Mostrando entradas con la etiqueta terrorista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta terrorista. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de mayo de 2009

El terrorista

Aquella habitación alquilada, en un destartalado edificio de un barrio sin historia, apenas contenía nada. Paredes desnudas; no hay muebles. Sólo en el centro de la habitación, sobre el polvoriento suelo de madera, algo, de forma indefinida, cubierto con una sábana.


De repente, la llave gira en la cerradura, se abre la puerta, y entra el hombre bajito que alquiló la habitación hace unas semanas. Se quita el sombrero, las gafas oscuras, el bigote postizo, las botas y la gabardina, y se revela el colorido plumaje de un loro. Sí, el hombre bajito es, en realidad, un loro.


El loro se acerca a la sábana y tira de ella. Aparece un extraño artilugio mecánico, lleno de cables, luces y tornillos, de aspecto amenazador. La bomba. Y hoy es el día en que el loro la terminará. Después de tanto y tan peligroso trabajo, el fin.


De un corto vuelo, se encarama a la máquina y empieza a operar en la misma. Usando sus garras con exquisito cuidado, une los últimos cables que faltaban. Aprieta con el pico los últimos tornillos. Revisa los últimos detalles. Un error puede ser fatal. Con la máxima precaución, cierra la carcasa, y ajusta el temporizador. Lista.


El loro salta al suelo, se pone el bigote postizo, las gafas de sol, las botas y la gabardina. Por último, se cala el sombrero y echa un último vistazo a la máquina, observando como el temporizador desgrana la cuenta atrás. La suerte está echada.


El loro sonrie, abre la puerta y abandona el edificio. Nadie será capaz de reconocerle jamás, nadie sabrá que ha estado aquí. Mañana, a las 12:00, la bomba se activará. Entonces, toda emisora de radio, de televisión, cualquier cosa que mande ondas al aire, al espacio o bajo tierra, verá interceptada su señal y, en todo el mundo, por todos los rincones, en todos los aparatos receptores, en los teléfonos móviles, en los altavoces del metro, hasta en los telefonillos de las casas, sólo se escuchará “Moanin’”. Serán sólo nueve minutos y medio de gloria. Pero habrá merecido la pena.