martes, 9 de diciembre de 2008

Flip

Recuperamos hoy a un saxofonista que, a pesar de pasarse 50 años dando guerra, la mayoría de la gente no recuerda, o recuerda muy poco, Flip Phillips. El bueno de Flip, Joseph Edward Filipelli de nacimiento, trabajó en bandas como la de Benny Goodman, Red Norvo, o incluso con la de uno de los músicos de jazz más peculiares que en el mundo han sido, el trompetista Wingy Manone, al que faltaba el brazo derecho (llamándose Manone, parece cachondeo). El más importante de todos, sin embargo, fue su trabajo con Woody Hermann, donde formó parte del famoso First Herd, o “primera manada” del amigo Woody.


Flip fue un músico activisimo en el famoso “Jazz at the Philarmonic”, aquellos conciertos organizados por el empresario Norman Granz, que unían a músicos swing con músicos bop en una especie de grandes jam sessions. Aquí traemos uno de estos, el de septiembre del 47, en el Carnegie Hall de Nueva York. Siempre se asocia a Flip Phillips con este tema, “Perdido”, de Juan Tizol. A Flip le encantaban esas “batallas”, en las que los músicos se medían entre sí, y aquí está especialmente eléctrico, haciendo quizá la interpretación más recordada de toda su carrera. Os recordará un poco a su gran influencia, “Big” Ben Webster. Con 80 años, Flip todavía hacia estas cosas, pegándose con saxofonistas decadas más jóvenes.


Para que no os volváis tarumba, os dejo el orden de los solos: empieza Flip, como no podía ser menos; sigue la trompeta de Howard McGhee, el eslabón perdido entre Roy Eldridge y Fats Navarro, otro olvidado de campanillas; después, otro saxo feroz, el de Illinois Jacquet (y no es un apodo, se llamaba así), definidor de esa escuela “texas tenor”, y que más adelante se atrevió también con...¡el fagot!; solo de piano a cargo del gran Hank Jones, más información sobre este monstruo en el blog de nuestra amiga Esther; y cierra la cosa el trombón de Bill Harris, otro de los buenos del rebaño de Hermann. Aunque no tengan solo, no me olvido del bajista, Ray Brown, y el batería, Jo Jones. Casi nadie al aparato.


16 minutos de puro espectáculo. Escuchar a la gente dar gritos. Da gusto.



domingo, 7 de diciembre de 2008

Cuentos de los mandarines: las Seis Verdades

Cierto día del año del Cerdo (con Per-Dón), el mandarín Ku Ñao relajaba su espíritu jugando al ancestral juego de los chinos con su discípulo, Par Di Yo:


- ¡Tres! – dijo Par Di Yo.

- ¡Cuatro! A ver. ¡Je, je, je! Siempre te Pi-Yo, Par Di Yo. Eres ingenuo cual Te-Lé Tu-Bi. Bien, es hora de que dejemos nuestro oriental esparcimiento y nos dediquemos al trabajo.

- Maestro – dijo Par Di Yo – Ya que, con esta crisis, nos tocamos la barriga más de lo normal, quería aprovechar para plantearos la...la Gran Pregunta.

- ¿La Gran Pregunta, Par Di Yo? ¿La Pregunta del Mi-Yón?

- La misma, Maestro.

- Par Di Yo, ¿estás seguro, batracio imprudente? Mira que, una vez planteada la pregunta, ya no hay marcha atrás.

- Estoy seguro, Maestro.

- Plantea pues la pregunta, Par Di Yo.

- Maestro – dijo Par Di Yo, tembloroso cual flan chino - ¿Qué Ko-Ño es eso de ser consultor?

- ¡Los dioses nos asistan, Par Di Yo! ¡Has planteado la Gran Pregunta! Pero me temo, escarabajo de la Pa-Ta-Ta, que es una pregunta imposible de contestar, incluso para un mandarín.

- Maestro, yo pensé que los tipos que son consultores y que cobran un pastón por perpetrar informes ridículos, serían capaces de responder con facilidad a esta sencilla pregunta.

- ¿Qué insinúas, serpiente de las rocas?

- Nada, Maestro, nada.

- Está bien, Par Di Yo, tú lo has querido. Hora es ya de que escuches las Seis Verdades, aquellas que definen en qué consiste el trabajo del consultor.

- ¿Las Seis Verdades, Maestro?

- Las Seis Verdades, Par Di Yo. Son estas tan importantes y tan solemnes que, cada vez que diga una de ellas, debes hacer sonar el gong de ceremonias. ¡Arréale al gong de una vez, tortuga artrítica!


¡GOOONGG!


- Esta es la Primera Verdad, Par Di Yo. El trabajo de consultor consiste en dar nombres esotéricos a cosas evidentes.

- ¿Cómo es eso, Maestro?

- Cuando yo te digo que eres más lento de entendederas que un gusano de seda adicto al A-Nís, esto se llama, por ejemplo “feedback negativo”.

- ¡Vaya!

- O cuando pido opinión a otros sobre como hago mi Ku-Rro, también se llama “feedback”.

- ¿Y por qué no lo llamamos pedir opinión?

- Porque entonces nadie tomaría en serio a nuestra casta. Hay que darle un nombre lo más hermético posible. ¡Arréale al gong, legumbre con patas!


¡GOOONGG!


- Esta es la Segunda Verdad, Par Di Yo. Debemos copiar cosas que otros copiaron antes que nosotros y cambiarles de nombre para que parezcan nuevas.

- ¿Qué decís, Maestro?

- Coge ese pergamino del Imperio Vie-Ju-No, Par Di Yo. Léelo, ¿qué dice?

- ¡Glub! Maestro, esto se parece sospechosamente a lo que vendemos ahora.

- Cierto, Par Di Yo. ¿Por qué esforzarse? Lo único que hay que hacer es coger el Pa-Lé y llamarle Mo-No-Po-Ly. ¡Arréale al gong, marmota de la pradera!


¡GOOONGG!


- Esta es la Tercera Verdad, Par Di Yo. Debemos cobrar un pastón por informes que no dicen absolutamente nada, y que podría realizar un gorila borracho.

- De hecho, Maestro, son realizados por un gorila borracho cuando tenemos suficiente presupuesto.

- Cierto es, Par Di Yo, que ya te instruí suficientemente sobre los informes. ¡Arréale al gong, gamba alucinada!


¡GOOONGG!


- Esta es la Cuarta Verdad, Par Di Yo. Debes considerar a tus clientes como imbéciles a los que es necesario decir que “la comunicación es fundamental” o que “el capital humano es el valor diferenciador de las empresas”. Y este tipo de cosas debes decirlas cada vez que hables. Especialmente en conferencias, debes encadenar frases como estas, una detrás de otra, cual ejercito imperial.

- ¡Qué crueldad, Maestro!

- Así somos los mandarines, duros como la roca. ¡Arreale al gong, bestezuela disoluta!


¡GOOONGG!


- Esta es la Quinta Verdad, Par Di Yo, y es fundamental. En tu trabajo, siempre, debes convertir lo sencillo en algo tan complejo que al honorable cliente se le cambien de sitio los hemisferios cerebrales al leerlo o escucharlo. Bien es cierto que con algunos clientes se notaría poca diferencia, excepto que se rascarían el Ku-Lo con la otra mano.

- Maestro, yo creí que el trabajo de consultor consistía en simplificar lo complejo y...

- Par Di Yo, ¿puedes acercarme un momento aquel Ma-Zo de grandes dimensiones?

- Mejor no, Maestro.

- ¡Arréale al gong, Cen-To-Yo perezoso!


¡GOOONGG!


- Esta es la Sexta Verdad, Par Di Yo. Debes ser capaz de impartir formación sobre cualquier tema, conocido o desconocido, y conseguir que sea inútil siempre. El colmo de la perfección consiste en tener un solo curso para todo, e irle cambiando de nombre según el tema.

- Pero, ¿qué decís, Maestro?

- Esta es la cruel verdad, Par Di Yo, ciervo cornudo. Has abierto la caja de Pan-Do-Ra, y ahora tienes que apechugar. Ya sabes la verdad, Par Di Yo. Trae ahora un cargamento de licor de flores, que tengo la garganta seca cual piedra pómez, y quiero beber para olvidar.

- Oigo y obedezco, Maestro.


Y así fue como Par Di Yo conoció las terribles Seis Verdades. Y los escribas recogieron estas enseñanzas para las próximas generaciones en los versos de rigor:


Qué las hamburguesas son

o al consultor la verdad

créeme, amigo preguntón

es mejor no preguntar.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Buddy Childers

De vez en cuando, además de grandes monstruos, me gusta hacer entradas con los “pequeños” del jazz, con esa mayoría de semidesconocidos pero extraordinarios profesionales, que también han contribuido, y mucho, a crear esta música y a darle forma a lo largo del tiempo. Para mí, y para muchos aficionados, no hay mayor felicidad que encontrar un disco oscuro, desconocido, de gente que pensabas que nunca había grabado como líder.


No es tanto el caso de mi invitado de hoy, el trompetista Buddy Childers, que a la mayoría sonará poco o nada. Buddy, que murió el año pasado, no era un desconocido. Tocó en la banda de Stan Kenton (¡11 años!), donde llegó a los 16, niño prodigio autodidacta. Por cierto, qué trompetas tenía Kenton, además de Buddy estaban el fenomenal Ernie Royal, o Conte Candoli...pero esta es otra historia. Buddy también tocó con las bandas de Woody Hermann, Benny Carter, Tommy Dorsey o Charlie Barnett. Y también grabó algunos discos como líder, aunque pocos. No está mal el curriculum. Pero era polifacético, así que fue también piloto de avión, y un fotógrafo bastante competente.


Veréis que Buddy tiene un toquecillo west coast (vivió muchos años en L.A.), un tono muy bonito, muy calido, delicado pero con swing, con mucho sentimiento. Y es que las Big Bands eran una gran escuela. Aquí oímos a Buddy con su cuarteto, consistente en Arnold Ross (sofisticado pianista que también tocaba la trompeta, el clarinete y el violín), Harry “Oso” Babasin (gran bajista y cellista, decía que había participado en más de 1.500 grabaciones) y Boone Stines (batería en la línea Shelly Manne). Este arreglo de “Bernie’s tune” lo hicieron durante una gira con Charlie Barnett en la que tocaron en el hotel Holiday House, de Nassau, Bahamas (¡qué mamones!). Así que podéis cerrar los ojitos, olvidar el frío, y pensar que estáis en un hotel de y pico de estrellas de las Bahamas, con un colocotroco de piña colada, y escuchando a Buddy y sus colegas.


¿No es esto felicidad?



viernes, 5 de diciembre de 2008

De cómo Kinkón, el gorila llorón, inventó el Renól Cinco

Vale, el título me ha quedado bien. Eso sí, no tengo la más remota idea de qué escribir para rellenarlo.


Y es que, realmente, el mundo del marketing es así. Primero, se te ocurre un título o un nombre muy bueno como, yo qué sé, Renól Cinco, y luego te inventas el producto. Por ejemplo, para el nombre de Renól Cinco, Kinkón, el gorila llorón, pensó en una colonia, una cuchilla de afeitar, y también le gustó mucho para un grupo pop, aunque al final dijo, pues venga, un coche.


Y así fue como Kinkón, el gorila llorón, inventó el famoso Renól Cinco. Y me quedo tan ancho.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El fugitivo

¡Tap! ¡Tap! ¡Tap! Mis pasos resonaban en la calle, desierta aquella noche. El frío era helador, y tenía unas ganas enormes de llegar a casa y meterme en la piltra. Llegaba a mi portal, cuando mis ágiles ojillos detectaron un bulto sospechoso. Alguien se ocultaba en el hueco del portal. ¿Sería un mangante?


Cuando uno ha sido director de operaciones y socio de compañía, se está acostumbrado a tratar con delincuentes variados. Así que, silbando una cancioncilla, me acerqué disimuladamente y, cuando estaba al lado del bulto, me abalancé y agarré por el cuello al tipo, porque era un tipo, que se escondía.


- ¿Qué hace ahí acechando, qué quiere? – le dije.

- ¡Por favor, señor, no me pegue! ¡Estoy asustado, por eso me escondo!


Me fije mejor en él, y encontré que era un hombre elegantemente vestido, aunque sin ostentación. Hablaba con educación, aunque se le notaba muy asustado.


- ¿Qué le pasa, hombre? ¿De qué tiene miedo? – le pregunté mientras le soltaba.

- De...de ellos, señor. Me persiguen, intentan acabar conmigo. ¡Todos ellos!

- ¿Quiénes son “todos ellos”? – aquello me sonaba un poco paranoide – Y, ¿quién es usted, a todo esto?

- Discúlpeme, caballero, me llamo Gusto. Buen Gusto.

- ¿Buen Gusto? ¿El famoso Buen Gusto?

- Sí, señor.

- Pero, ¿usted no había muerto?

- No, no, señor, sigo vivo, aunque por los pelos. Como le decía, me persiguen, ¡quieren eliminarme! Cada vez me quedan menos sitios en los que ocultarme.

- Cálmese, hombre. ¿Quién quiere eliminarle?

- ¡Oh, señor, tengo tantos enemigos! ¿Ha puesto usted la tele últimamente? ¿Oye la radio? ¿Ha oído los temas del top 40? ¿Lee los periódicos? ¿Ha visto los libros más vendidos? ¿Los tonos que se ponen en los móviles? ¿Las...?

- ¡Calle, calle, que me están dando escalofríos!

- ¿Lo ve, señor? Estoy sentenciado, vienen a por mí. Creo...¡creo que se acercan! ¡Tengo que irme!

- ¡Espere! ¿No quiere ocultarse en casa unos días?

- Disculpe, señor, pero sé que tiene usted de adorno una figurita de esas de una sevillana que en realidad es una botella, y no creo que pudiera resistir su visión.

- ¡Eh, que eso ya estaba ahí cuando compré la casa!

- No se enfade, caballero. ¡Tengo que irme, se acercan! ¡Adiós, señor! ¡Gracias por todo!

- ¡Adiós!


Y se fue, con un correr elástico y elegante. Apenas le había perdido de vista cuando un coche giró en la esquina y entró en la calle. Pese a las ventanillas subidas, el “chunda, chunda, chunda” atronaba la noche. Sí, le perseguían.


“Pobre hombre” pensé. Debe ser horrible ser un fugitivo. Así que subí a casa y tiré la figurita por la ventana.

martes, 2 de diciembre de 2008

No le ocurre nada a su ordenador

No intente cambiar de blog. Ahora somos nosotros quienes controlamos la transmisión. Controlamos lo horizontal y lo vertical. Podemos abrumarle con miles de chorradas o hacer que una simple sandez alcance una claridad cristalina, y aún más. Podemos hacer que vea cualquier cosa que conciba nuestra imaginación. Durante los próximos momentos controlaremos todo lo que vea y oiga. Está usted a punto de experimentar el asombro y el misterio que se extiende desde lo más profundo de la mente, hasta más allá del límite...


- ¡Troglooooo! ¡A cenaaar, que se enfría, coño!


¡Vaya, hombre! Ahora que habíamos conseguido crear clima. Perdonar, pero es que mi loro ha hecho tortilla de whisky, y eso sí que es canela fina de más allá del límite. No os vayáis, que enseguida vuelvo.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Bix

Bix. Palabra corta, contundente, que suena a jazz. Como Monk. Como Bud. Como Bird. No hace falta añadir más.


Una palabra que llega desde la noche de los tiempos. Bix. El fantasma de un cornetista muerto hace más de tres cuartos de siglo. Recuerdo algunas entrevistas, conversaciones con músicos de jazz en las que, de repente, alguno, muy mayor ya, decía:


- Yo llegué a tocar una vez con Bix Beiderbecke.


Y lo decían con un tono como de estar en misa, casi de susto, como si dijeran:


- Un respeto, que yo he comido con la reina de Inglaterra.


¿Qué tenía este hombre, que pasó como un meteoro por el mundo del jazz, para que se le siga recordando con ese respeto? Bix, la gran esperanza blanca. Como tantos otros, una personalidad compleja con una amiga peligrosa: la botella. Los locos años veinte. La Ley Seca. Y Bix bebía, bebía y bebía. No sólo fue un músico legendario. Fue un bebedor legendario.


Bix. Siempre me gusta recordar esta anécdota. Cuentan que, en una de sus “malas rachas”, sin un duro, acosado por la depresión, se refugió en casa de un amigo. Cuando este amigo regresó a su casa después de un corto viaje, se encontró a un vecino en el portal. Éste le dijo: “Su amigo lleva varios días tocando hasta las cinco de la mañana”. El amigo de Bix, horrorizado, contestó: “¡No sabe cuánto lo siento! Está pasando un momento difícil, pero ahora mismo voy a hablar con él seriamente, no volverá a ocurrir, se lo aseguro”. El vecino, sorprendido, exclamó: “¡No, no, no me ha entendido! Por favor, no le diga nada. Deje que siga tocando”.


Y es que, fijaros, Bix era tan bueno que los vecinos preferían oirle tocar en vez de dormir. El flautista de Hamelin del Chicago, años 20. ¿Será verdad esta hermosísima leyenda urbana? Ojalá. Ojalá lo sea.


1927 fue el gran año de Bix. Aquí os lo dejamos, con el grupo de su amigo Frankie Trumbauer. La banda es buena, aunque me parece que Bix, aún contenido, va por delante años. Decadas. Siglos. O así me lo parece a mí. Esto es “I’m coming Virginia”, y el breve toque mágico de Bix comienza en 1:28, más o menos.


Leon Bismarck “Bix” Beiderbecke murió en agosto de 1931. La causa oficial de la muerte fue neumonía y edema cerebral. Lo que le mató fue la bebida, especialmente el alcohol ilegal trasegado durante la Prohibición. Tenía 28 años.