viernes, 15 de febrero de 2008

Delirio nº 51

Bueno. Empieza a pesarme un poquito la semana. Ayer, hasta las diez y pico de la noche dando clase. Que yo sea profesor en algún máster da una idea de la irresponsabilidad que hay en el mundo. ¿Qué podemos esperar después de la juventud? Pero es lo que tiene ser Director de Operaciones, que pareces algo. Normalmente, no tienes ni puta idea de lo que hablas, pero lo dices con una seguridad que la gente hasta toma apuntes.

Realmente, lo que hago cuando doy clase es enviarles mensajes subliminales, les hipnotizo sin que se den cuenta, y les convierto en “durmientes”. Tienen una sugestión posthipnótica, de modo que cuando oigan la palabra “luisaragonés” ejecutarán su misión, arrojando el televisor por la ventana y saliendo a la calle a arrancar los números de los portales. Esto provocará que las cartas no puedan ser entregadas, porque el cartero no sabrá el número del portal, y no se molestará en contarlos, porque es un coñazo. Al no recibir correspondencia, la gente no se enterará de que en Corporación Dermoestética tienen una oferta de 3 tetas por 2, por ejemplo. La industria nacional se hundirá, será el caos, llanto y crujir de dientes. Esto me permitirá ejecutar mis planes de dominación mundial. No puede fallar.

El que avisa no es traidor.

jueves, 14 de febrero de 2008

Por decir algo

"Cuando Troglo Jones se despertó aquella mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto". Esto lo dijo mi amigo Kafka un día que me vió antes de afeitarme.

Después de unos días engañando clientes a jornada completa, volvemos a dedicarle algo de tiempo a poner disparates en el blog, único remedio eficaz para retrasar la metamorfosis en consultor. Los clientes bien, gracias, contentísimos de tener menos dinero en la cartera y haber disfrutado de mi simpatía y buen hacer. Al paso que voy me convertiré en gurú, o en mandarín.

Habrá que poner en marcha el Plan B. Consiste en convertirme en señor y amo del mundo. Si alguien quiere apuntarse, que envie sus datos personales escritos con letra muy clara en un billete de 200 euros, y yo le contactaré.

Pues eso.

lunes, 11 de febrero de 2008

La extraña enfermedad de James Mulligan

- Enfermera, que pase el siguiente.

La enfermera salió de la consulta del doctor y, a los pocos instantes, abrió la puerta y entró un hombre de unos 40 años.

- Buenas tardes.
- Buenas tardes, señor…- el médico miró la agenda con las citas –... Mulligan. Siéntese, por favor.
- Gracias, muy amable.
- Creo que no nos conocemos, ¿verdad, señor Mulligan?
- No, es la primera vez que vengo. La verdad es que hasta ahora he tenido buena salud. Pero, últimamente…

El señor James Mulligan se quedó callado. El médico le animó a seguir.

- ¿Sí? ¿Ha notado algo extraño últimamente?
- Extraño, sí, esa es la palabra. Me pasan unas cosas un poco raras. No sé como empezar.
- Um, quizá si me cuenta cuando empezó a notar esas cosas raras tengamos un punto de partida.
- ¿Cuándo? La verdad es que no tengo muy claro cuando empezó, ha sido algo muy sutil. Pero sí que recuerdo claramente una mañana, mientras me afeitaba…
- ¿Sí?
- Pues verá, había terminado de afeitarme, me había echado el after shave, la colonia, y me estaba dando una crema hidratante. En ese momento me fijé en los tres frascos, alineados sobre el lavabo y, sin poderlo controlar, una idea me vino a la cabeza,…ejem…
- Tranquilo, señor Mulligan. ¿Cuál era esa idea?
- Pues, verá, pensé: “con lo que valen esas tres mierdas, una familia de Honduras podría vivir un mes”.
- ¿Eso pensó?
- Sí. No pude evitarlo, se me metió en la mente, como si me influyera una fuerza externa. ¿Es grave, doctor?
- Bueno, bueno. Calma, aún tenemos pocos datos. ¿Ha notado algo más?
- Pues, lo cierto es que sí – se veía que James Mulligan hacía un verdadero esfuerzo para hablar – Sucedió un día que iba a coger el coche…
- ¿Qué coche tiene usted?
- El todo terreno más monstruoso del mercado. Como le digo, iba a subir y, de nuevo, esa fuerza irresistible metió una idea en mi cabeza.
- ¿Y qué pensó?
- Pensé: “¿por qué cojones tienes que ir a todos lados en coche, además en ese pedazo de monstruo que ocupa cuatro carriles?”
- ¿Qué me dice?
- Lo que oye, doctor. Y eso no es lo peor…
- ¿Hay más?
- Sí, doctor. ¡Me fui a trabajar andando!
- ¡Es posible!
- ¡Como lo oye! Y lo he hecho otras veces desde entonces. Y además es que…¡me gusta!
- Bueno, señor Mulligan – dijo el doctor – Cierto es que lo que me ha contado hasta ahora es un poco preocupante, pero puede no ser serio. ¿Ha detectado algún síntoma extraño más?
- Pues sí, doctor. En el trabajo.
- ¿A qué se dedica usted?
- Soy consultor. Trabajo en una buena empresa, estoy bien considerado, gano dinero, soy socio de la compañía, pero…últimamente, con los clientes…
- ¿Sí? ¿Qué pasa?
- ¡Siento unas ganas irresistibles de decirles la verdad, doctor! ¡De contarles que las cosas carísimas que nos compran no sirven para nada, y que podrían resolver la mayoría de sus problemas con un poco de sentido común! Hasta ahora he podido resistirme a hacerlo, pero – James Mulligan se agarró la cabeza con las manos - ¡no sé cuanto podré aguantar!
- Tranquilícese, señor Mulligan. Estoy aquí para ayudarle. Escuche, ahora voy a hacerle algunas preguntas para definir mejor su caso. ¿De acuerdo?
- Dígame, doctor.
- ¿Ve usted la tele?
- La verdad que…muy poco – James Mulligan se sonrojó.
- ¿Y qué hace entonces?
- Pues…leo.
- ¿El Marca, supongo?
- Jamás leo el Marca, doctor – dijo, atribulado, James Mulligan – Leo…
- ¿¿Libros?? – preguntó el doctor, horrorizado.
- ¡Sí, doctor, libros!
- ¡Pero serán de Dan Brown, por lo menos!
- No, doctor. Leo a autores como Borges, Papini, Jorge Amado, Galeano, Sartre,…- las lágrimas corrían ahora por las mejillas de James Mulligan.
- ¡Dios Santo! Esto puede ser más grave de lo que pensaba. Dígame, ¿no escuchará usted música, por casualidad?
- Pues sí.
- Dígame que es Paulina Rubio, o Bisbal.
- No, doctor. Escucho música clásica y, también – a James Mulligan se le hizo un nudo en la garganta - ¡jazz!

Al doctor se le cayeron las gafas de la impresión.

- ¡Jazz! ¡Y encima no será fusión, ni smooth! ¡Será del de alta graduación!
- Thelonius Monk, mayormente – dijo Mulligan con un hilo de voz.
- Pero, ¿está usted loco, hombre de Dios? ¿Usted sabe lo que pueden suponer esos hábitos para su salud? Respóndame a otra pregunta: ¿se le ocurren a usted ideas, piensa que las cosas podrían ser diferentes a como son?
- ¡Constantemente!
- ¡Madre mía! Una última pregunta, señor Mulligan. ¿Qué valor le da a la opinión que tiene la gente sobre usted?
- ¿Qué gente?
- La gente, en general.
- Pues la verdad, doctor,…- James Mulligan se retorcía las manos - …¡la verdad es que me la sopla!

