Estaba el otro día hablando con un peligroso chiflado, porque yo sólo me relaciono con gente seria. Y estaba yo ponderando la gran voz de Sarah Vaugahn cuando el chiflado en cuestión, asintiendo a mis razones, me puso como otro ejemplo de luminaria musical a una conocida cantante española que, cada vez que abre la boca para cantar, desafina más que el Caminero anunciando las natillas Danone. Ya iba yo a argumentarle con un taburete sobre la sesera que cómo se atrevía a hacer ciertas comparaciones, cuando me salió del bolsillo superior de la camisa (siempre lo llevo ahí) Mario Benedetti y le soltó:
Tienen una acendrada
vocación para el canto
pero hay una minucia
que a veces las separa.
Mientras que al ruiseñor
puede salirle un gallo
al gallo en cambio nunca
le sale un ruiseñor
Y el chiflado desapareció en una nube de azufre. Así que me pude beber su cubata, que estaba por la mitad. Y es que algunos somos contundentes y otros, como Benedetti, son elegantes.
Pues eso, Feliz 2009 a todos, y muchas gracias por pasar por aquí. Espero que sigamos dándole caña mucho tiempo.
Acabé 2008 con un adios, el de Freddie Hubbard, y quiero empezar 2009 con algo más agradable, con un cumpleaños. Hoy cumple 90 añazos de “enfant terrible” Jerome David Salinger, ese tipo tan raro que, hace ya años, me dejó sin aliento con una novela llamada “El guardián entre el centeno”. Felicidades.
Ayer se nos fue uno de los grandes, Freddie Hubbard. Trompetista en la tradición Clifford Brown-Lee Morgan, para mí ha sido uno de los gigantes del jazz. Siempre me gustó especialmente.
Creo que no exagero si digo que Freddie ha tocado con todo el mundo. Y su trompeta, además de en sus propios discos, está en algunas de las grabaciones más importantes que se han hecho en el jazz, como “The blues and the abstract truth”, de Oliver Nelson, “Out to lunch” de Dolphy, “Maiden Voyage” de Herbie Hancock, “Speak no evil”, de Wayne Shorter...y tantos otros.
Freddie compuso este “Lament for Booker” en memoria de su amigo el también trompetista Booker Little, fallecido a los 23 años. Que nos sirva hoy como un “Lament for Freddie”, y como un homenaje a toda su música. Le acompañan James Spaulding, flauta, Herbie Hancock al piano, Reginald Workman al bajo y Clifford Jarvis, batería. La foto es de Francis Wolff.
Erase una vez, en el mundo de Oz, en un mundo de princesas, unicornios y arco iris radiantes, que había un malvado antisistema. Fijaros si era malo el antisistema que decía que las cosas eran injustas, que estaban mal hechas, y que había que cambiarlas. La sola aparición del antisistema hacia que los animalitos se escondiesen, y que los bebés se pusieran a llorar en sus cunitas. Hasta la bolsa bajaba por culpa del antisistema.
Hasta que llegó un día que el antisistema quemó su último contenedor y se comió su último niño. Pese al peligro de sus palabrotas, setecientos valientes policias lo rodearon y consiguieron reducirle. Y el malvado antisistema fue condenado a callarse y no joder la pava más, que aquí todo va dabuten. Y si no, que se fuera a Cuba, a ver si le gustaba más.
Niños y niñas, siempre que veáis un antisistema, correr y gritad muy fuerte, y llamar a papa y a mama y a la policia. Para que no os equivoquéis, os dejamos este dibujo del malvado antisistema.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Moraleja: Antisistema no sé, pero yo hay días que me liaba a hostias y me quedaba solo.
Durante muchos años existió en Venice, California, en el 711 de Venice Boulevard, una barbería. Aunque uno no necesitara un corte de pelo, podía entrar en aquel lugar, aspirar esos olores de barbería de antaño, y decirle al vejete arrugado que la regentaba, “Buenos días, ¿el señor Brun Campbell?”.
