- ¡RIIIING! ¡RIIIING! ¡RIIING!
- ¿Sí? ¿Dígame?
- ¿La señora Clementina?
- Sí, soy yo.
- ¿Acepta usted una llamada a cobro revertido desde Sudáfrica de un tal Naranjito?
- ¡Grrr! Sí, claro que la acepto. ¡Pásemelo!
- ¡PRRR! ¡CRAC! ¡CRAC! ...¿Clementina?
- ¡Naranjito! ¿Eres tú? ¿Estás bien?
- ¡Clementina, soy yo! Sí, muy bien.
- ¡Te voy a hacer rodajas, Naranjito! ¡Sólo a ti se te ocurre irte a Sudáfrica sin decir nada!
- Eh, te dejé una nota.
- ¿Esa de la nevera que ponía “vuelvo enseguida”? ¡Ya hablaremos tú y yo! ¿Estás loco, Naranjito? ¿Qué tramabas?
- Clemen, Clemen, escucha. Ya sabes que, ahogado por la amargura, tramaba vengarme.
- ¡Qué manía!
- Así que me acerqué al hotel de la selección española dispuesto a echarles un gafe de campeonato. Pero, entre que estaba muy controlado, el seleccionador tenía cara de buena gente, y como que me empezó a entrar el fervor patrio, empecé a pensar otra cosa.
- ¡Miedo me das, Naranjito!
- Sí, Clementina, decidí jugar un papel decisivo en éste Mundial, pero de otra manera. Resulta que, como sabrás, nuestro rival en la final va siempre de naranja, así que, entre ellos, me resultaba fácil pasar desapercibido. Además, eran unos chicos muy simpáticos. Al verme tan anaranjado, rápidamente hicimos buenas migas, je, je. Y estuve todo el rato pegadito a la selección holandesa. Y ya ves el resultado, Clementina. Soy un gafe, sí, y gracias a éste gafe la selección ha ganado el Mundial. Nunca sabrán que me lo deben a mí, pero no me importa. ¡Soy feliz, y he saldado mis deudas con la historia!
- ¡Ay, qué hombre éste! ¡Me vas a matar a disgustos! En fin, ¿cuándo vuelves?
- Bueno, de eso quería hablarte también. Es que me he hecho amigo de un loro y nos vamos a quedar unos días por aquí a celebrarlo y eso.
- ¡Naranjito! ¿Qué dices? ¡Que todos los loros son unos golfos! ¡Vente inmediatamente para acá!
- ¡Te oigo fatal, Clementina! ¡Se va a cortar! En cuanto pueda, te vuelvo a llamar. ¡Un beso!
- ¡Grrr! ¡Un beso!





