Sí, ya sé que no me he escoñao con el título del post. Pero a ver, que al final se me echa la Nochebuena encima y no he puesto ningún villancico. A ritmo de jazz, claro está Así que aquí va, Dianne Reeves y el hiperfamoso “Jingle Bells”. Disfrútenlo.
No os paséis comiendo y bebiendo, que nos conocemos. En estas fechas en las que hasta a mi loro, el malvado Puto Bocazas, se le suaviza un poco la mala leche, desear a todos una muy Feliz Navidad. Muchas gracias.
Cuando se despertó aquella mañana, Blumental Primero se notó raro. Entonces se dio cuenta de que estaba al revés. Donde debería tener la cabeza, tenía los pies, y la cabeza donde los pies. Así que se levantó, lanzándose de cabeza al suelo y, en vez de vestirse como las personas de bien, por los pies, empezó a vestirse por la cabeza. Claro que al estar la cabeza en el sitio de los pies, ¿no significaba esto que se estaba vistiendo como las personas de bien? Blumental Primero anotó esta paradoja con la mano izquierda, que estaba donde debía estar la derecha, en la última página de su cuaderno, que estaba en el lugar donde debería estar la primera, y se propuso revisarla cuando tuviera tiempo.
Blumental Primero se sentó sobre sus hombros en la silla, concretamente en las patas, que estaban donde debía estar el asiento, y en esta incómoda posición se puso a reflexionar con los pies. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?, preguntose. Así que recapituló, a ver si encontraba alguna explicación. Y pensando, pensando...
“Sube la cotización en Bolsa de las empresas que despiden gente”, pensó Blumental. “Los honestos son considerados imbéciles, y se premia a quien no tiene escrúpulos”, se dijo después. “En vez de ayudar a los pobres, ayudamos a los bancos”. “Los gobiernos, que deberían servirnos, son nuestros amos”. ¡Ya sé que ha pasado!, dijo Blumental Primero, dándose una palmada en el empeine. ¡Esto es una variante de la teoría de la evolución! Como sucedían todos estos disparates y viviamos en el mundo al revés, la naturaleza, que es sabia, se ha adaptado para evitar un colapso cósmico, y lo ha puesto todo patas arriba para que cuadre con la realidad. Pero esto tiene arreglo, sólo hay que empezar a hacer las cosas bien para que todo vuelva a ser como debería ser.
Y allá que se fue Blumental Primero a pregonar su descubrimiento. Pero sucedió que, al ponerse los calcetines para no tener frío en la cabeza, no veía ni jota, así que se cayó de pies escaleras arriba, partiéndose la crisma al llegar al ático. Y así estamos desde entonces.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Hay que reconocer que, para dedicarse al jazz, es un buen comienzo haber nacido en Nueva Orleans, de padre saxofonista y madre pianista. ¡Así cualquiera! Eso sí, también hay que reconocer que, para destacar en cualquier cosa, llamarse John Johnson es un palo, porque es un nombre bastante soso. Por eso, un apodo como “Plas” ayuda lo suyo.
Así que hoy os presento al saxofonista Plas Johnson, que es un músico al que casi nadie conoce y al que, sin embargo, todos hemos oído tocar en múltiples ocasiones. ¿Que cómo es esto posible? Pues resulta que el amigo Plas trabajó sobre todo como músico de estudio, en Hollywood y esas cosas. Y perteneció durante años a la banda del hiperfamoso Henry Mancini (cuatro Oscars le contemplan). Y resulta que la orquesta de Mancini grabó la banda sonora de...¡tachán!, “La Pantera Rosa”. Así que cada vez que oigáis la introducción de “La Pantera Rosa”, recordar que ese saxo sugerente que escucháis es el de Plas Johnson, inmortalizado ya para siempre.
