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lunes, 3 de marzo de 2008

Cuentos de los mandarines: la mona vestida de seda

El mandarín Ku Ñao, orgullo de su estirpe, meditaba en su despacho mientras se hurgaba con el dedo sus aristocráticas narices. Tenía que andarse con cuidado, ya que es bien sabido que los mandarines tienen unas enormes uñas para poder limpiarse las orejas con facilidad, y al hurgarse la nariz pueden provocarse una hemorragia cerebral si no son prudentes. Como no encontraba nada interesante en las narices, Ku Ñao llamó a su pupilo, Par Di Yo, por el tradicional procedimiento del Be Rri Do.

- ¡Par Di Yo! ¡Deslízate servilmente hasta mi despacho, hijo del Celeste Imperio!
- ¡A vuestras ordenes, Maestro!- dijo Par Di Yo, apareciendo en la puerta casi instantáneamente.
- ¿Has terminado ya el informe para Grandes Murallas? Quiero facturar porque tengo que echarle gasolina al Ya Té.
- Er,…aún no, Maestro.
- ¡Me-Ka-Chis el trono del crisantemo, Par Di Yo! ¿A qué se debe esta vez tu negligencia, simio ignorante? ¿Es que no has asimilado mis enseñanzas para la elaboración de informes?
- Sí, Maestro. De hecho, he metido en el informe hasta nuestros folletos de propaganda, que están llenos de palabras como “competencias”, “paradigmático”, “maximizar” y demás sandeces. También he calzado artículos completos que he copiado de revistas del sector.
- Así me gusta, Par Di Yo, que aproveches el conocimiento. ¿Cuál es el problema entonces?
- Pues que el informe no tiene ningún sentido, Maestro. En cuanto lo abres te das cuenta de que es una idiotez. Lo primero que aparece es un Ku-Rri-Ku-Lum, a continuación va un trozo de una conferencia sobre valores corporativos,…¡el honorable cliente se dará cuenta en seguida de que se la estamos colando, Maestro!

Ku Ñao cerró los ojos y empezó a mesarse los bigotes.

- Par Di Yo, eres el más deprimente de los cretinos. ¿Tú crees, búfalo de agua, que el hecho de que metas toda la basura en el informe significa que puedes ponerla de cualquier manera, sin orden ni concierto? ¡La basura hay que disfrazarla, Par Di Yo, de forma que parezca un ramo de flores de loto! ¡Trae de nuevo tu tablilla de apuntar, a ver si consigo meter algo de sabiduría en tu animalesco cerebro!
- ¡Al instante, Maestro!

Y, en efecto, al instante regresó Par Di Yo con su tablilla de apuntar. Y Ku Ñao le dijo así:

