Buenas. Hoy he vuelto a pasar por la plaza del Teniente de Alcalde Pérez Pillado, que fue donde me encontré al dragón, y me he dicho, “pues seguro que mis amiguitos virtuales no saben quien era el Teniente de Alcalde Pérez Pillado”. Pues para eso me tenéis a mí, criaturas.
¿Cómo puede tener una plaza un tío con unos apellidos de pringao como Pérez Pillado, que te recuerdan al que se sentaba a tu lado en el pupitre en 4º de EGB? “¡Pérez Pillado, a la pizarra!” ¿Qué no? Hombre, si te llamas Pannonico de Koernigswarter, pues ya es otra cosa. Y además, con un título tan poco impresionante como Teniente de Alcalde, porque si uno es Teniente de Navío, pues queda más épico, pero así, “Teniente de Alcalde Pérez Pillado”, lo que te imaginas es un funcionario de lo más gris y lo más pringao.
Pues resulta que este hombre fue inventor. Sí, sí, como lo oís. Dos descubrimientos son achacables al Teniente de Alcalde Pérez Pillado. En primer lugar, en mil gromecientos veinte, inventó la corbata de lazo. ¿Cómo lo hizo? Pues veréis, Pérez Pillado, que todavía era Sargento de Alcalde por aquel entonces, iba a hacerse el nudo de la corbata, pero no tenía ni puta idea. Estuvo tres horas intentando hacérselo, pero siempre, en vez de quedarle la corbata vertical, como a todo el mundo, le quedaba horizontal. Hasta que ya, desesperado, Pérez Pillado dijo: “¡Pues a tomar por culo! ¡Me voy así!”. Y resultó que al verle la gente, en lugar de descojonarse, admiro su elegancia de la corbata horizontal, y así es como nació la corbata de lazo.
Este triunfo en sociedad le valió a Pérez Pillado su ascenso a Teniente de Alcalde, y ocupando este puesto fue donde lograría el mayor de sus inventos: las almorranas.
Vosotros os creéis que las almorranas, como los teléfonos móviles, han existido siempre, pero que va. Antes la gente no tenía almorranas, porque andaba bastante ya que había pocos coches, comía verduras naturales e iba al baño con regularidad. Sin embargo, el Teniente de Alcalde Pérez Pillado se tiraba diez horas sentado en su despacho, con el considerable recalentamiento de posaderas que esto conlleva, comía todos los días en el McDonalds porque le daba pereza ir a casa, y era bastante estreñido de natural. Es decir, era el paradigma de cierto tipo de funcionario. Todo esto llevó a que Pérez Pillado consiguiera desarrollar las almorranas en mil gromecientos cuarenta y tres, tras varios años de esfuerzo. Esto le valió la Medalla al Mérito en el Trabajo, y esta vez sus compañeros sí que se descojonaron de risa.
Tristemente, el Teniente de Alcalde Pérez Pillado murió cinco años más tarde, un día que se apretó demasiado la corbata horizontal y no pudo respirar en todo el día. ¡No me digáis que no se merecía una plaza!
¿Cómo puede tener una plaza un tío con unos apellidos de pringao como Pérez Pillado, que te recuerdan al que se sentaba a tu lado en el pupitre en 4º de EGB? “¡Pérez Pillado, a la pizarra!” ¿Qué no? Hombre, si te llamas Pannonico de Koernigswarter, pues ya es otra cosa. Y además, con un título tan poco impresionante como Teniente de Alcalde, porque si uno es Teniente de Navío, pues queda más épico, pero así, “Teniente de Alcalde Pérez Pillado”, lo que te imaginas es un funcionario de lo más gris y lo más pringao.
Pues resulta que este hombre fue inventor. Sí, sí, como lo oís. Dos descubrimientos son achacables al Teniente de Alcalde Pérez Pillado. En primer lugar, en mil gromecientos veinte, inventó la corbata de lazo. ¿Cómo lo hizo? Pues veréis, Pérez Pillado, que todavía era Sargento de Alcalde por aquel entonces, iba a hacerse el nudo de la corbata, pero no tenía ni puta idea. Estuvo tres horas intentando hacérselo, pero siempre, en vez de quedarle la corbata vertical, como a todo el mundo, le quedaba horizontal. Hasta que ya, desesperado, Pérez Pillado dijo: “¡Pues a tomar por culo! ¡Me voy así!”. Y resultó que al verle la gente, en lugar de descojonarse, admiro su elegancia de la corbata horizontal, y así es como nació la corbata de lazo.
Este triunfo en sociedad le valió a Pérez Pillado su ascenso a Teniente de Alcalde, y ocupando este puesto fue donde lograría el mayor de sus inventos: las almorranas.
Vosotros os creéis que las almorranas, como los teléfonos móviles, han existido siempre, pero que va. Antes la gente no tenía almorranas, porque andaba bastante ya que había pocos coches, comía verduras naturales e iba al baño con regularidad. Sin embargo, el Teniente de Alcalde Pérez Pillado se tiraba diez horas sentado en su despacho, con el considerable recalentamiento de posaderas que esto conlleva, comía todos los días en el McDonalds porque le daba pereza ir a casa, y era bastante estreñido de natural. Es decir, era el paradigma de cierto tipo de funcionario. Todo esto llevó a que Pérez Pillado consiguiera desarrollar las almorranas en mil gromecientos cuarenta y tres, tras varios años de esfuerzo. Esto le valió la Medalla al Mérito en el Trabajo, y esta vez sus compañeros sí que se descojonaron de risa.
Tristemente, el Teniente de Alcalde Pérez Pillado murió cinco años más tarde, un día que se apretó demasiado la corbata horizontal y no pudo respirar en todo el día. ¡No me digáis que no se merecía una plaza!
Bueno, y tras esta gilipollez (sabed que a esta plaza se le pretende cambiar el nombre, por cierto, por temas de memoria histórica, que hay algunos que se creen lo que escribo), una recomendación para los que os guste el comic: “Lloyd Llewellyn” el detective menos convencional del mundo embarcado en los casos sin resolver más demenciales que se pueda imaginar, del fenomenal Daniel Clowes. Frikada impagablemente descacharrante. ¿Y veis el grupo de jazz en la ilustración?
