retrae la inversión, y que a los que hay que meter mano es a los Prin-Ga-Os de siempre. ¿Pi-Yas, Par-Di-Yo?
- ¡Pi-Yo, Maestro, Pi-Yo! Sublime estratagema.
- Y además, flor del bambú, esto serviría para tener controladas a las masas plebeyas, que últimamente están demasiado soliviantadas, ¡Di-Ta sea su chinesca estampa! Aunque tuviéramos que pagar un poquillo más, puede ser necesario abrir la espita para que la O-Lla suelte presión. Al fin y al cabo, Par-Di-Yo, mejor es pagar más sobre unos beneficios bestiales que dejar de tener beneficios porque la Pe-Ña se harte de verdad. Si, total, ya lo recuperaremos más adelante. ¿Te ha quedado claro, molusco de río?
- Cristalino, Maestro, habéis iluminado mi tenebrosa mente con vuestra sabiduría.
- Puedes retirarte entonces, Par-Di-Yo, mendrugo asiático. Y, por cierto, ¿qué les vas a pedir a los Re-Yes?
- ¿Yo? Que abdiquen, Maestro.
- ¡Grrr! ¡Simio irreverente! ¡Desaparece de mi imperial visión, que voy a hacer rollitos de primavera contigo!
Y Par-Di-Yo salió velozmente, esquivando los jarrones Ming que le arrojaba con violencia el ínclito y sabio mandarín. Y así aprendió una nueva maldad, que fue recogida cabalmente en los libros de los escribas de esta guisa:
No te fíes del solidario
que tiene lleno el armario
y repleto el calcetín,
que es seguro, dromedario,
que estás ante un mandarín
o estás ante Urdangarín.
domingo, 14 de agosto de 2011
Cuentos de los mandarines: los taimados rumores
En cierta ocasión en que el insigne mandarín Ku-Ñao se rascaba el interior de las orejas con sus largas uñas, le visitó en su despacho su inefable discípulo, Par Di Yo:
- Maestro – dijo Par Di Yo – disculpad mi osadía al interrumpir vuestras vitales actividades, pero os traigo las noticias mercantiles que me pedisteis.
- Trae acá, Par Di Yo, mosca aletargada, date prisa. ¿No ves cómo está de volátil la Bol-sa, merluzo oriental? Se ganan y se pierden mandarinatos en cuestión de horas, así que necesito información al segundo. ¡Um, ya veo! Ching más Xuan son cuatro, y me llevo Chou. Me cuadra, me cuadra. Veamos ahora las Bu-Rra-Das que dicen los informes de las agencias de calificación. ¡Je, je, perfecto, me veo comprándome otro yate!
- Maestro, me pregunto cuan sabias deben ser las agencias de calificación al ser capaces de separar el ying y el yang de los negocios.
- ¿Sabias dices, Par Di Yo? Así es, siempre que entendamos por sabiduría la capacidad de engañar a gorilas incautos como tú.
- ¿Cómo decís, Maestro? ¿No se basan los informes de esas agencias en millones de datos escrutados y analizados por algunos de los mejores cerebros de la tierra?
- Par Di Yo, eres más ingenuo que la abeja Ma-Ya. ¿Datos, bestezuela de río? El producto de las agencias de calificación no es otro que el rumor.
- ¿El rumor, Maestro?
- Exacto, ciervo con tres patas. Realmente, las agencias de calificación son una especie de reunión de Ma-Ru-Jas locas con nombres pomposos. Lo que hacen es propalar rumores que tienen el efecto de producir efectos beneficiosos para algunos avispados, como yo.
- ¡Vaya, Maestro! Pero aquellos contra los que va dirigido el rumor se defenderán.
- Par Di Yo, contra un rumor no hay defensa. Si no te defiendes, malo, y si te defiendes, peor. En ambos casos la gente asumirá que el rumor es cierto, por activa o por pasiva.
- ¡Cierto, Maestro, gran astucia! Pero, ¿cuál es el interés de las agencias en soltar esos rumores?
- ¡Jo, jo, jo! El interés es obvio, Par Di Yo, gamba obtusa: la Pas-Tá.
- No lo Pi-Yo, Maestro.
- Escucha bien, cenutrio con coleta. ¿Quién gana dinero especulando con bonos de compañías o con la deuda de países?
- Los mandarines financieros, Maestro.
- Exacto. Ahora dime el nombre de un mandarín financiero de los gordos.
- El Gu-Rú de O-Ma-Ha.
- ¡Bravo, Par Di Yo! El ejemplo viene al pelo de mis bigotes. Porque el Gu-Rú, que es uno de los grandes mandarines especuladores es, a su vez, accionista mayoritario de una de las más gordas de esas agencias. ¿Lo vas pillando, Par Di Yo? Y es sólo un ejemplo.
- ¡Glubs! Ya lo creo, Maestro. Huele a Cha-Mus-Qui-Na de la buena. Eso puede significar que gente como el Gu-Rú pueden influir en lo que la agencia va a decir. O que conoce por anticipado qué dirá, con lo cuál puede forrarse aún más.
- Así es, Par Di Yo. Eso sí, interesa que se crea que estas decisiones se basan en su gran sabiduría, en lugar de ser rumores intencionados.
- Pero, Maestro, algo me intriga con respecto a esa sabiduría. Si esas agencias ya metieron la Pa- Ta, o algo peor, cuando calificaron como Incienso Celestial lo que era Mierda De Dragón, ¿por qué no asumen ninguna responsabilidad ni pierden su crédito?
- ¿Asume responsabilidades la portera de tu casa cuando uno de sus rumores es falso, Par Di Yo, tarugo de bambú? Cuando esto ocurrió, se limitaron a decir que sus sesudos análisis eran tan sólo opiniones, por lo cual no se les podía pedir responsabilidad. Y aquí Zen, y después, gloria.
- ¿Opiniones, Maestro? ¿Cómo podría ser la opinión de cualquiera? ¿Daba lo mismo que lo hubiera dicho el loro? Entonces, ¿por qué les pagan si su opinión no es más fiable que la de nadie?
- De hecho, Par Di Yo, la opinión de un loro suele ser más fiable. Y no seas Ko-Ña-Zo, que ya te he dicho por qué les pagan: son un instrumento de rumorología al servicio de unos pocos listos, como yo, je, je. Ahora, desfila y traeme unos litros de licor de arroz fresquito, que el calor derrite mis mandarínicas meninges.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y así fue como Par Di Yo aprendió la realidad de la cosa. Y los escribas lo recogieron en los versos de rigor, ya se sabe:
Un rumor bien colocado
puede hacer un país crujir
y un pastizal conducir
a manos de espabilados.
Pues como dijo el anciano
y gran sabio Fu- Manchú:
si sale cara, yo gano,
si sale cruz, pierdes tú.
domingo, 14 de noviembre de 2010
Cuentos de los mandarines: los títulos de los mandarines
Dormitaba en su trono de jade el mandarín Ku Ñao, soñando con bellas concubinas y con enormes pipas de opio, cuando apareció ante su tremenda presencia su discípulo, el siempre disperso Par Di Yo:- ¡Ejem, ejem! Saludos y reverencias, Maestro. Ya veo que estáis descansando vuestros oblicuos ojos para tener después una más certera visión de los negocios.
- Pues así es, Par Di Yo, sapo del bambú, y me parece notar cierta oriental ironía en tus palabras.
- Nada más lejos de las intenciones de este leal discípulo, Maestro.
- Más te vale, zorro salteado. ¿Y por qué acudes a mi celestial presencia?
- Maestro, oso molestaros porque voy a enviar vuestro Ku-Rri-Ku-Lum para esa importante serie de conferencias que tenéis que dar, y quizá queráis revisarlo.
- Dame ese pergamino, Par Di Yo, mono nefasto. Un Ku-Rri-Ku-Lum es una de las herramientas más importantes que tiene un mandarín, y hay que asegurarse de que has sabido recoger mi divina esencia. Ajá, bien, parece que recoge con corrección mis títulos y honores: Hijo Predilecto del Celeste Imperio, Gran Tribuno de la Soja, Maestro de las Caligrafías Orientales, Portaestandarte de la Ceremonia del Té, Doctor en Mariposas de la Seda. Pon también que soy Asesor Aúlico del Consejo Imperial.
- Oigo y obedezco, Maestro. No sabía que fuerais Asesor Aúlico.
- Porque me lo acabo de inventar, caléndula de primavera.
- Maestro, he de reconocer que me abruman la cantidad de títulos, honores y experiencias que los mandarines suelen agregar en sus Ku-Rri-Ku-Lum.
- Por esto son mandarines, Par Di Yo. La nobleza y los títulos van aparejados a su condición.
- Sí, Maestro, pero hay algunos mandarines, y no hablo de vuestra mandarinez, por supuesto, je, je, que tienen muchos títulos, pero no saben hacer la o con un Ka-Nu-To. ¿No es esto contradictorio, Maestro?
- ¿Contradictorio dices, larva del arroz? Al contrario, Par Di Yo, es esta la esencia del mandarín. Lo importante en esta vida mandarínica es el título, no lo que uno sepa o no hacer. Eso no tiene importancia.
- Maestro, yo hubiera pensado que lo importante es lo que uno sabe hacer, no el título que posee. ¿No decían los sabios que “con títulos a ciento, se puede ser un jumento”?
- Por eso los sabios no son mandarines, Par Di Yo. Confunden los medios con los fines. Tú no obtienes un título para saber más, sino para tener un título. Teniendo el título, ya sabes.
- Pero Maestro, puedes tener el título y no saber.
- Imposible, Par Di Yo, rana rebuznante. Si tienes un título, es que sabes. Lo dice el título. ¿Qué más da que seas un Ce-Po-Rro en el fondo? Lo importante es la superficie.
- Asombrado quedo, Maestro.
- Tú ocúpate de obtener títulos lo más resonantes posibles, y todo lo demás se dará por supuesto. Y si no los tienes, te los inventas. Cuando eres mandarín, nadie va a ir a comprobar si es verdad, je, je. Y ahora retírate, Par Di Yo, que quiero continuar con mis meditaciones.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y así fue como Par Di Yo aprendió que vale más el cofre que lo que contiene, y fue recogido por los escribas para los próximos siglos:
Juzgad, cual la cotorra,
el libro por la tapa que lo forra,
que muchísimas testas tituladas
llevan en su interior sólo burradas.
domingo, 3 de octubre de 2010
Cuentos de los mandarines: lo pequeño es hermoso
El mandarin Ku Ñao, orgullo de Oriente, señor de la astucia, paseaba por los hermosos jardines de su mandarinato, acompañado por su discípulo Par Di Yo. Reflexionaba Ku Ñao sobre la brevedad de la existencia y la hermosura del oro, cuando su discípulo habló:- Maestro, disculpad que este siervo interrumpa vuestras meditaciones, pero hay veces que la filosofía mandarínica me parece contradictoria.
