Elegante y sobria portada para el saxofonista más rápido a este lado del Mississipi, el amigo Johnny Griffin. Es un disco del 56, y el diseño de la portada es de W. Hopkins, que está firmada, ojo. También podéis ver los músicos que acompañan al amigo Johnny, Junior Mance al piano, Buddy Smith a la batería y Wilbur Ware al bajo. Por cierto, Wilbur hizo sólo un disco como líder, “The Chicago Sound” (también me gusta la portada), acompañado casualmente por...Junior Mance y Johnny Griffin entre otros, y es que todos eran chicaguenses. Cosas de la geografía musical.
Esto es un original de tío Griffin, “Satin Wrap”. Os podéis quitar el sombrero.
No sé cómo lo hicieron, ni cuándo empezó, pero lo cierto es que congelaron a la gente. A todo el mundo, incluso a mí. Dicen que fue a través de unos rayos que salían de la tele, o que los periódicos tenían algo que al tocarlos pasaba a la sangre. Otros dicen que fueron los famosos transgénicos. Incluso hay quien dice que algo tenía que ver con el fútbol. Yo que sé, ya sabéis que, a toro pasado, todo el mundo es muy listo y se dicen muchas chorradas.
Pero lo cierto es que la gente estaba, estábamos, congelados. Totalmente tiesos, no podíamos movernos. Era una sensación muy desagradable, la verdad. Y en esto subieron la edad de jubilación, y me dije, ah, ya está, ahora la gente se descongelará, nos descongelaremos, y nos moveremos, y ya verán. Pero no. Nada.
Así que siguieron. Y redujeron sueldos y derechos por la jeta. Mientras los listos de siempre se forraban más. Y yo pensé, ahora, ahora, la mala hostia nos abrasará tanto el corazón que nos descongelaremos, y se van a cagar. Pero no. Estábamos ahí, y jurábamos un poco entre dientes, era todo lo que podíamos movernos.
Así que siguieron. Nos hicieron reformas laborales, y subidas de impuestos, además. Como no nos podíamos mover, llegaban al punto de darnos collejas, y se reían:
- ¡Jo, jo, jo, jo!
Estaban muy seguros, porque todos estábamos congelados.
Por eso, la noche que ardió el Palacio de Invierno, nadie se lo esperaba. Y entonces, los listos se dieron cuenta del error. Habían congelado a la gente, sí. Pero se habían olvidado de los loros, que esperaban su oportunidad. Ahora ya es tarde.
Pues aquí va ésta de los tiempos gloriosos de RCA Victor, que tenía haciendo portadas a gente como Jim Flora, o el mismo Bob Jones, autor de ésta, con su línea humorística, de “dibujos animados”. Por su parte, Pete Jolly fue un pianista al que se identifica con aquello del West Coast. De larga carrera y polifacética carrera, llegó a grabar con los Carpenters, Frank Zappa o Tom Waits, además de con gente como Gerry Mulligan, Chet Baker o Art Pepper, y también tocó en mogollón de bandas sonoras de series y películas, como “Dos hombres y un destino”, “MASH”, o “Superagente 86”. Una mina, el muchacho. Éste es su disco de debut como líder, 1955. Alterna temas en duo, con el bajista Buddy Clark, en trio, sumando al batería Art Mardigan, o en cuarteto, añadiendo al cóctel al saxo Bill Perkins.
Y aquí va “Diablo’s Dance”, original de su amiguete Shorty Rogers, en formato trio. Marchita con los dedos rápidos de don Pete, que viene el diabólico lunes.
Pues se nos fue el último de los hermanos Jones. El bueno de Hank, curiosamente el hermano mayor, ha fallecido con 91 añazos. Se nos van acabando las leyendas. Gracias a mi amiga Esther, conservamos parte de esas leyendas en imágenes, como en esta maravillosa foto de Hank que me ha prestado. Gracias, friend.
En estos casos, siempre hay algo que me sirve de consuelo: seguro que, en algún lugar del mundo, ha nacido ya el nuevo Hank Jones. Así que, abundando en ese pensamiento, os dejo al hermano Hank, en colaboración con el hermano Elvin a la batería y George Mraz al bajo, con uno de los temas más importantes del hermano Thad, “A Child Is Born”.
Érase una vez un jubilado llamado Octogenaro Parménides. Era éste Octogenaro hombre de costumbres regulares, así que un día encendió la televisión y se enteró de que el Gobierno tenía la intención de bajarle la pensión. Ante la noticia, Octogenaro resumió en una exclamación la filosofía que había guiado su vida:
- ¡Me cago en mi calavera!
Sí, la indignación se apoderó del señor Parménides. ¡Esto no podía quedar así! ¡Tenía que rebelarse! Pero, ¿qué hacer? Pensaba y pensaba furiosamente, pero no se le ocurría nada, hasta que, de pronto, tuvo una idea: consultaría con el loro.