- Por desgracia, aún no he encontrado la manera de entregar un informe sin trabajar absolutamente nada, aunque no desespero. Hay algo que tienes que hacer, y cuyo trabajo justifica el Ti-Mo que le vamos a dar por el informe al honorable cliente.
- ¿Qué es ello, Maestro?
- Ante un informe, curso, conferencia, o cualquier disparate similar, la gente se fija sobre todo en lo primero y en lo último, pasándose por el arco del triunfo lo del medio. ¿Me sigues hasta aquí?
- Sí, Maestro – dijo Par Di Yo mientras apuntaba con fruición.
- Así, tienes que empezar bien, porque el principio del informe será de lo poco que los cenutri…los honorables clientes se leerán. Debes diseñar una portada muy atractiva, con unos logos de buen tamaño a todo color, y utilizando muchos tipos de letra distintos. La portada de un informe es como la de un Dis Ko, Par Di Yo; aunque lo de dentro sea una basura infecta, hay que atraer al cliente.
- ¡Cuan sabio sois, Maestro!
- Así es, Par Di Yo. El título también es una parte muy importante del informe. Debe ser bastante sesudo, pero tampoco hay que pasarse, puesto que queremos que sea atractivo. Hay que conseguir un equilibrio, como el Yin y el Yan.
- ¿Podéis ponerme un ejemplo, Maestro?
- Escucha, un buen título puede ser “Informe de resultados sobre el proyecto de reorganización estratégica de procesos en Grandes Murallas”. Observa que es bastante largo, por lo que parece que debe ser bastante importante y se debe haber trabajado mucho para hacerlo. Además, consigo meter un montón de palabras consultoriles como “proyecto”, “reorganización”, “estratégica” y “procesos”, con lo que parece que sé de lo que hablo.
- ¡No salgo de mi asombro, Maestro!
- Además, es un título lo suficientemente abstruso para no decir nada y decirlo todo al tiempo, muy en el estilo de la filosofía oriental. Magnífico, pues así nadie sabe lo que debe esperar concretamente, y no podrán decir que es muy vago o que se pierde demasiado en detalles. Recuerda que la gente saca estas conclusiones a través del título, porque ya quedamos en que nadie va a leer el informe. ¿Entiendes?
- ¡Ajá! – Par Di Yo apuntaba a toda velocidad.
- Es lo suficientemente complicado para justificar que paguen un Pas-Tón por él, pero es lo suficientemente sencillo para que cualquier imbécil con corbata pueda pronunciarlo sin hacerse un nudo en la lengua. A partir de aquí, ya tenemos mucho ganado. El honorable cliente está contento con lo que ha visto de su informe por el momento. Es gordo cuál oso panda, lleno de colorines como el ave del paraiso, y con un título sugerente cual Bi Ki Ni. Ahora viene la prueba de fuego para un mandarín, Par Di Yo: las primeras páginas.
- Ardo en deseos de saber.
- Una página de agradecimientos a la gente que ha colaborado en el proyecto es una buena idea. Es una hoja más, que añade peso al informe y, cortesía oriental, me permite hacerle la pelota servilmente al cliente. Es bueno añadir alguna cita esotérica como para darle filosofía al informe, y que sirva para cualquier tema, algo así como “Como dijo el sabio Va Ci Long, nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección”. Entonces es posible que el honorable cliente se desmaye de satisfacción. Esta frase es muy buena, porque se puede aplicar a todo, y parece sugerir además que mi cliente tiene algo en la cabeza además de la coleta, lo cual siempre se toma como un elogio. Además, el nombre del autor está perfectamente elegido, Par Di Yo.
- ¿Quién era Va Ci Long, Maestro?
- Nadie sabe quien era Va Ci Long, porque me lo acabo de inventar, pero suena impresionante, precisamente porque no le conozco. La gente eleva lo que no conoce a la categoría de mitológico, hijo mío. Si yo no le conozco, debía de ser alguien inteligente.
- ¡Asombroso!
- Así soy yo, Par Di Yo. Además, la frase parece sugerir que realmente hemos hecho algo útil, que hay entre esas páginas una fórmula mágica para conseguir que esa deprimente empresa se convierta en una mezcla de fábrica de dinero y mansión Playboy. Es la sensación que quiero provocar, je, je, je.
- Vuestra astucia es legendaria, Maestro.
- No soy mandarín por nada, Par Di Yo. En la siguiente página, pon un resumen del proyecto. Por supuesto, no puedes titularlo “resumen”. Llámalo “abstract”. Podemos cobrar bastante más por un “abstract” que por un “resumen”. Y ya sabes que lo que interesa es la Pas-Ta.

Par Di Yo anotaba como loco.

- Como mi intención es que el honorable cliente lea el abstract, no puede tener más de medio folio de extensión. Realmente este es el proyecto y el único trabajo que habré realizado, pues lo de dentro solo es paja y papel reciclado. Hasta un consultor es capaz de crear medio folio de lectura motivadora, aunque no tenemos costumbre de ello. El abstract está lleno de buenas intenciones, de deseos, de frases ocurrentes. Se trata de presentar la entrada al mundo de Oz – dijo Ku Ñao.
- Pero el mundo de Oz no existe, Maestro.
- Par Di Yo, como consultor a mí no me importa que las cosas no puedan funcionar en la realidad. Solo me interesa para mis fines que PAREZCA que van a funcionar. Y yo apoyo esa sensación, haciendo incluso que parezca fácil.
- ¡Ka Ram Ba!
- Una vez que entres en el cuerpo del informe aún tienes que hacer algo más: la introducción. Esta se compone de un cuarto de folio de escritura motivadora y con un cierto sentido común, y de un folio y tres cuartos de insoportable cháchara destructora de neuronas. Esto obedece a un objetivo claro: hemos conseguido ilusionar al cliente con la portada, el abstract, ...El pobre ingenuo cree que tiene en las manos algo de valor. Pero ahora tengo que meter los folios reciclados que componen el grueso del informe. Como hasta tú comprenderás, no me interesa que el cliente siga leyendo con detenimiento, porque, por estúpido que sea, podría descubrir el pastel. Y tampoco podemos meter un corte demasiado brusco en el estilo del informe, porque se notaría demasiado. Hay que tener más clase.
- ¿Y cómo, Maestro?
- Escucha, así que, empiezo la introducción con ese cuarto de folio motivador, en la línea del abstract, y voy haciendo que PROGRESIVAMENTE, la introducción se vaya convirtiendo en algo que mataría de aburrimiento a una oveja. La mayoría de los clientes dejarán de leer antes de terminar el primer folio, pero hay que meter un folio más de Ko-Ña-Zo horroroso, como aislante de seguridad. No te olvides que vamos a robarle al cliente un montón de dinero. No hay que correr riesgos, Par Di Yo.
- Apuntado, Maestro.
- En esta parte del informe, narcotizadora cuál chute de opio, debes utilizar palabras extraordinariamente técnicas y/o absurdas. Son muy buenas, por ejemplo, factor primario, escalado, aquiescencia, decatipos, constructo, cognitivo, nomotético, disposicional, idiográfico, análisis factorial,...Incluso puedes ponerlas todas seguidas, intercalando preposiciones y artículos al azar. Coloca también un montón de nombres de autores entre paréntesis, como si les estuvieras citando o te hubieras basado en su trabajo. Incluso puedes inventártelos, si quieres.
- ¿Qué más, Maestro?
- Puedes crear nuevas palabras, como “evalucinador”, o rescatar palabras olvidadas para darles un nuevo significado, como “catafractario”.
- ¿Y en cuanto al estilo, Maestro?
En cuanto al estilo, utiliza frases de al menos cinco renglones de extensión, llenas de oraciones coordinadas, subordinadas y yuxtapuestas. Antes de llegar al tercer renglón, el osado lector tendrá que volver al principio de la frase. La segunda vez dejará directamente de leer. Utiliza el punto y seguido cuando te duela la mano, pero mejor el punto y coma; da una impresión de cultura muy útil para tus propósitos el que la gente crea que sabes cuando hay que poner punto y coma. No uses nunca el punto y aparte. Y usa montones de paréntesis, corchetes y asteriscos.
- ¿Y después, Maestro?
- La reacción del lector ante un Ko-Ña-Zo semejante es múltiple: primero, le viene a la cabeza la idea de que te lo has currado bastante. Segundo, deja de leer y busca una página del medio del informe, a ver si es más legible. Naturalmente, encuentra que lo que lee no tiene ningún sentido (aquí es donde has metido todo el papel que sacaste del armario) ni ninguna relación con lo anterior ni con el objeto del informe. No obstante, como se ha saltado un montón de páginas, entiende que es normal que no encuentre sentido a lo que lee. ¡Je, je, je! ¿Lo coges, Par Di Yo?
- ¡Maestro, me dan escalofríos!
- Sí, Par Di Yo, el gran Fu Manchú estaría orgulloso. Atiende. La reacción del cliente entonces es dar otro salto, cual rana inquieta, y le ocurre exactamente lo mismo. Más palabrería sin sentido. El cliente empieza a tener una leve inquietud de que el informe no sea más que charla inútil.
- Entonces estamos en peligro, Maestro, porque ciertamente no es más que charla inútil.
- ¡Qué poca fe tienes, Par Di Yo! Le tenemos donde queríamos, porque es ahora cuando el honorable cliente da el paso decisivo, el que nosotros queremos que dé. Se va AL FINAL del informe. Y aquí es donde volvemos a sacar el tarro de las esencias. Pero esto será otro día, Par Di Yo, porque hoy he hablado ya mucho y tengo la boca seca como un Pol Vo Rón. Traeme de inmediato una Li Tro Na, y luego retírate a tus quehaceres.
- A vuestros pies, Maestro.
- Vete en paz, Par Di Yo, y nunca olvides estas enseñanzas. Y acaba el informe de una vez, Ko-Ño.

Y, como siempre, los escribas recogieron la sabiduría de Ku Ñao en verso:

La basura más infecta
si la vistes de satén
y la perfumas de rosa
pues ya parece otra cosa
y la puedes cobrar bien.

viernes, 18 de enero de 2008

Cuentos de los mandarines: Ku Ñao y la comida de la discordia

El mandarín Ku Ñao contaba tranquilamente sus monedas de oro cuando escuchó una voz que provenía de la puerta de su despacho:

- Maestro, ¿puedo osar presentar mi indigna figura ante vuestra sabiduría?
- Pasa, Par Di Yo. ¿Qué es lo que te turba, hijo mío?
- Maestro, ¿recordáis los trabajadores que tenemos desplazados en las plantaciones de arroz de Jo Dó?
- Claro que les recuerdo. Proporcionan a este mandarinato pingues ganancias. Lastima que la recogida de arroz no dure siempre.
- El problema es, Maestro, que se han acercado a mí para hacer una petición, ejem…
- ¡Qué! ¿De qué estás hablando, Par Di Yo?
- Maestro, los trabajadores sostienen que fueron contratados para trabajar en este mandarinato…
- ¡Ellos saben que pueden ser enviados a cualquier lugar en beneficio de su Emperador!
- Sí, Maestro. Esto lo saben. Pero dicen que las condiciones normales de su trabajo se desarrollan en estas dependencias. Esto les permite traerse el arroz para comer de su casa, de modo que pueden ahorrar algo de dinero.
- Somos generosos hasta extremos sangrantes dejándoles usar nuestro comedor, sí.
- El tema es, Maestro, que el desplazamiento a las plantaciones resulta mucho más complejo, y no pueden llevarse la comida, puesto que no tienen donde guardarla. Esto provoca que tengan que comprarla a vendedores ambulantes, lo que les ocasiona un gasto extra.
- ¿Y?
- Maestro, ¡perdón! – Par Di Yo se arrojó al suelo cuan largo era – Sostienen que la empresa debería pagarles, al menos en parte, este gasto extra, ya que viene ocasionado por necesidades de la misma empresa, y las condiciones de trabajo no son las habituales.

Ku Ñao empezó a cambiar de su amarillento color habitual a un hermoso púrpura y, poseído de la furia de los antiguos dioses, estalló:

- ¡Hijos de chivo sifilítico! ¡Encima de que les permitimos trabajar aquí! ¡Ese gasto forma parte de su trabajo, son gajes del oficio!
- Disculpad, Maestro, pero eso no es exacto – dijo Par Di Yo con un hilo de voz – Lo cierto es que están realizando un trabajo fuera de lo corriente, y desplazados de su lugar habitual. Lo normal es que el mandarinato se haga cargo de los gastos extra, en estos casos…o así me lo enseñaron mis maestros – añadió Par Di Yo al ver el furibundo rostro del mandarín Ku Ñao.
- ¿Tus maestros? ¿Esos calientasillones que no tienen idea de lo que es el mundo de la empresa? ¡Tus maestros no saben nada, Par Di Yo! ¡Desgraciados, miserables! ¿Qué he hecho yo para que los dioses me maldigan con estos trabajadores? ¿Crees tú que los trabajadores del mandarinato de Mu-Cha Gui-Ta piden el dinero de la comida? ¡Oh, si tuviera más recursos, les mandaría azotar a todos y les enviaría a sus casas, y contrataría profesionales de verdad!
- Pero…Maestro – dijo Par Di Yo, a quien la botella y media de licor de flores trasegada en la sobremesa prestaba un inusitado descaro - …er…Es que el mandarinato de Mu-Cha Gui-Ta paga el doble que nosotros, además de ser mucho más prestigioso. No me parece lógico compararnos en un aspecto con ese mandarinato, tendríamos entonces que compararnos en los demás, e íbamos a salir perdiendo…
- ¿Es que estás borracho, Par Di Yo? ¿Qué disparates estás diciendo?
- Bueno, un poco sí, Maestro, yo…
- ¡Tú eres un irresponsable indigno! ¿No te das cuenta de que, si pagamos esa comida, creamos un precedente peligroso?
- Pero, Maestro, ¿qué precedente? Confucio decía que hacer lo que es justo es lo justo. Sería como si yo sostengo que, si pago los impuestos una vez, sentaré un precedente y luego el estado pretenderá que debo pagarlos todos los años. Pero es que debo pagarlos. Hacer lo que es justo y obligado no es crear precedente alguno.
- ¡Asno salvaje! Si les pagas la comida, ¿qué les impide venirte a reclamar el vestido? Se supone que también es un gasto extra ocasionado por el trabajo, porque si se quedaran en su casa, ¡podrían ir desnudos como las bestias! ¿Te parece poco precedente, Par Di Yo?
- Disculpad mi ignorancia, Maestro, pero…- a estas alturas, y con el licor de flores haciendo cada vez más efecto, Par Di Yo casi se veía como el legendario guerrero Che, defensor de los pobres- pero ¿alguna vez un trabajador os ha pedido el importe del vestido? Y supongo que, si alguno lo pide, sería tan fácil como negárselo. Porque hay cosas que son de sentido común, y otras que no lo son.
- Par Di Yo, parece que tienes un día especialmente poco brillante. En mi infinita paciencia, voy a darte una argumentación más: ¿te acuerdas del Kon Ve Ño?
- Eh, claro, Maestro. El Kon Ve Ño es el sagrado texto que rige, en buena parte, nuestras relaciones con los trabajadores.
- ¡Ajá! Pues ese sagrado texto mantiene que solo se deben pagar esos gastos cuando el trabajador sale de los límites de la provincia en la que se encuentra el mandarinato. Y los arrozales de Jo Dó no están fuera de la provincia. ¿Qué te parece esto?

Par Di Yo se rascó la cabeza durante unos momentos. Parecía estupefacto.

- Sois sabio, Maestro, y tenéis razón en lo que decís. Pero vuestro argumento me llena de congoja.
- ¿Por qué, si puede saberse?
- Porque nosotros no cumplimos ni una sola palabra de las que salen en el Kon Ve Ño, Maestro. Si lo invocamos ahora, a mí me parece que estamos perdidos. Entonces, los trabajadores dirán que tendrán que cumplir sus horarios, cobrar conforme a su categoría, no trabajar en festivos, que se les reconozca la antigüedad, …

Ku Ñao se cubrió la cabeza con las manos y se lanzó al suelo temblando:

- ¡Basta, Par Di Yo! ¡No puedo soportar esta visión! Dales a esos miserables dos monedas de cobre al día para que puedan pagarse la comida. Y déjame a ver si puedo relajar algo mi acongojada alma con el Libro de las Torturas del rey Ka-Bro Na-Zo. ¡Quítate de mi vista, funesto patán!
- ¡Oigo y obedezco, Maestro!

Y ese día, el mandarín Ku Ñao, aprendió que la ley del embudo no siempre funciona. Y cuando Par Di Yo entregó las monedas de cobre, se sintió menos miserable que de costumbre. Y los escribas recogieron estos hechos en un poema, como era uso común en estos días:

¡No pagues! dice el gerente,
que crearás un precedente.
A no ser que, al no pagar
puedas quizá provocar
una desgracia mayor,
como que el trabajador
te pretenda reclamar
lo que en ley le debes dar.
Si se da esta situación,
paga, no seas cabezón.


Estos hechos son rigurosamente históricos, aunque no os lo creáis.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Yo no tengo stress, yo estoy hasta los huevos

Parece que tenemos ciertos problemillas con el stress en la compañía. Je. A mí lo que me sorprende es que no se suiciden cada día quinientos curritos o, mejor, no asesinen a los gilipollas que dirigen sus empresas, o las peguen fuego. La gente es demasiado buena.

Yo y mis queridos compadres de recursos humanos no hacemos más que repetir a la gente que el stress es una percepción. Que depende de cómo te tomes las cosas, así son estas. Esto está muy bien, porque le estás diciendo a la gente que la culpa de tener stress la tiene él, que se toma las cosas demasiado a pecho. Así, la empresa queda a salvo y no tiene que hacer nada, puede seguir jodiéndote y decirte que no te lo tomes así.

No jodamos, macho. En muchas empresas, el stress no es una percepción, es un hecho objetivo. NADIE puede tomarse de una manera ecuánime y tranquila determinadas cosas, a no ser que sea la reencarnación de Gandhi. No se le puede pedir a la gente que sea capaz de alcanzar el Nirvana frente a un aluvión de gritos, presiones, plazos imposibles y putadas diversas. Eso está al alcance de muy pocos. En fin, no os dejéis engañar, lo cierto es que hay cosas mucho más importantes que el que tu jefe se compre otro yate, así que no te agobies, haz lo que buenamente puedas. Y si las cosas se desmandan, manda tu trabajo a tomar por culo. No conozco expresión más verdadera que aquella de "Dios proveerá".

Conservate bueno.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Cuentos de los mandarines: la flexibilidad de los juncos

Cierto día, el mandarín Ku Ñao despertó de su meditación vespertina. Deseoso de conocer la marcha de los negocios del Emperador, solicitó la presencia de su pupilo Par Di Yo.

- ¡Par Di Yo! Acude a mi celestial despacho.
- Oigo y obedezco, Maestro.
- Dime, Par Di Yo, ¿qué tal llevan nuestros escla…, digo, nuestros honorables funcionarios los negocios del Emperador?
- Bien, Maestro. La rentabilidad de los negocios es alta, sobre todo gracias a vuestra genialidad a la hora de gestionar personal. Debo reconocer mi asombro ante vuestra capacidad para conseguir que gente con contratos de 40 horas semanales curre más de 60.
- ¡Ah, Par Di Yo, hijo de una mona sindicalista! ¿Imaginas acaso que yo soy feliz cuando mis querido funcionarios deben hacer esfuerzos como estos? No, Par Di Yo, puedes creer que yo les amo como la rana a su charca. Desafortunadamente, así son los negocios.
- ¡Nada más lejos de mi intención que ofenderle, Maestro! Todos conocemos vuestro buen corazón. Pero, ¿qué significa que “así son los negocios”?
- Significa que, sin la flexibilidad suficiente por parte de los trabajadores, nuestro negocio no podría ser rentable. Tendríamos que cerrar, y la peste y las epidemias se extenderían por la nación. ¿Es esto lo que quieres, Par Di Yo?
- ¡Nunca, Maestro, que los dioses alejen de nosotros estas plagas! Pero,…¿queréis decir que si los honorables pringa…, los funcionarios no trabajaran 60 horas, nuestro negocio no sería rentable y llegarían las desgracias?
- Así es.
- Pero, Maestro, ¿quiere esto decir que la rentabilidad de este negocio depende de cuántas horas podamos robar a los funcionarios? Estoy perplejo, Maestro. Nada de lo que me enseñaron durante mis estudios hacia referencia a algo como esto. ¿Cómo puede plantearse siquiera un negocio que no puede ser rentable a no ser que deje de pagar lo que en buena justicia debe a sus trabajadores? ¿No es aberrante basar la rentabilidad de un negocio en cuanta fuerza de trabajo podamos usar sin pagarla? Siguiendo la sabiduría de los antiguos, un negocio así no debería existir. El sólo planteamiento es absurdo.

Ku Ñao respiró siete veces, se atusó los bigotes y miró fijamente a Par Di Yo:

- Par Di Yo, tienes suerte de que conozca a tu honorable padre desde hace largo tiempo. Porque estás empezando a recordarme a mi antiguo discípulo, Lis Ti Yo, al que tuve que enviar a pegar sellos a la región de Kin –Ta Os-Tia por su falta de espíritu.
- ¡Maestro, yo no pretendía…. ¡
- ¡Calla! ¿Cómo te atreves a criticar mi invento de la flexibilidad? Sin la flexibilidad, la empresa no es nada. El trabajador debe ser flexible cual junco, para ayudar a su empresa a ser competitiva. ¿O es que eres tan estúpido que no entiendes siquiera este sencillo concepto?
- Pero, Maestro – dijo Par Di Yo, con un hilo de voz – a mi eso me parece sabio…
- ¡Vaya, menos mal! ¿Y entonces?
- Es que eso de la flexibilidad ya lo recogen los antiguos códigos, Maestro. Está en el Es-Ta Tu To, aquel antiguo y olvidado libro que recoge como debe ser la relación entre los honorables funcionarios y la compañía. Poéticamente, ese hermoso libro designa ese concepto de flexibilidad como “horas extras”.
- ¿Lo ves?
- Pero, Maestro, no es lo mismo. “Flexibilidad” significa otra cosa en este caso. Una cosa es pedir flexibilidad, y pagarla, que es lo que dice el libro. En vuestra interpretación, la flexibilidad consiste en que los trabajadores nos regalen horas por la cara. Disculpadme, Maestro, pero no hay que ser una lumbrera para obtener rentabilidad si no pago las horas de trabajo.
- Par Di Yo, yo no sé si eres subversivo, o solamente estúpido cual buey borracho. Te voy a dar un argumento irrefutable para que asumas mi concepto de flexibilidad. ¿Estás listo?
- Sí, Maestro. Ardo en deseos de saber.
- O asumes mi concepto de flexibilidad, o te pongo en la puta calle. ¿Qué te parece, Par Di Yo?
- Lao Tsé no habría sido tan elocuente, Maestro. Ciertamente, vuestro argumento es irrefutable.
- Me alegra oírlo.
- A partir de ahora pediré siempre a mis trabajadores flexibilidad, amenazándoles con la mayor de las desgracias si no ayudan a su pobrecita empresa.
- Así me gusta, discípulo.
- Y cada hora que me regalen de su vida, será más oro en la bolsa del Emperador.
- Esta es la verdad, Par Di Yo.
- Verdad suprema, Maestro. En verdad sois el más sabio de los hombres, cuando podéis conseguir que las palabras signifiquen algo distinto a lo que en realidad significan.
- Este es un arte solo al alcance de los mandarines, Par Di Yo. Ahora, vete en paz.
- Sí, Maestro.

Y así fue como Ku Ñao inventó de nuevo el concepto de flexibilidad. Lo celebró con este poema, que cantaron sus hijos, y los hijos de sus hijos:

Si rentabilidad quiero
el camino claro está
conseguir que curren más
y no darles más dinero.
Esto es flexibilidad.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Muchos años después...

Tras leer "El corazón de oro de Ku Ñao", no me resisto a dejar aquí las palabras que, muchos años después, escribió Tolstoy:

"El diablo de la filantropía pretendió que los que roban por quintales pudieran pagar en gramos a los miserables a quienes robaron y que, gracias a ello, se labraran una reputación de virtud, sin necesitar ya perfeccionarse."

Consérvate bueno.

Cuentos de los mandarines: el corazón de oro de Ku Ñao

El mandarín Ku Ñao meditaba bajo los saludables efectos de su tercera pipa de opio cuando una idea, etérea cual caballito de mar, cruzó por su preclara mente. Llamó de inmediato a su pupilo Par Di Yo.

- ¡Par Di Yo! Acude a mi celestial presencia.

- Aquí estoy, oh, Maestro, ¿qué desea vuestra grandeza?
- Par Di Yo, he tenido una gran idea para granjearnos las simpatías del pueblo y encaminarnos hacia el Tao: he inventado la responsabilidad social corporativa.
- ¡Albricias, Maestro! ¿Y en que consiste ese magnífico invento?
- De lo que se trata es de que nuestro mandarinato haga buenas acciones hacia los pobres y desamparados.

Par Di Yo quedó desconcertado:

- Pero…Maestro, ¿no es esa función de los monjes y del estado? Yo pensé que nosotros estábamos aquí para incrementar las ganancias del Emperador.
- Sí, Par Di Yo. Pero debemos devolver a la sociedad algo de lo que esta nos da. ¿No te parece una idea que contribuiría a crear orden en el universo?
- Sin duda lo es, Maestro. Pero aún no entiendo bien en que consiste. ¿Podríais ponerme un ejemplo?
- Pues, por ejemplo, podemos ir al barrio Chun Go, y regalar a una familia un traje nuevo, con el logotipo de nuestro mandarinato. De esta forma descargamos nuestras conciencias y contribuimos al progreso general. Por supuesto, sería bueno que estuvieran todos los cronistas y escribas de la ciudad, para recoger nuestro gesto y que luego cunda el ejemplo. ¡Oh, Par Di Yo, dime! ¿Hay mayor felicidad que hacer el bien?
- Pero, Maestro. ¿Se trata de hacer el bien?
- Así es.
- Entonces, se me ocurre algo mejor, Maestro. Los monjes ya reparten ropa a las familias pobres. Lo que nosotros podemos hacer es subir los sueldos de miseria que pagamos a nuestros trabajadores, o quizá remunerarles todas las horas extras que hacen por la cara. También se me ocurre que podríamos dejar de engañar a nuestros clientes, vendiéndoles cosas que sabemos que son inútiles para ellos. O que podríamos pagar las facturas de los proveedores en tiempo y forma, en lugar de hacer que tengan que reclamarlas, o dejar de llevar una contabilidad creativa para evitar pagar impuestos. También podríamos dejar de tirar nuestros desperdicios al río, o dotar a nuestros trabajadores de las medidas de seguridad que exigen las leyes, y…¡Maestro, sólo tendríamos que seguir las enseñanzas de Confucio, y la faz del mundo cambiaría! ¿No es esto responsabilidad social corporativa? ¡Oh, Maestro, verdaderamente! ¿Hay mayor felicidad que hacer el bien?

El hermoso y sereno rostro de Ku Ñao empezó a desfigurarse de ira al escuchar las divagaciones de su discípulo:

- ¡Par Di Yo, eres necio cual asno ebrio! ¡Escucha bien, grulla flatulenta! ¿Es que pretendes arruinar al Emperador?
- Maestro, imploro vuestro perdón. Entendí que el bien, la ética,…
- ¡Cierra tu ignorante bocaza, Par Di Yo, y escúchame! Una cosa es hacer el bien, y otra ser gilipollas. De lo que se trata es de hacer un bien que parezca mucho, pero que cueste poco. De esta manera, la reputación del Emperador crece, pero su bolsa continua llena. ¿Lo entiendes ahora?
- Creo que sí, Maestro, disculpad mi ignorancia. ¿La idea, entonces, es mejorar nuestra reputación, pero sin hacer nada en realidad para cambiar las cosas?
- Tú llegarás lejos, Par Di Yo.
- ¿Cómo cuando regalo mis viejas zapatillas a los pobres, en lugar de echarlas al fuego?
- Esto es, Par Di Yo. Se trata de que las gentes vean tu gesto, y de tu gesto deduzcan que eres bueno. Así, se olvidarán de demandarte tus verdaderas obligaciones.
- ¿Aunque realmente seas más malo que un dragón con almorranas?
- Efectivamente. ¿Quién va a creer que es malo alguien que da un vaso de leche a un niño hambriento? Lo que cuenta es el gesto, Par Di Yo. Esta es una parte del Tao que se llama Mar Ke Ting.
- ¿Y cree que Confucio lo habría aprobado, Maestro? ¿No estamos faltando a la Verdad Suprema?
- Par Di Yo, Confucio era un filósofo, que no tenía que tratar, como nosotros, con los problemas diarios del comercio. La verdad es relativa.
- Me inclino ante vuestra sabiduría, Maestro.
- Pues empieza a obrar, Par Di Yo. Coge esas alfombras, que están para tirar, y dáselas a los pobres. Pero antes, asegúrate de que toda la ciudad se entera de lo que vamos a hacer. Y si te hacen un retrato regalando las alfombras, mejor. Luego lo haremos circular por pueblos y aldeas. Y cuando termines, compras alfombras nuevas para mi estancia. De las más finas y caras, que hacer el bien merece su recompensa. Y procura regatear hasta el último céntimo con el artesano alfombrero.
- Allá voy, Maestro.
- Ve en paz, hijo mio.

Y así fue como el mandarín Ku Ñao inventó la responsabilidad social corporativa. Y recogió la esencia de su sabiduría en estos versos:

Haz crecer al máximo tu reputación
para poder escaquearte de tu obligación.
Olvídate de Confucio
y acuérdate del Negocio.

Los cuentos de los mandarines

Para los que trabajamos en el área de consultoría, especialmente en el área de recursos humanos, no pasa desapercibida la presencia entre nosotros de la estirpe de los Mandarines. Son gente encumbrada, listos de cojones, cuya principal actividad es escribir libros y artículos, y proferir continuos disparates en público y en privado. La soberbia de los mandarines es inversamente proporcional a su nivel de sentido común. Normalmente, no entienden un pijo de personas, ya que su egoismo es ilimitado, pero pontifican un montón de buenas intenciones que ellos son los últimos en cumplir. Lo curioso es que esta casta, sin la cual el progreso quizá sería posible, se conoce desde muy antiguo. De hecho, un antiquísimo manuscrito chino que obra en mi poder por azares del destino, escrito por un agudo observador de la realidad llamado Ka Pu Yo, recoge una serie de relatos protagonizados por algunos de los mandarines más notorios de aquel tiempo. Por su interés, iré transcribiendo algunos de esos relatos para ilustración de la masa. Cualquier parecido con la realidad empresarial de cualquiera es pura coincidencia.

Consérvate bueno.