El amigo Plas tiene un sonido muy peculiar, muy suyo, muy calido, ese sonido que los americanos suelen llamar “furry” (algo así como “afelpado”, “aterciopelado”), también con cierto toque a lo Ben Webster, y que le hace casi instantáneamente reconocible. Cuando salía de los estudios, su música está bastante influida por el gospel, y tiene cierta tendencia al R&B, como uno de sus saxofonistas favoritos, Illinois Jacquet. Aunque era (aún es, ojo) un músico muy versátil.
Con ese sonido, es el músico ideal para cuando tenéis planes románticos. Aunque no tanto este standard, que se llama “Just friends”, y puede confundir sobre vuestras intenciones, je, je. Le acompañan una serie de grandes músicos de estudio, Emil Richards al vibráfono (que tocó con gente como Don Ellis, Kenton, Sinatra o hasta Frank Zappa), Burkley Kendrix al órgano (compañero en varias ocasiones del guitarrista Howard Roberts), Jimmy Bond al bajo (tiene miga llamarse James Bond, podéis oirle en muchos discos de Chet Baker, aunque ha tocado con mucha gente), y se supone que es Earl Palmer a la batería (muy asociado al R&B, tiene incontables grabaciones con gente como Little Richard, Tom Waits, Peggy Lee o Gillespie). Ahí vamos, simple, sencillo y directo. Porque el jazz también es así.
Que digo yo que qué vagas son las hojas. No hacen más que ponerse ahí, en blanco, y, hala, uno tiene que llenarlas de cosas, de letras. Y no te ayudan nada, las jodías. Se quedan ahí, esperando, diciendo, a ver, pringao, a ver qué se te ocurre. Y si no se te ocurre nada, te miran raro, encima, como que se cachondean. O te crees que se te ha ocurrido algo interesante, y cuando lo pones sobre la hoja, no sé qué hace la hoja, lo modifica o algo, pero escrito te parece una idiotez, y dices, soy subnormal. Y antes te vengabas arrugando la hoja, todo iracundo, y la hacías una pelota, y se la tirabas al loro. Pero ahora, con el ordenador, ni eso te queda.
Pero ya paso de todo. Que se las apañe la hoja, hombre, que ya estoy harto de currar sólo yo. ¿No es tan lista? Pues, hala, aquí la dejo, en blanco, y a ver qué hace, y cuando acabe, que me llame para firmar, como a los directores de operaciones. Ya que es tan fácil inventar, hala, hala. Que aquí mucho sabemos criticar, pues a ver qué sabemos hacer.
Y esto se lo dedico a Mario Benedetti, que se fastidie, en venganza por escribir él tan bien y yo tan mal.
Si hay algo que no me gusta de estas entrañables fechas navideñas es que vienen a mi casa, cual plaga de langosta, mis 25 hijos, pretendiendo comerse mi jamón especial para las depresiones y encima que les dé aguinaldo.
- ¿Y de dónde has sacado tú 25 hijos, Julio Iglesias? - me pregunta mi sarcástico loro, Puto Bocazas.
Pues no sé, la verdad. Yo creo que, en realidad, son gorrones que se hacen pasar por hijos. No es que sea mal pensado, es que hay uno que tiene como 20 años más que yo, y yo tan precoz no he sido en mis relaciones como para tener hijos antes de haber nacido. Y otro es un bisonte, y yo creo que de una relación con una bisonta me acordaría, ¿no?
Así que este año he decidido sortear los hijos, en la campaña "Siente un hijo a su mesa". Los que leáis esto tenéis que elegir un número del 1 al 25, todos tienen premio, a ver que hijo de Troglo os toca. Si no elegís, los sortearé yo mismo, al azar. Qué emoción. Suerte.
Recuperamos hoy a un saxofonista que, a pesar de pasarse 50 años dando guerra, la mayoría de la gente no recuerda, o recuerda muy poco, Flip Phillips. El bueno de Flip, Joseph Edward Filipelli de nacimiento, trabajó en bandas como la de Benny Goodman, Red Norvo, o incluso con la de uno de los músicos de jazz más peculiares que en el mundo han sido, el trompetista Wingy Manone, al que faltaba el brazo derecho (llamándose Manone, parece cachondeo). El más importante de todos, sin embargo, fue su trabajo con Woody Hermann, donde formó parte del famoso First Herd, o “primera manada” del amigo Woody.