- Par Di Yo, boniato pekinés, ya te he dicho varias veces que la contradicción es la esencia del mandarín. ¿Qué atormenta ahora tu floja sesera?
- Veréis, Maestro, antes de trabajar con vuestra mandarinez, trabajé un tiempo para el mandarín Fal-Só.
- El mandarinato Fal-Só es insignificante cual pulga en un panda, Par Di Yo.
- Lo sé, Maestro. Pero el mandarín Fal-Só siempre tuvo en su cabeza el hacer crecer al mandarinato. Sin embargo, sus acciones creo yo que eran erróneas. Lo que hacía no hacía crecer a esa compañía, antes al contrario. He aquí una contradicción, Maestro. Las acciones de Fal-Só iban en contra de sus propios intereses. ¿Era el mandarín un incompetente, Maestro?
- ¡Je, je, je! – rió Ku Ñao mientras se atusaba sus largos bigotes – Eres un Can-Di-Do, Par Di Yo. Conociendo a Fal-Só, por supuesto que era un incompetente, a qué negarlo. Pero el ser incompetente no está reñido con ser mandarín.
- De hecho, más parece una condición para serlo, Maestro.
- ¿Cómo dices, alcachofa cejijunta?
- Nada, Maestro, nada.
- Escucha y aprende, Par Di Yo. Tienes que ver más allá de lo evidente para ser un mandarín. Yerras cuando dices que las acciones de Fal-Só iban en contra de sus propios intereses. Iban en contra de los que decía que eran sus intereses, que no es lo mismo. ¿Lo Pi-Yas?
- Confieso que no, Maestro.
- Atiende, grulla ignorante. Ya hemos definido que una de las características de Fal-Só es ser incompetente. Pero, ¿qué aprecian los mandarines por encima de todo, Par Di Yo?
- ¿La Pas-Tá, Maestro?
- No, mula retardada. El poder. Eso es lo más importante. ¿Crees realmente que Fal-Só quería un mandarinato grande, con gente competente, con grandes profesionales? Tenía que decir que quería una empresa grande, profesional, blablabla, porque es lo que queda bien, pero ¿qué pasaba cada vez que teníais que cubrir una vacante, Par Di Yo?
- Maestro, yo buscaba profesionales de experiencia y enjundia.
- Pero, casualmente, Fal-Só siempre les encontraba alguna pega, ¿cierto? Y acababa entrando alguien con poca experiencia y más bien Flo-Jó, ¿a que sí?
- Me dejáis de jade, Maestro. Así era. ¿Cómo lo sabéis?
- El poder, oruga de la miel, el poder. ¿No te das cuenta de que si la compañía crece y entran buenos profesionales, el mandarín tendría que ceder poder? ¿No te das cuenta además que, al lado de buenos profesionales, la incompetencia del mandarín quedaría en evidencia? Ni hablar, Par Di Yo, el mandarín tipo Fal-Só no quiere una empresa grande, lo que quiere es su Cor-Ti-Jo, donde es cabeza de ratón y puede controlarlo todo, nadie le tose y hace lo que le da la gana. Incluso, si se le cuela alguien competente y profesional, hará todo lo posible para cargárselo.
- Así era, Maestro. Pero sigo creyendo que actuaba contra sus intereses. Una empresa mayor hubiera dado más dinero.
- ¡Bu-Rra-Das, Par Di Yo! El poder importa más que el oro, ya te lo dije. El mandarín irá contra los intereses de su propia empresa con tal de no cederlo. Y a más incompetente, más. Te daré otro ejemplo. ¿Llegasteis a tener un equipo fuerte y cohesionado?
- Alguna vez estuve a punto de conseguirlo, Maestro. Pero el mandarín Fal-Só ponía en marcha algún tipo de política que conseguía dividir a todo el mundo y que algunos dejaran la compañía. Yo lo achacaba a incompetencia o equivocación.
- ¿Equivocación? Un mandarín no se equivoca, Par Di Yo, lo hizo con toda intención. Con toda mala intención, debería decir. ¿No te das cuenta que un equipo fuerte y bien cohesionado es un contrapoder? No me interesa. Debo tener a la gente tan dividida como sea posible, y un equipo mediocre. Eso me permite seguir siendo el amo.
- Pero, Maestro, esa es una filosofía de miserables.
- ¿Cómo dices, mono de las nieves? ¿Te atreves a denostar la filosofía que ha hecho grandes a los mandarines durante siglos? Fal-Só será un inútil y su mandarinato una birria, pero no se le puede negar el alma de mandarín, infausto patán. ¡Te voy a poner a limpiarles los dientes a los dragones!
- ¡Maestro, perdonadme!
- Te libras porque estoy cansado, Par Di Yo, que es la hora de mi tercera siesta. Prepárame unos Ku-Ba-Tás para ir cogiendo el sueño.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y así fue como Par Di Yo comprendió que las contradicciones son aparentes, y que la miseria se puede elevar a la categoría de gestión empresarial. Y así se recoge en el libro de los escribas:
Quien es en alma pequeño
dice que tiene un gran sueño
de visiones de grandeza
más sus actos, con certeza,
nos dicen que su ambición
se resume con llaneza:
ser cabeza de ratón.
martes, 14 de septiembre de 2010
Cuentos de los mandarines: agentes del caos
El dignísimo mandarín Ku Ñao, luz de Oriente y genio de los negocios, revisaba en su lujoso despacho las estrategias para chin-char aún más a sus Cu-RRi-Tos, cuando decidió solicitar la presencia de su discípulo, Par Di Yo:- ¡PAAR DII YOOOO! ¡Acude a mi regia presencia cual caballo desbocado!
Y, rápido como el viento del oeste, apareció en el despacho el susodicho Par Di Yo:
- ¿Llamabáis, oh, Maestro? ¿Qué deseáis de vuestro humilde discípulo?
- Ah, Par Di Yo, mosca perezosa. Lo cierto es que no deseaba nada, pero a veces a los mandarines nos gusta demostrar nuestro poder haciendo ir a la gente de acá para allá.
- Muy justo, Maestro. Para eso vos sois mandarín, y yo no.
- Ahí le has Da-O, Par Di Yo.
- Maestro, aprovechando mi presencia ante vuestra mandarinez, me gustaría haceros una pregunta en relación a este tema, si vuestra magnanimidad lo permite.
- Pregunta, lagarto de los árboles.
- Maestro, a todos nos gustaría obtener el grado de mandarín pero, ¿cómo se obtiene? ¿Qué hay que hacer?
- Par Di Yo, este es el secreto que todos buscan. ¿Cómo hacerse con el glorioso poder y dirigir el Co-Ta-Rro? Hay varias formas de llegar a ser mandarín.
- ¿Cómo llegó vuestra mandarinez a conseguirlo, Maestro?
- Verás, Par Di Yo, en mi caso, y dado mi maquiavelismo natural, llegué al mandarinato absoluto pasando antes por la digna fase de agente del caos.
- ¿De qué, Maestro?
- Escucha bien, orangután bellotero. ¿Acaso no sabes lo que es un agente del caos? ¡Es la mejor forma de alcanzar el poder y eliminar a la competencia, si se hace bien!
- ¿En qué consiste, Maestro?
- Anota bien, Par Di Yo, porque este es un secreto ancestralmente guardado por los mandarines. Imaginemos que tú ocupas cualquier posición en una empresa o mandarinato. Quieres obtener el poder, y hacer las cosas como a ti te dé la gana. Pero en esa empresa hay otras personas, algunas de la cuales son, por desgracia para ti, competentes.
- ¿Por desgracia, Maestro?
- ¡Pues claro que por desgracia, camello de las ramas! La gente competente siempre es una amenaza. Pero el agente del caos que se precie es capaz de convertir lo competente en incompetente, como el mejor de los magos.
- ¿Cómo es esto, Maestro?
- Atiende, somormujo bizco. Lo primero es, sutilmente, transmitir que tú harías las cosas de otra manera, y que esa manera es la correcta, y la mejor para la compañía. Casualmente, claro, esa manera es la que mejor se adapta a tus objetivos individuales. Por supuesto, las personas competentes tienen la mala costumbre de tener criterio, así que no te harán caso. Dirán: “bueno, yo pienso de otra manera, y esta manera da buenos resultados”. El aspirante a mandarín no debe alterarse. Simplemente, aceptar esto y seguir proclamando constantemente que nuestra manera es la buena y que, probablemente, la manera actual de gestionar no es la buena, y no dará buenos resultados.
- Pero da buenos resultados, Maestro.
- Espera, tarugo impaciente. Aquí es donde entra el agente del caos. Hay que conseguir, precisamente, que los resultados sean malos.
- ¿Hablamos de sabotaje, Maestro?
- ¡Qué palabra más fea, Par Di Yo! Yo prefiero hablar de disfunción de procesos, que queda más mandarínico. Pero, sin duda, hablamos de sabotaje. Te lo pondré con un ejemplo tan sencillo que hasta una medusa del Mar Amarillo como tú lo entenderá. Imagina que tú tienes el poder de barrer la oficina, ¿de acuerdo?
- Singular poder, Maestro.
- Es sólo un ejemplo, cebolla silvestre. Yo quiero ese poder, pero tú barres bien. Lo que haré será decir, y repetir una y otra vez, que esa no es la forma correcta de barrer, y que nos va a traer problemas. Lo repito y repito. Tú sigues barriendo como has barrido siempre, porque los resultados son buenos. ¿Qué hago yo? Cuando no miras, escupo en el suelo.
- ¡Qué asco, Maestro!
- ¡He dicho que es sólo un ejemplo, jumento de río! Además, cuando no estás, bajo a la calle y mancho mis zapatos con barro. Vuelvo a subir y lo pongo todo perdido. Entonces, espero a que tú vuelvas, y empieza mi representación. Proclamo a los cuatro vientos: “¿Lo veis? ¡Ya os lo dije, esta forma de trabajar nos traería problemas! ¡Todo está sucio!”
- Pero sólo está sucio porque lo habéis manchado, Maestro.
- Pero tú no lo sabes, Mer-Lu-Zo. El problema de la gente competente es que suele ser de buena voluntad, por lo que tarda mucho en ocurrírsele que pueda estar sabo…disfuncionando procesos. Te quedarás pensativo, y dirás: “¡Qué extraño! Esta forma de barrer me ha funcionado siempre, y juraría que cuando me fui estaba limpio. Pero no hay duda de que Ku Ñao tiene razón, todo está sucio. ¿Qué ha podido fallar?” Y el pobre infeliz se pone a trabajar buscando fallos en el proceso, sin darse cuenta de que no hay fallo, soy yo el que lo pone todo perdido. Eso sí, hay que ser cauteloso cual zorro para que no se den cuenta de lo que estás haciendo hasta que sea tarde. Sutileza, Par Di Yo, sutileza oriental.
