El desierto. El calor abrasador, la inmensidad, la monotonía. Bajo un sol de hierro, demasiado vago para volar, el loro Puto Bocazas caminaba, caminaba buscando...
- ¡Grrr! No podías hacer una historia donde estuviera en una playa del Caribe, Troglo. Tenía que ser el desierto. ¡Ponme por lo menos una gorra, que se me están friendo las plumas de la sesera!
- Puto Bocazas, ¿te quieres callar ya y meterte en el personaje? Pero tienes razón, te voy a poner un gorrito, para que parezcas Thelonius Monk, je, je.
...el loro caminaba, con esos andares que tienen los loros, que parece que van pisándose los pies. Llevaba en la cabeza un pañuelo como los de los obreretes, anudado en cuatro puntas...
- ¡Grrrr!
...sin una gota de whisky de garrafa que llevarse al pico, el loro caminaba con un objetivo. Porque en aquel desierto vivia el sabio Jans, el legendario sabio Jans, poseedor de la más grande de las sabidurías. Nunca nadie lo había encontrado, ni siquiera se sabía si era una leyenda o existía en realidad, pero el loro Puto Bocazas estaba decidido a encontrarlo...
- ¡Como no lo encuentre rápido, yo dimito!
¡Grrr! ¡Está bien! Ejem, ejem. De repente, el loro vió aparecer ante él un oasis. Pero era un oasis tan pequeño que casi se lo pasa, porque sólo tenía una palmera y un charquito de agua. Pero, sentado bajo aquella palmera, había un hombre, un hombre viejo, con un largo pelo blanco, y una larga barba blanca, y...
- ¡Troglo, que hace un calor de la hostia, abrevia!
...y esa pinta que tienen los sabios ermitaños. Entonces, el loro Puto Bocazas dijo:
- El sabio Jans, supongo.
Y el sabio Jans contestó:
- ¡Anda, un loro que habla!
- Ejem, sabio Jans, los loros suelen hablar. Tienes que salir más y eso.
- ¿Qué deseas, loro?
- Vengo de muy lejos a que compartas el tesoro de tu sabiduría conmigo, sabio Jans. Quería preguntarte un par de cosas.
- Adelante.
- ¿Cuál es el sentido de la vida?
- No lo sé.
- ¿Y eso?
- El sentido de la vida depende de cómo se mire.
- Ya. Bueno, pues, ¿tenemos libre albedrío?
- No lo sé.
- ¿Y eso?
- El libre albedrío es un según.
- ¡Pues vaya! ¿Podemos percibir el mundo tal y como realmente es?
- No lo sé.
- ¿Y eso? Ya, ya, no me lo digas. ¿Qué es el tiempo?
- No lo sé.
- ¿Existe una forma correcta de vivir?
- No lo sé.
- ¿Qué soy yo?
- No lo sé.
El loro enarco una de sus plumiferas cejas y miró al sabio con suspicacia. Entonces, preguntó:
- Sabio Jans, ¿cuál es la capital de Pontevedra?
- No lo sé.
- ¿Es que no sabes nada? ¡No me dirás que eso es un misterio, o que según!
- Bueno, no hay mayor sabiduría que admitir la propia ignorancia. Sólo sé que no sé nada.
- ¡Tendrá jeta el tío! A los humanos se la darás con queso, pero yo soy un loro y no cuela. Así que la ignorancia es sabiduría, ¿no? ¡Troglo! ¿Me has hecho cruzar el desierto para hablar con este papanatas?
- Hombre, yo...- empezó a decir el sabio Jans.
- ¡Ni yo ni nada! Si uno es sabio se supone que sabe algo, no pone cara de interesante, suelta frases misteriosas y se deja la barba. Oye, una curiosidad. ¿Cómo llegaste aquí?
- Bueno, la verdad es que yo trabajaba en una noria, pero un día me despidieron por vago. Entonces me cogí una cogorza tal que me perdí y aparecí aquí. Y desde entonces.
- ¡Grrrr! ¡Troglo, quítame de delante a este cantamañanas! A ver como te las apañas para cerrar la historia pero, como dentro de diez segundos no esté en mi sofá con un cubata talla diplodocus, te vas a enterar.
Así, el loro Puto Bocazas se dio media vuelta. El cretinazo Jans le vió alejarse caminando, con esos andares que tienen los loros, que parece que se pisan los pies. Y, ante su vista, como un espejismo con plumas, el loro se fue difuminando en el aire, hasta que desapareció por completo. Y, desde su sofá, con un cubata talla diplodocus, el loro ya no supo si esto fue realidad o fue sueño.
- ¡Un huevo de loro, sueño! ¡Todavía tengo arena en las patas!
Y yo me pregunto, ¿y tú? ¿Sabes cuál es la capital de Pontevedra sin mirarlo en la whiskypedia?