Flip fue un músico activisimo en el famoso “Jazz at the Philarmonic”, aquellos conciertos organizados por el empresario Norman Granz, que unían a músicos swing con músicos bop en una especie de grandes jam sessions. Aquí traemos uno de estos, el de septiembre del 47, en el Carnegie Hall de Nueva York. Siempre se asocia a Flip Phillips con este tema, “Perdido”, de Juan Tizol. A Flip le encantaban esas “batallas”, en las que los músicos se medían entre sí, y aquí está especialmente eléctrico, haciendo quizá la interpretación más recordada de toda su carrera. Os recordará un poco a su gran influencia, “Big” Ben Webster. Con 80 años, Flip todavía hacia estas cosas, pegándose con saxofonistas decadas más jóvenes.
Para que no os volváis tarumba, os dejo el orden de los solos: empieza Flip, como no podía ser menos; sigue la trompeta de Howard McGhee, el eslabón perdido entre Roy Eldridge y Fats Navarro, otro olvidado de campanillas; después, otro saxo feroz, el de Illinois Jacquet (y no es un apodo, se llamaba así), definidor de esa escuela “texas tenor”, y que más adelante se atrevió también con...¡el fagot!; solo de piano a cargo del gran Hank Jones, más información sobre este monstruo en el blog de nuestra amiga Esther; y cierra la cosa el trombón de Bill Harris, otro de los buenos del rebaño de Hermann. Aunque no tengan solo, no me olvido del bajista, Ray Brown, y el batería, Jo Jones. Casi nadie al aparato.
16 minutos de puro espectáculo. Escuchar a la gente dar gritos. Da gusto.
Cierto día del año del Cerdo (con Per-Dón), el mandarín Ku Ñao relajaba su espíritu jugando al ancestral juego de los chinos con su discípulo, Par Di Yo:
- ¡Tres! – dijo Par Di Yo.
- ¡Cuatro! A ver. ¡Je, je, je! Siempre te Pi-Yo, Par Di Yo. Eres ingenuo cual Te-Lé Tu-Bi. Bien, es hora de que dejemos nuestro oriental esparcimiento y nos dediquemos al trabajo.
- Maestro – dijo Par Di Yo – Ya que, con esta crisis, nos tocamos la barriga más de lo normal, quería aprovechar para plantearos la...la Gran Pregunta.
- ¿La Gran Pregunta, Par Di Yo? ¿La Pregunta del Mi-Yón?
- La misma, Maestro.
- Par Di Yo, ¿estás seguro, batracio imprudente? Mira que, una vez planteada la pregunta, ya no hay marcha atrás.
- Estoy seguro, Maestro.
- Plantea pues la pregunta, Par Di Yo.
- Maestro – dijo Par Di Yo, tembloroso cual flan chino - ¿Qué Ko-Ño es eso de ser consultor?
- ¡Los dioses nos asistan, Par Di Yo! ¡Has planteado la Gran Pregunta! Pero me temo, escarabajo de la Pa-Ta-Ta, que es una pregunta imposible de contestar, incluso para un mandarín.
- Maestro, yo pensé que los tipos que son consultores y que cobran un pastón por perpetrar informes ridículos, serían capaces de responder con facilidad a esta sencilla pregunta.
- ¿Qué insinúas, serpiente de las rocas?
- Nada, Maestro, nada.
- Está bien, Par Di Yo, tú lo has querido. Hora es ya de que escuches las Seis Verdades, aquellas que definen en qué consiste el trabajo del consultor.
- ¿Las Seis Verdades, Maestro?
- Las Seis Verdades, Par Di Yo. Son estas tan importantes y tan solemnes que, cada vez que diga una de ellas, debes hacer sonar el gong de ceremonias. ¡Arréale al gong de una vez, tortuga artrítica!