- ¿Y después, Maestro?
- Sigues durante una temporada con esto. Cada vez elevas más el tono de tus quejas y tu presión: “Os lo dije, este sistema no funciona. ¡Nos llevará a la ruina! Dejadme ayudar al mandarinato, dejadme que lo haga a mi manera, que es la buena”. Y, a la vez, aumentas la intensidad del…disfuncionamiento de procesos. Lo que consigues al final, si lo haces bien, es crear una sensación de caos tan grande que se hace necesario hacer algo. Es aquí cuando de nuevo, muy humildemente y siempre jurando por Confucio que lo haces por el bien del mandarinato, insistes en que te dejen barrer a ti.
- Pero ahora habrá que obtener resultados, Maestro.
- ¡Calamar de charca! ¿No te das cuenta de que obtener resultados en estas circunstancias es tremendamente fácil? Aunque yo barriera mucho peor que tú, lo único que tengo que hacer para que las cosas vayan mejor es, simplemente, dejar de dar por Sa-Co y no escupir en el suelo.
- Creí que se llamaba disfuncionamiento de procesos, Maestro.
- ¡Menos ironía, melón amarillo!
- ¡Perdón, Maestro, perdón!
- Si lo haces bien, Par Di Yo, incluso la persona a la que estás haciendo la Ca-Ma, que el pobrecito ya quedamos en que tiene buena voluntad, te dará la razón, y dirá: “Pues lo cierto es que está más limpio que antes. Parece mentira, pero así es”. Con esto, has conseguido quitártelo de en medio, Par Di Yo. Has quedado como el salvador de la patria, cuando lo que has hecho es solucionar un problema que tú mismo habías creado.
- Desde luego, sutileza oriental, Maestro.
- Puedes ir repitiendo la estrategia hasta llegar al poder absoluto, Par Di Yo. Pero recuerda, lo importante es que nadie se dé cuenta de lo que estás haciendo. Ser agente del caos no es fácil. Y ahora déjame, ganso de las nieves, que tengo que seguir maquinando maldades.
- Oigo y obedezco, Maestro.
- Par Di Yo.
- ¿Sí, Maestro?
- Borra esa media sonrisa de tu siniestra y oriental faz. Si estás pensando en hacer de agente del caos conmigo, que ni se te pase por las mientes. Es una estrategia que no funciona cuando enfrente tienes otro que es más Ka-Brón que tú.
- ¡Jamás se me ocurriría tal cosa, Maestro!
- ¡Galopa, jamelgo de los valles!
Y así fue como Par Di Yo conoció lo que es un agente del caos, habitual fase larvaria de los mandarines. Y los escribas recogieron estas enseñanzas para el aprendizaje de las futuras generaciones:
Si mandarín quieres ser
y eliminar competencia
debes ponerte a joder
y echarle mucha paciencia.
Cuando llegue la ocasión
y si has sido bien discreto
quedarás cual campeón
con sólo quedarte quieto.
sábado, 1 de mayo de 2010
Cuentos de los mandarines: las dos caras de la agotadora verdad
El mandarín Ku Ñao, el de los luengos bigotes, firmó con su pluma de pavo real un amarillento pergamino, y solicitó la presencia de su discípulo, Par Di Yo:
- ¡PAR DI YOOOO! ¡Acude a mi celestial presencia, chimpancé desbocado!
- Oigo y obedezco, Maestro – dijo Par Di Yo apareciendo en el umbral.
- Par Di Yo, musaraña de los campos, lleva este artículo mío sobre la importancia de retener el talento en las organizaciones al Mandarín Ma-Ga-Zín, que me lo van a publicar.
- Maestro, permitid que este mísero siervo os haga una pregunta. ¿De verdad vuestra mandarinez se cree lo que escribe?
- ¿Insinúas que no creo en la retención del talento, avestruz asiática? ¡Retener el talento es lo más importante en una empresa! ¿No te das cuenta que el capital humano es básico y es lo único que nos puede diferenciar de otros mandarinatos?
- Perdón, Maestro, por supuesto que he oído esto incontables veces. Pero esto es teoría. Lo que quiero decir (y Par Di Yo se cubrió la cabeza con un almohadón de plumas, por si acaso) es que realmente no hacéis nada para retener el talento. Más bien todo lo contrario.
- Por supuesto, cabra montesa. ¿Es que la sutilidad mandarínica no ha calado aún en tu diminuto cerebro, Par Di Yo? Precisamente, la esencia del mandarinismo, y de la sociedad misma, consiste en decir que se defiende algo y favorecer lo contrario. Así ha sido siempre.
- ¿Es posible, Maestro?
- Pues claro, batracio con salsa de soja. ¿Qué valores se defienden en la sociedad, cuando oyes hablar a políticos y otros santones? La solidaridad, la pluralidad, el servicio, bla, bla. Pero, pones la Te-Le y, ¿qué ves?
- Burradas a diestro y siniestro, Maestro.
- Efectivamente, Par Di Yo. Corrupción, mentiras, engaños, manipulaciones, estafas, etc. Esta es la realidad. Pero no queda bien defender estos valores, ¿verdad, Ci-Ga-La con coleta?
- Ya veo, Maestro, la importancia de mantener las apariencias aunque el mundo se desmorone a nuestro alrededor. ¿Por eso vuestra mandarinez defiende la importancia del talento y a su vez trata a los Cu-Rri-Tos como a ganado?
- Exacto, Par Di Yo. O, por ejemplo, defiendo la importancia máxima de la innovación dentro de la empresa. La innovación es básica. Si no innovamos estamos perdidos. Hay que fomentar la innovación a todos los niveles.
- Pero que los dioses se apiaden de ti si te equivocas.
- Efectivamente, Par Di Yo, ya lo vas cogiendo. Digo que fomento la innovación, pero castigo el error con máximo rigor. Es lo que se llama gestión esquizofrénica. Nada de lo que dices tiene que ver con la realidad pero, ¡es tan bonito! Todo el mundo sabe que es mentira, pero hacen unos esfuerzos tan ejemplares por creérselo, je, je.
- Pero Maestro, ¿no debería tenerse en cuenta lo que se hace, en vez de lo que se dice?
- ¡Ni hablar, Par Di Yo! ¡Eso supondría la ruina del género mandarín, oso de agua! Y para eso llevamos esforzándonos durante siglos, para que la gente se fije en lo que decimos, no en lo que hacemos. Palabras y palabras, Par Di Yo. Como decía el Gran Maestro, ni una mala palabra, ni una buena acción. Y ahora circula, pangolín de cola larga, que me toca la Si-Es-Tá de antes de comer.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y de este modo, Par Di Yo aprendió que la incoherencia es el eje que hace que el mundo se mueva. Y los escribas lo recogieron en estos versos para que sirviera de aprendizaje a las futuras generaciones:
Sé solemne en el hablar
poniendo a dios por testigo
al prometer y al jurar,
más recuerda bien, amigo
que una cosa es predicar
y que otra cosa es dar trigo.
viernes, 19 de marzo de 2010
Cuentos de los mandarines: be water, Mai-Fren
Cierto día, el maravilloso mandarín Ku Ñao, aquel cuyos ropajes rivalizaban en esplendor con la bóveda celeste, mando llamar a su discípulo, Par Di Yo, por el tradicional procedimiento del Ala-Ri-Do:
- ¡PAAR DII YOOOO! ¡Acude a mi presencia, zángano de las colmenas!
- Oigo y obedezco, Maestro – respondió Par Di Yo, al tiempo que se materializaba en el despacho del mandarín.
- Escúchame bien, Par Di Yo, chivo con coleta, pues tengo que darte un encargo de la mayor importancia. Debes transmitir a todos los funcionarios del mandarinato nuestra nueva filosofía.
- ¿Una nueva filosofía, Maestro?
- Los mandarinatos deben evolucionar y renovarse, Par Di Yo, cual gusanos de seda. El cambio está en todas las cosas, y es inevitable. Sin embargo, las gentes se aferran a sus costumbres, y hacen de estas leyes. Esto no debe ser, Par Di Yo. Quiero que les transmitas el mensaje de que sean flexibles, como el agua.
- ¿Cómo el agua? Pero, Maestro, el agua es líquida, así que no puede ser...
- ¡No empieces a Jo-Der ya, Par Di Yo! ¿Es que siempre tienes que destruir la poesía de los conceptos con tu manía de la corrección?
- Perdón, Maestro, perdón. Disculpad a este ignorante patán.
- A lo que iba, ciervo de las montañas. Deseo unos funcionarios preparados, dinámicos, activos, y flexibles como el agua. Debes transmitir lo bueno que es para ellos adaptarse a los cambios, lo hermoso que es el cambio y lo felices que debe hacerles, porque el cambio es evolución y...
- Esto, Maestro,...
- ¿Qué te pasa ahora, Par Di Yo?
- Maestro, disculpad la osadía de este súbdito pero, ¿dónde está el Tru-Ko?
- Oh, Par Di Yo, ¿es esto posible? ¿Desconfías de la honorabilidad de tu mandarín, simio de ojos oblicuos?
- ¡Piedad, Maestro!
- Pues haces bien en desconfiar, Par Di Yo, ¡je, je! A lo mejor no eres tan burro de la estepa como pensaba. Lo cierto es que, en breve, tengo pensado montar una del Kin-Cé. Pienso despedir a la mitad de los funcionarios, externalizar a la otra mitad, y empeorar las condiciones laborales de los que queden. Así seré más rico aún. Como preveo que esto no les gustará, me he inventado lo de la filosofía del agua. Debemos adoctrinar sus débiles cerebros, Par Di Yo, hasta convencerles de que estos son hechos naturales y hasta beneficiosos para ellos. Aborregarles para que no protesten. Convencerles de la importancia de ser flexibles, adaptarse a los nuevos tiempos y ver la parte positiva de los cambios que pueden llegar.
- Pero, Maestro, esos cambios no tienen parte positiva. Excepto para vuestra mandarinez.
- Ya lo sé, Par Di Yo, merluzo bocazas, pero hay que convencerles de lo contrario. De todos modos, sólo hay tres maneras de encarar los cambios que preveo: por las buenas, por las malas, o con la filosofía del agua.
- ¿Y eso no es por las malas, Maestro?
- Sí, Par Di Yo, pero por unas malas más elegantes. He aquí la sabiduría del mandarín: yo no me conformo con Chin-Gar-Les vivos. Además, les tengo que convencer de que es lo mejor para ellos.
- Qué refinada maldad, Maestro, digna de un mandarín.
- Cierto, Par Di Yo. Así que, ¡ha-la!, comienza a preparar un discurso abotargador de cerebros para convencerles de que el cambio es, además de inevitable, buenísimo para ellos y que no es bueno protestar, lo bueno es adaptarse con una sonrisa en los labios. Y tráeme un Ku-Ba-Ta, que tengo sed, calamar de dos patas.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y así fue como Ku Ñao instauró la filosofía del agua. Y los escribas recogieron estas enseñanzas para que no se perdieran y para asombro de los siglos venideros:
Cuando por Ku-Lo te dan
es en tu propio interés.
No sólo te has de aguantar,
te debe gustar, Mai-Fren.
domingo, 17 de enero de 2010
Cuentos de los mandarines: la construcción del asentimiento
El mandarín Ku Ñao, recuperado de sus excesos gastronómicos navideños, se afilaba las largas uñas en su despacho cargado de lujos orientales cuando apareció en la puerta su discípulo, el inefable Par Di Yo.
- Saludos, Maestro. ¿Puede este humilde e ignorante patán interrumpir vuestros vitales y mandarínicos trabajos?
- ¿Qué tortura esta vez tu reducido y tortuoso cerebro, Par Di Yo, pulga de camello?
- Maestro, me preocupa la fundamentación teórica de nuestros trabajos consultoriles. ¿De donde han salido conceptos como “competencias” y similares, que son ya de aceptación universal en nuestro mundo?
- ¡Je , je, je! ¡Fundamentación teórica, dice! Par Di Yo, el nombre te está que ni pintado. Eres candoroso cual oso panda de peluche.
- Pero, Maestro, cuando un concepto está universalmente extendido y aceptado, ¿no quiere decir eso que tiene una fundamentación teórica o práctica fuerte? ¿No es la opinión universal de los mandarines garantía de validez?
- Está bien, Par Di Yo. Como veo que eres un Pe-Da-Zo de A-Do-Kín, te voy a explicar como los mandarines construyen el asentimiento.
- Ardo en deseos de saber, Maestro.
- En primer lugar, mosca del opio, eso que tú llamas “opinión universal”, no es realmente más que la opinión de un par de Cha-La-Dos.
- Confieso que no entiendo, Maestro.
- Sólo tienes que examinar cómo se crea esa opinión, Ton-Ta-I-Na agridulce. Remóntate a los orígenes. Son, a lo mejor, dos o tres mandarines los que por primera vez la plantean, ¿no es así?
- Así debe ser, Maestro.
- Y el resto del mundo fue tan benévolo de suponer que esos primeros mandarines habían examinado la cosa a fondo y sabían de lo que hablaban, ¿no?
- Eh, supongo que sí, Maestro.
- Así que otros mandarines, pensando que los primeros que la mantuvieron sabían de qué hablaban, fueron adoptando a su vez la misma opinión. Y, por su parte, a estos les creyeron muchos otros cuya indolencia les aconsejó creer mejor que comprobar. Maquiavélico cual película de chinos, ¿no crees, Par Di Yo?
- Se me pone la coleta de punta, Maestro.
- Así, día a día, el ejército de partidarios indolentes y crédulos va creciendo. Y, como la opinión tenía ya un buen número de voces a su favor, los siguientes mandarines en aproximarse a ella pensaron que sólo lo podía haber conseguido gracias a lo bien fundado de sus razones. Como has hecho tú, Pri-Ma-Ve-Ras.
- Pero, Maestro, ¿y el resto no dice nada? ¿Todo el mundo pasa por el aro?
- Par Di Yo, cuando hay suficientes voces a favor, el resto se va viendo obligado a admitir lo generalmente admitido, para no pasar por Bo-Ka-Zas que pretenden ser más listos que el mundo entero.
- Me dan escalofríos, Maestro.
- De ahí en adelante, Par Di Yo, los pocos capaces de juzgar se ven obligados a callar, y ya sólo hablan aquellos que son el mero eco de opiniones ajenas. Y así es como se construye el asentimiento y esa opinión universal, flor de loto.
- Ya veo, Maestro. Terrorífico, pero simple y eficaz. Es como un dato histórico que se encuentra en cien historiadores pero que, como acaba demostrándose, todos han copiado unos de otros.
- Exacto, Par Di Yo, veo que despierta tu aletargada Se-Se-Ra. Así que, al final, todo se reduce a la afirmación de un solo individuo, el primero que la formuló.
- ¡Por las bolas de dragón, Maestro! Así que todo el mundo prefiere creer antes que pensar.
- Eso sí que es verdad grande como la estepa mongola, Par Di Yo. Y ahora, no seas Pel-Ma-Zo, y traeme unos Ku-Ba-Tas y unas pipitas de opio, que necesito solaz y voy a escuchar algo de musica. Y repasa los pergaminos del sabio Cho-Pen-Jauer para ilustrarte. Pero no pienses demasiado, que es poco saludable.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Así que Ku Ñao eligió para su solaz una composición del gran Charlie Chan, “Do-Na Lee” porque, además de la flauta de Jane Bunnett, la trompeta de Larry Cramer y el piano de David Virelles, entre los coros y percusiones de Los Hoyos de Santiago puede oírse también el inconfundible sonido de las cornetas chinas, lo que lleva lágrimas de emoción a los oblicuos ojos de cualquier mandarín. Y los escribas iban a recoger las enseñanzas de este cuento en los versos de rigor, pero después de escuchar la musiquita sólo les salía aquello de:
Ma-Má se fue
Ma-Má se fue
a los carnavales de Oriente, aé,
a los carnavales de Oriente, aé.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Cuentos de los mandarines: las plañideras
El mandarín Ku Ñao, con traje de seda y los bigotes almidonados, entró en su mandarinato con porte imperial. Allí lo recibió su discípulo, Par Di Yo.
- ¡Albricias, Maestro, la dicha embarga mi corazón al veros de nuevo! ¿Cómo os ha ido en el Congreso de Mandarines?
- ¡Ah, Par Di Yo, lepidóptero asiático! Ya sabes que a mí me gustan los Sa-Ra-Os. No hay que trabajar, abundancia de comida y licor de arroz y puedes soltar discursos grandilocuentes a diestro y siniestro. Lo único malo es que los demás creen que sus grandilocuentes discursos me interesan a mí. Pero lo bueno de tener los ojos oblicuos es que no se dan cuenta de que los tengo cerrados y estoy sobando, je, je.
- Sin duda esa es una gran ventaja, Maestro, je, je, je.
- ¿Qué insinúas, Par Di Yo, Zan-Ga-No maldito?
- ¡Nada, Maestro, nada! ¡Yo siempre os escucho con gran atención!
- ¡Ándate al Lo-Ro, Par Di Yo, que te vigilo! ¡Ya me estaba pareciendo a mí que tienes los ojos demasiado achinados incluso para ser chino!
- Ejem, Maestro, cambiando de tema, aquí tenéis los pergaminos que dan noticia del desarrollo del Congreso. Viene un artículo del mandarín Gu-Rú.
- ¡Ah, Gu-Rú, ese Gi-Li...., digooo, ese gran sabio! Dime lo que dice, Par Di Yo, que no tengo las Ga-Fás.
- Maestro, pues dice: “En las empresas no se valora la tremenda importancia del capital humano, y eso hace el trabajo de los mandarines consultores difícil. Una de nuestras más importantes misiones debe ser el hacer conscientes a los empresarios del valor estratégico de su capital humano”.
- Je, je, je, ¡así me gusta! Seguimos con el cuento chino o, como decía el sabio, vuelve la burra al trigo.
- ¿Qué queréis decir, Maestro?
- Gu-Rú desarrolla una de las funciones básicas del consultor, Par Di Yo, mosca del arroz: la de plañidera.
- ¿Plañidera, Maestro? ¿Cómo esas mujeres que pagan por ir a los entierros a llorar?
- Así es, Par Di Yo. Ya sabes que el que no llora, no Ma-Ma. De vez en cuando hay que soltar esta frasecita, que con las palabras también se cazan mirlos.
- ¿Queréis decir que no lo dice en serio, Maestro?
- Par Di Yo, tú has debido nacer en el año del Asno. ¡Y debía ser un asno bisiesto! ¿Es que no aprendes nada de todo el tiempo que llevas a mi lado, infausto patán? ¡Claro que no lo dice en serio, lo dice a ver si pican!
- Ya me olía yo a camarón chamuscado, Maestro.
- ¡Evidentemente, Bo-Ba-Li-Kón! ¡Si me dieran una moneda de oro cada vez que he oído la frasecita de marras! ¡Las pobres consultoras, misioneros del capital humano, en una cruzada intentando evangelizar a los imbéciles que dirigen las empresas para que nos den más dinero! Lo bueno es que mucha de la gente que trabaja en recursos humanos se lo cree de verdad, y eso nos conviene, Par Di Yo. Porque una cosa sí es verdad: es muy cierto que las empresas son reacias a invertir Pas-Ta en recursos humanos.
- Pero eso es lógico, Maestro. Si yo fuera responsable de cualquier empresa, serían los primeros gastos que recortaría. Porque, conociendo el percal, sé que la mayoría de proyectos de consultoría no van a aportar absolutamente nada a mi empresa. Son sólo una forma de gastar Pas-Ta.
- ¡Cierra el Pi-Co, Par Di Yo, que tienes una Bo-Ka-Za de dragón! ¡Eso es un Secreto Prohibido, y no se debe saber!
- Pero, Maestro, si las consultoras hiciéramos las cosas bien, entonces sí se invertiría, porque se vería que vale para algo. No harían falta plañideras.
- ¿Hacer las cosas bien, Par Di Yo? ¡Llevas muy apretada la coleta y te corta el riego al cerebro, dromedario del pantano! ¿No te das cuenta de que hacer las cosas bien cuesta trabajo? Es mucho mejor hacerlas mal, y luego quejarse. ¿O quieres dejar sin trabajo a las plañideras?
- Pero Maestro....
- No seas Bra-Sa, Par Di Yo. Ya está bien por hoy, que estoy cansado y voy a relajar mi mandarinez con un poco de música y unos Ku-Ba-Tas. Así que aligera, simio disecado.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Así que esta vez Par Di Yo aprendió que más vale quejarse que dar clavo. Y sabréis que los mandarines escuchaban jazz La-Ti-No, pero a la oriental, claro está. Y como muestra de los gustos de Ku Ñao tenéis esta pieza llamada “Mambo Shin Shin”.