“¿Desea el señor cortarse el pelo?”, os diría aquel tipo con aire socarrón. “No, señor. He venido a por algunas historias de Scott Joplin y los tiempos del ragtime”. Porque lo cierto es que aquel tipo no cortaba demasiado bien el pelo, pero era Brun Campbell, y sabía contar historias. Sonriendo, se levantaría de su silla, dejaría su periódico, daría la vuelta al cartel de la puerta, colocando el “CLOSED”, se sentaría, encendería un puro, y os contaría una historia increíble, su historia. La historia de un muchacho de 14 años que tocaba el piano, y al que en una ocasión, tocando en una tienda de instrumentos musicales en Oklahoma, se le acercó un mulato impecablemente vestido, le entregó una partitura, y le preguntó: “¿Puedes tocar esto para mí?”. Aquello se llamaba “Maple Leaf Rag”. El año era 1898, y la vida de Brun Campbell nunca volvió a ser la misma. “¿Quién ha escrito esto?” le preguntó al elegante desconocido. Y supo entonces que existía un tal Scott Joplin, y que vivía en Sedalia, Missouri. En aquellos tiempos, las cosas eran más simples. Así que Brun, simplemente, se fue a Sedalia a buscar a Scott Joplin para que le enseñara. Lo encontró. Y fue su primer y único alumno blanco.
Brun os contaría también como conoció a otros grandes del ragtime, Otis Saunders, aquel elegante desconocido, o Scott Hayden, o los hermanos Turpin. Y luego os haría partiros de risa y abrir la boca de asombro con sus aventuras tocando en saloons y teatros, o de cómo tocó para Buffalo Bill, o Bat Masterson, o forajidos como Emmett Dalton. Bueno, hay que reconocer que, con Brun, uno no sabía muy bien donde acababa la realidad y empezaban sus fantasias, pero no importaba demasiado. Después, con una cierta nostalgia en la voz, Brun os contaría que se retiró de la música en 1908, cuando se casó y tuvo que buscar un trabajo serio. Abrió esta barbería en 1928.
Entonces os dariais cuenta de que en la barbería hay un piano vertical, bastante vetusto. Puede que Brun no os contara la historia del piano, pero el piano tenía su historia, la historia más importante, pues es la que convirtió a Brun Campbell en el Gran Brun. Tras varios años alejado del mundo de la música y dedicado a su barbería, Brun se enteró de que Lisotte, la viuda de Scott Joplin, estaba en una situación económica desesperada. Lo que hizo Brun fue comprar ese piano y llevárselo a la barbería. Luego, creó una editora de discos, “Brun”. Y grababa en la barbería. Cosas como “Maple Leaf Rag”. Y otras piezas de Joplin, todo de Joplin. Porque sólo grababa con un objetivo: poder pagar derechos de autor a su viuda, y ayudarla de aquella manera.
¿Veis ahora por qué le llamo el Gran Brun, aunque nadie le conozca ni le recuerde? Porque, a veces, en un mundo desbocado y egoísta, un barbero de Venice nos recuerda lo que seguimos siendo: humanos.
En fin. Si estaba de buen humor, Brun Campbell se despediría de vosotros con este “Barber Shop Rag”. Que tenga un buen día, señor.
Mi nombre es Puto Bocazas, de profesión, loro. Mi autoproclamado propietario, al que usted seguramente conocerá, es un chiflado tacaño y rastrero llamado Troglo Jones, exdirector de operaciones.
Me pongo en contacto con usted para hacerle constar mi malestar respecto a la calidad de los regalos entregados por su compañía este año.
En primer lugar, la caja de pienso para loros que he recibido puede calificarse como de calidad inferior. Aunque yo prefiero, y creo que es más ajustado a la realidad, calificarla como mierdosa. En lugar de enviarme el “Loro´s Delicatessen” elaborado por Ferrán Adriá que solicité, me entregan una bazofia que no se tragaría ni un avestruz drogada.
En segundo lugar, la piedra de afilar picos “Gilito Mach-3” que me han traído se parece sospechosamente a un ladrillo mangado de una obra.
En tercer lugar, no he encontrado en los paquetes recibidos rastro del Rolex de oro y diamantes que constaba claramente en mi pedido. Parece que ha habido cierta confusión. En su lugar he encontrado un teléfono de plástico lleno de gominolas.
Ante una falta de seriedad semejante por su parte, me veo en la obligación de comunicarle que, a menos que estos errores se subsanen de inmediato, iniciaré acciones contra su compañía. Resumiendo, se va a cagar.
Por último, dígale de mi parte a Troglo que es un rata miserable porque, aunque estoy acostumbrado a vivir en los árboles, no me he caído de un guindo, y lo de “Papa Noel” no cuela.
Quedando a la espera de sus noticias y planeando mi venganza, reciba un cordial insulto de
El amigo Ralph me recordó hace unos días que hay NAVIDADES y navidades, y me trajo a la cabeza un viejo villancico de Carlos Mejía Godoy, que tenía toda la mala leche del mundo encerrada en una amable musiquilla. Aunque podamos cambiar algunos nombres, desgraciadamente las cosas no han cambiado demasiado.