¡GOOONGG!
- Esta es la Primera Verdad, Par Di Yo. El trabajo de consultor consiste en dar nombres esotéricos a cosas evidentes.
- ¿Cómo es eso, Maestro?
- Cuando yo te digo que eres más lento de entendederas que un gusano de seda adicto al A-Nís, esto se llama, por ejemplo “feedback negativo”.
- ¡Vaya!
- O cuando pido opinión a otros sobre como hago mi Ku-Rro, también se llama “feedback”.
- ¿Y por qué no lo llamamos pedir opinión?
- Porque entonces nadie tomaría en serio a nuestra casta. Hay que darle un nombre lo más hermético posible. ¡Arréale al gong, legumbre con patas!
¡GOOONGG!
- Esta es la Segunda Verdad, Par Di Yo. Debemos copiar cosas que otros copiaron antes que nosotros y cambiarles de nombre para que parezcan nuevas.
- ¿Qué decís, Maestro?
- Coge ese pergamino del Imperio Vie-Ju-No, Par Di Yo. Léelo, ¿qué dice?
- ¡Glub! Maestro, esto se parece sospechosamente a lo que vendemos ahora.
- Cierto, Par Di Yo. ¿Por qué esforzarse? Lo único que hay que hacer es coger el Pa-Lé y llamarle Mo-No-Po-Ly. ¡Arréale al gong, marmota de la pradera!
¡GOOONGG!
- Esta es la Tercera Verdad, Par Di Yo. Debemos cobrar un pastón por informes que no dicen absolutamente nada, y que podría realizar un gorila borracho.
- De hecho, Maestro, son realizados por un gorila borracho cuando tenemos suficiente presupuesto.
- Cierto es, Par Di Yo, que ya te instruí suficientemente sobre los informes. ¡Arréale al gong, gamba alucinada!
¡GOOONGG!
- Esta es la Cuarta Verdad, Par Di Yo. Debes considerar a tus clientes como imbéciles a los que es necesario decir que “la comunicación es fundamental” o que “el capital humano es el valor diferenciador de las empresas”. Y este tipo de cosas debes decirlas cada vez que hables. Especialmente en conferencias, debes encadenar frases como estas, una detrás de otra, cual ejercito imperial.
- ¡Qué crueldad, Maestro!
- Así somos los mandarines, duros como la roca. ¡Arreale al gong, bestezuela disoluta!
¡GOOONGG!
- Esta es la Quinta Verdad, Par Di Yo, y es fundamental. En tu trabajo, siempre, debes convertir lo sencillo en algo tan complejo que al honorable cliente se le cambien de sitio los hemisferios cerebrales al leerlo o escucharlo. Bien es cierto que con algunos clientes se notaría poca diferencia, excepto que se rascarían el Ku-Lo con la otra mano.
- Maestro, yo creí que el trabajo de consultor consistía en simplificar lo complejo y...
- Par Di Yo, ¿puedes acercarme un momento aquel Ma-Zo de grandes dimensiones?
- Mejor no, Maestro.
- ¡Arréale al gong, Cen-To-Yo perezoso!
¡GOOONGG!
- Esta es la Sexta Verdad, Par Di Yo. Debes ser capaz de impartir formación sobre cualquier tema, conocido o desconocido, y conseguir que sea inútil siempre. El colmo de la perfección consiste en tener un solo curso para todo, e irle cambiando de nombre según el tema.
- Pero, ¿qué decís, Maestro?
- Esta es la cruel verdad, Par Di Yo, ciervo cornudo. Has abierto la caja de Pan-Do-Ra, y ahora tienes que apechugar. Ya sabes la verdad, Par Di Yo. Trae ahora un cargamento de licor de flores, que tengo la garganta seca cual piedra pómez, y quiero beber para olvidar.
- Oigo y obedezco, Maestro.
Y así fue como Par Di Yo conoció las terribles Seis Verdades. Y los escribas recogieron estas enseñanzas para las próximas generaciones en los versos de rigor: