El dromedario Pérez estaba tumbado a la sombra de una duna, en el desierto que era su hogar, cuando se levantó, desplegando sus patas con esa elegancia innata de los dromedarios, y dijo:
- Joer, llevo todo el día tocándome los huevos.
Así que el dromedario Pérez volvió a tumbarse y meditó durante dos horas sobre esto, ya que era un dromedario muy filosófico. Entonces, se levantó de nuevo y dijo:
- Tendría que hacer algo.
Así que el dromedario Pérez volvió a tumbarse y meditó durante tres horas más sobre esto. Entonces, se levantó una tercera vez, olisqueó el aire, miró al cielo, y dijo:
- Mejor no.
Y volvió a tumbarse sobre la arena del desierto, a la sombra de una duna. Y de esta manera, el dromedario Pérez se libró de lo que el Destino pudiera tenerle deparado, fuera lo que fuera, que suele ser malo. Pero se lo podía haber ahorrado porque, tres dunas más allá, el Destino, que estaba tumbado a la sombra, se rascó un poco el culo y dijo:
- Joer, llevo todo el día tocándome los huevos. Tendría que hacer algo.
Ya véis que su pensamiento era menos secuencial y más directo que el del dromedario Pérez. Meditó sobre ello tres horas largas, se levantó, se estiró, se rascó otra vez el culo, y dijo:
- Mejor no.
Así que ya sabéis, hay Destino, pero es tan vago que como si no. Y así fue como demostré que existe el libre albedrío, que no es que exista, pero como si sí. Y si por esto no me dan el premio Nobel, ya no sé qué hacer.