El médico se echó hacia atrás en el asiento, y se frotó el puente de la nariz. Entonces dijo:

- No hay duda. Sufre usted un ataque de personalidad.
- ¿Personalidad? ¡Imposible! – gritó James Mulligan – Me la extirpé hace mucho tiempo, cuando estaba en la universidad y empecé a comprarme toda la ropa de marca.
- La personalidad es muy traicionera, señor Mulligan – dijo el doctor – Si uno no la vigila constantemente, puede volver a reproducirse. Parece que existe cierta propensión genética. Me temo que es su caso.
- ¿Qué puedo hacer, doctor? – sollozó James Mulligan - ¿Volveré a ser normal, a hacer lo que todo el mundo, a disfrutar con Gran Hermano?
- Su caso es serio, señor Mulligan, no voy a engañarle. Necesitaremos una terapia de choque.
- ¡Estoy dispuesto a lo que sea, doctor!
- Hay varias medidas inmediatas. Primero, tiene usted que ir en coche hasta a cagar. ¿Entendido?
- Sí, doctor.
- Y procure comer en el McDonalds o en el VIPS siempre que pueda. Si no hay ninguno cerca, pregunte por el local de moda.
- De acuerdo.
- Con respecto a los libros y los discos, tírelos, tiene que dejarlos de inmediato. Lea solamente revistas del corazón o, como mucho, el 20 Minutos. Y escuche los 40 principales todo el día.
- Pero doctor…
- ¡Todo el día, señor Mulligan! Esto es serio, ¿entiende?
- Sí, doctor. Todo el día.
- Vea un mínimo de cuatro horas de televisión al día, y cómprese todo lo que vea en los anuncios. Evite los documentales y programas educativos. En cuanto al trabajo, lea de nuevo todos los libros de gurús, tipo “¿Quién me ha mangado el queso?” y similares, hasta que se los crea.
- ¡Eso es imposible, doctor!
- O eso, o tendrá personalidad el resto de su vida, señor Mulligan. Usted decide. Es su salud.

James Mulligan suspiró.

- Está bien, doctor. ¿Cree que con esas medidas extremas me curaré?
- Si sigue usted este régimen a rajatabla, señor Mulligan, volverá usted a ser una medianía que sólo dice vaciedades y hace lo que todo el mundo. Se lo garantizo.
- ¡Doctor, es usted mi padre! ¿Cómo podré agradecérselo?
- Vamos, señor Mulligan. Mi trabajo es ayudar a la gente, y es suficiente recompensa. Siga mis consejos y volveremos a tenerle sano y estúpidamente feliz. Y antes de irse – el doctor apretó el botón del interfono - ¡Enfermera! Preparé 100 centímetros cúbicos de propaganda electoral para el señor Mulligan. En vena. Esto le mantendrá suficientemente idiotizado hasta llegar a casa. Y al llegar, ya sabe, ponga de inmediato la tele.
- Mil gracias otra vez, doctor.
- Gracias a usted, señor Mulligan. Y procure no relacionarse mucho las próximas dos semanas. La personalidad puede ser contagiosa en ocasiones.

Y esto fue lo que pasó, más o menos.

viernes, 8 de febrero de 2008

Mala racha

Vaya racha que llevamos. Espero que esto no se convierta en un obituario. Pero no puedo dejar de rendir un mínimo homenaje a un músico de jazz que ha sido, si no uno de los más conocidos, sí un músico magnífico.

Ha muerto Pete Candoli, trompetista potente donde los hubiera, la leyenda de la orquesta de Woody Herman, el tantas veces acompañante de Sinatra, el que tocó con Tommy Dorsey, Count Basie,…

En la foto está detrás de su hermano pequeño, el también excelente trompetista Conte Candoli, fallecido hace unos años. Por suerte existe la música grabada, aunque no sea lo mismo, y aún tengo algunos discos de esta pareja, juntos y por separado, para seguir disfrutando de su maestría.

Descanse en paz, “Superman” Candoli.

miércoles, 6 de febrero de 2008

La máquina del ritmo

Ha muerto el gran percusionista cubano Tata Güines. Desde aquí un homenaje a este músico autodidacta, línea directa del gran Chano Pozo, que tocó con Cachao, Chico O’Farril, Mario Bauzá, etc. Yo tengo algunos discos en los que aún puedo disfrutar de su arte, con Jane Bunnett, “Maraca” Valle, o con Bebo y Cigala en el celebérrimo “Lágrimas Negras”.

En esta foto aparece con sombrero y sonrisa en la tumbadora con el grupo de Cachao. Para interesados, magnífica fuente la Diaz-Ayala Cuban and Latin American Popular Music Collection http://gislab.fiu.edu/smc/

El mundo tiene hoy un poco menos de ritmo.

Poemas de la oficina

Siempre es recomendable releer al gran Mario Benedetti. Especialmente magníficos encuentro sus “Poemas de la oficina”, de los que transcribo un ejemplo aquí. ¡Cuántas veces no me habré sentido así, no me habrá pasado esto! Y a todos, supongo.

Voy a cerrar la tarde
se acabó
no trabajo
tiene la culpa el cielo
que urge como un río
tiene la culpa el aire
que está ansioso y no cambia
se acabó
no trabajo
tengo los dedos blandos
la cabeza remota
tengo los ojos llenos
de sueños
yo qué sé
veo sólo paredes
se acabó
no trabajo
paredes con reproches
con órdenes
con rabia
pobrecitas paredes
con un solo almanaque
se acabó
no trabajo
que gira lentamente
dieciséis de diciembre.

Iba a cerrar la tarde
pero suena el teléfono
sí señor enseguida
comonó cuandoquiera.

Si se puede, se compra uno el libro. Si no, podéis encontrar este y otros libros de Benedetti en la revolucionaria web del Viejo Blues, http://www.viejoblues.com/.

Consérvate bueno.

lunes, 4 de febrero de 2008

Cuentos de los mandarines: el ascenso de los humildes

Cierta mañana, el mandarín Ku Ñao llegó a su despacho y llamó a su pupilo predilecto, Par Di Yo:

- ¡Par Di Yo! Deslízate cual serpiente veloz hasta mi despacho. Y tráeme un té con galletitas.
- ¡Sus deseos son órdenes, Maestro!

Mientras Ku Ñao bebía con delectación su té, al que había añadido un generoso chorrito de sake sin que lo viera Par Di Yo, preguntó a su acólito:

- Dime, Par Di Yo, ¿cómo están los ánimos entre los desgra…, entre los trabajadores del mandarinato?
- La verdad es, Maestro, que no están demasiado animados. Hay bastantes quejas por la carga de trabajo, y no hay mucho compromiso con la compañía. Me temo que bastantes de ellos están pensando irse a trabajar a otro lugar.
- ¡Ratas desagradecidas! Les das trabajo y un sueldo suficiente para no morirse de hambre, y así te lo pagan. La iniquidad humana no tiene límites, Par Di Yo. ¡Recuérdalo!
- Sí, Maestro, el trabajador es desagradecido por naturaleza.
- Así es. Pero todo tiene arreglo. He tenido una idea genial para devolver la motivación a esta colección de bueyes descerebrados, y que vayan a trabajar con alegría en el corazón y música en el alma. ¡Je, je, je! He inventado la pirámide invertida.
- Pero, Maestro, ¿es posible?
- Todo es posible para un mandarín, Par Di Yo. Han iluminado mi mente los escritos del gran Gu-Rú.
- Maestro, no me digáis que os creéis lo que dice Gu-Rú, si es una sarta de necedades, que…bueno, o quizá es que yo no lo he entendido bien – dijo Par Di Yo al ver que la cara del mandarín Ku Ñao iba arrugándose peligrosamente.
- Par Di Yo, un día voy a perder mi celestial paciencia y vas a aparecer en el I Nem.
- ¡Maestro, piedad, perdonad a esta rata miserable! – dijo arrodillándose Par Di Yo al oír mencionar el nefasto nombre del I Nem, tabú para los trabajadores de cualquier mandarinato.
- ¡Calla! Y deja de temblar cuál hoja de loto. Tráeme ahora mismo el OrGa-NiGra-Ma, despreciable patán.
- ¡Al instante, Maestro!

Par Di Yo regresó transportando un gran cuadro, en el que se representaba una pirámide. En la cúspide de esa pirámide aparecía la cara del Emperador. Justo por debajo aparecían los retratos de los mandarines más ilustres. Según se iba descendiendo por la pirámide, aparecían rostros de funcionarios de menor rango, hasta llegar a la amplia base de la misma, donde se acumulaban los trabajadores de menor nivel.

- Bien, Par Di Yo- dijo Ku Ñao – supongo que, a pesar de ser un despreciable ignorante, estás familiarizado con este OrGa-NiGra-Ma.
- ¡Por supuesto, Maestro! Recoge, en forma de pirámide, la estructura de la empresa, de arriba abajo.
- Bien. Ahora reúneme en el Salón de Ceremonias a todos los chupa…a todos los trabajadores. Les voy a meter una charla motivadora que ni con siete pipas de opio.
- ¿Ahora, Maestro?
- ¿Osas replicarme, Par Di Yo? ¡Vuela!
- ¡A la orden, Maestro!

Las órdenes de Ku Ñao fueron cumplidas a rajatabla, y los funcionarios del mandarinato fueron reunidos en el Salón de Ceremonias. Estaban expectantes ante las noticias que podrían darles. Entonces, apareció en el escenario del Salón la imponente figura de Ku Ñao, seguido por Par Di Yo, que transportaba el OrGa-NiGra-Ma. Colocó este sobre un atril, de forma que pudiera ser visto por todos.

- ¡Os saludo, honorables trabajadores!- tronó la voz de Ku Ñao.
- ¡Que las bendiciones caigan sobre tu cabeza! – contestaron todos los trabajadores a coro.
- Hijos míos, os he reunido aquí para haceros conscientes de lo importantes que sois para este mandarinato. Muchos de vosotros pensaréis que vuestro trabajo no es importante, que sólo sois una parte insignificante de un inmenso engranaje, un simple ladrillo en la Gran Muralla. Pero no es así. ¡Vuestro trabajo es de la más grande importancia!

Los funcionarios bullían inquietos, esperando las grandes revelaciones de Ku Ñao.

- Observad el OrGa-NiGra-Ma. Todos lo conocéis. El Emperador está en la cúspide de la pirámide, y vosotros abajo. ¡Pues bien, no es así!- berreó Ku Ñao.
- ¡Oh!
- ¡Uh!
- ¡Ah!

El asombro de los funcionarios era palpable ante las atrevidas palabras de Ku Ñao. El mandarín preguntó entonces:

- Decidme, ¡oh, funcionarios! ¿Cuál es la razón de ser de esta empresa?
- ¿El dinero? – apuntó el funcionario Jo Don.
- ¡Cretino miserable! – dijo furioso Ku Ñao- ¡Los CLIENTES! ¡Ellos son nuestra razón de ser, lo más importante! ¿Y dónde están los clientes?
- ¿Con la competencia? – volvió a intervenir Jo Don.
- ¡Descerebrado abyecto! ¡Están AQUÍ! – Y Ku Ñao señaló un punto por debajo de la base de la pirámide- ¡Sois vosotros los que atendéis directamente a los clientes! Y, si los clientes son lo más valioso, lo más importante, entonces…

Y Ku Ñao, con un grácil movimiento de muñeca, dio la vuelta al OrGa-NiGra-Ma, quedando la ancha base en la parte superior y la cúspide en la inferior.

- ¡Oh!
- ¡Uh!
- ¡Ah!

Dijeron los funcionarios.

- …entonces – continuó Ku Ñao - ¡Vosotros sois los más importantes de la empresa! ¿Lo entendéis, hijos míos? Vosotros sois los que aseguráis la supervivencia de este mandarinato, los verdaderamente importantes. Todos los demás, desde los mandarines hasta el Emperador, están aquí únicamente para ayudaros en vuestra sagrada misión, a vuestro servicio. ¡Esta es la verdadera forma de mirar el OrGa-NiGra-Ma!

¡El murmullo en las filas de los funcionarios era cada vez mayor! ¡Las palabras de Ku Ñao habían despertado gran excitación! El mandarín empezaba a felicitarse por el éxito que iba a tener su charla motivadora cuando pidió la palabra el funcionario Bo Ka Za.

- Maestro,…
- Dime, hijo mío.
- ¿Nosotros estamos, entonces, en la parte más alta de la pirámide?
- Esta es la verdad, Bo Ka Za.
- Entonces hay algo que se me escapa, Maestro – dijo Bo Ka Za, rascándose la cabeza.
- ¿Qué es ello, hijo mío’
- ¿Por qué, entonces, los que estamos en la parte más alta de la pirámide somos los que menos cobramos?

El mandarín Ku Ñao se quedó paralizado como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Y sólo acertó a contestar:

- ¡Eh! ¡Uh! ¡Oh!

Y se desató un gran revuelo en el Salón de Ceremonias. Una carcajada, estruendosa cual eructo de dragón, retumbó por la estancia.

- ¡Jo, jo, jo! ¡Jua, jua, jua! ¡Muy bueno, Bo Ka Za! ¡Ahí le has dao!

El funcionario Ka Chon Do pidió la palabra y dijo:

- Como yo soy el último mono en esta empresa debo estar en el punto más alto del organigrama. Creo que lo justo es que se me traiga en palanquín al trabajo.
- ¡Jo, jo, jo! ¡Jua, jua, jua! – se descojonaron los funcionarios.

Revuelo general. Par Di Yo no pudo reprimir más tiempo una carcajada, que rogó a los cielos no hubiera sido escuchada por Ku Ñao.

- Como yo hago el trabajo de nivel más ínfimo y, por tanto, el más importante- dijo Be Ka Rio – creo que lo justo es que reciba tres concubinas más.
- ¡Jo, jo, jo! ¡Jua, jua, jua!
- Ya que está a nuestro servicio, ¿alguien puede avisar al Emperador de que me traiga un Ku Ba Ta Tres Delicias? Es para atender al cliente más motivado aún – soltó Jo Don.
- ¡Jo, jo, jo! ¡Jua, jua, jua! ¡Ji, ji, ji! – los funcionarios se retorcían por el suelo de risa ante esta tremenda irreverencia.
- ¡BASTA! – dijo Ku Ñao, con la cara desfigurada por la ira. Al tiempo, aplicó una certera patada de kung fu al OrGa-NiGra-Ma, devolviéndolo a su posición original, con la cúspide en la parte superior - ¡Pedazos de asno, no entendéis nada, no estáis preparados para la gestión moderna! ¿Así pagáis mis intentos de motivaros? ¡Pues a seguir como antes! ¿Estáis contentos?
- Quizá sea lo mejor, Maestro – se oyó una voz entre las filas de funcionarios.
- Sí, podemos pasar que nos exploten, pero que también nos bacilen con pirámides invertidas es un poco excesivo – dijo otra.

Ku Ñao no pudo reprimirse y lanzó una antigua maldición manchú:

- ¡KaGon To Do! ¡Todo el mundo a trabajar, la reunión ha terminado!

Los funcionarios desfilaron rápidamente, escuchándose aún alguna risilla. Cuando el Salón de Ceremonias se hubo vaciado, dijo Ku Ñao:

- ¿Tú has visto, Par Di Yo? Con estas bestias no se puede hacer nada. No tienen espíritu, ni entienden la nueva gestión. Es echar margaritas a los cerdos. ¿A dónde vamos con esta juventud?
- Verdaderamente, Maestro, no aprecian los esfuerzos que se hacen por ellos.
- ¡Exacto, Par Di Yo! En fin, lo mejor es que me eche una siesta para serenarme, y recuperarme del contacto con estos animales. ¡Y quita de mi vista esa pirámide!
- A la orden, Maestro.

Y así la pirámide volvió a ser lo que nunca había dejado de ser. Y los escribas dejaron constancia de este suceso en los versos de rigor:


Ten cuidado con soltar
muy grandes gilipolleces
porque las más de las veces
te las tendrás que tragar.
Porque que la gente trague
nunca ha querido decir
que si además les bacilas
lo vayan a consentir