Sucedía que Octogenaro tenía en su casa un viejísimo loro. Más valdría decir que el loro vivía en casa de Octogenaro, ya que el hecho de que Octogenaro fuera el dueño del loro era muy discutible. Algunos dicen que ese loro tenía gromecientos años, y que su nombre era Puto Bocazas, pero ya sabéis lo poco de fiar que es la tradición oral. En fin, resulta que este loro era de una gran inteligencia y astucia, y tenía respuesta para todo. Más que un loro, diríamos que era un loráculo, si se nos perdona el espantoso chiste. Lo malo es que sólo se le ocurrían maldades.
Así que, ni corto ni perezoso, Octogenaro pidió audiencia al loro, y le consultó que podría hacer para vengarse del Gobierno por tamaña afrenta. El loro pensó durante unos segundos, pidió a Octogenaro que se acercara, y le susurró al oído:
- Bssss, bsss, bsss,...
Y Octogenaro dijo:
- ¡Eureka! ¡Qué idea!
Y a continuación dijo:
- ¡Aayy! ¡Me cago en mi calavera!
Y es que el loro había aprovechado la proximidad para arrearle un picotazo en la oreja. Así son los loros. Antes de que Octogenaro pudiera asesinarle, el loro se refugió en la lampara y empezó a carcajearse de él (¡Je, je, je!, decía aquel malvado bicho).
Pero al señor Parménides se le pasó rápidamente el cabreo, porque la idea del loro era demasiado buena. Así que, de inmediato, puso manos a la obra.
.........
Cuando, cierto día, Octogenaro Parménides se acercó a la oficina de la Seguridad Social a cobrar su pensión (no se fiaba de los bancos, y hacía bien), el funcionario que atendía aquella oficina se fijó con un poco más de detalle (se aburría) en su carnet de identidad. Y le llamó la atención el curioso hecho de que Octogenaro tuviera, según aquel documento, 185 años. Ante aquella insólita longevidad, el funcionario dijo:
- Perdone, pero este documento tiene un error. Según él, tiene usted 185 años.
- El documento es correcto, chupatintas – dijo el señor Parménides – Tengo 185 años, y los que me quedan.
- Pero eso no es posible – dijo el funcionario, que era hombre de poca imaginación.
- Claro que lo es – respondió con suficiencia Octogenaro – Resulta que, cuando los sinvergüenzas del Gobierno decidieron bajarme la pensión, concebí un plan maquiavélico: si ellos me pagaban menos, yo cobraría durante más tiempo. Es lo justo. Así que decidí no morirme.
- ¿Cómo dice?
- Lo que oye, escribiente. Ya pueden bajarme la pensión que, como voy a cobrar durante un taco de años, a la larga siempre recuperaré lo que me han robado.
- ¡Pero eso no es serio, señor Parménides! ¡Tiene usted que morirse, como todo el mundo!
- ¡He dicho que no me da la gana morirme! ¡Pienso estar cobrando la pensión hasta el día del Juicio Final! Así que calle y apoquine, burócrata.
Así que el funcionario apoquinó, pero aquello le dejó preocupado. De momento, el problema no era grave pero, ¿y si lo que había hecho Octogenaro llegaba a oídos de otros y se extendía? ¿Y si la gente empezaba a tomar en masa la decisión de no morirse? Más que pensar en el abismo filosófico que abría la posibilidad de la inmortalidad, el funcionario pensaba que la inmortalidad sería la ruina de la Seguridad Social. Así que se decidió a poner el asunto en manos de su superior.
Cuando, siguiendo el conducto reglamentario, el asunto llegó catorce años después al despacho del ministro del ramo, éste dijo:
- ¡Me cago en mi calavera!
Porque el comportamiento anarquista de Octogenaro era realmente subversivo. Así que el ministro tomó la decisión que cualquier gobierno democrático hubiera tomado: asesinar al señor Parménides. Le lanzaron desde un octavo piso una caja de caudales sobre la cabeza pero, para su sorpresa, Octogenaro siguió tan fresco. Y es que, cuando tienes una voluntad inquebrantable, todo es posible. Había decidido no morirse y no se moría, ¡ea!
Pero Octogenaro no contaba con las taimadas artes de los gobernantes. Resulta que el Consejo de Ministros (dicen que asesorado por un loro) tomo la decisión de retrasar la edad de jubilación para que coincidiera con la de fallecimiento. Lo vendieron muy bien, era un chollo, ahora tenías la posibilidad de jubilarte a los 40 años, si tenías la suerte de morirte. Con este sagaz plan, la Seguridad Social estaba salvada, ya que no se pagaría una sola pensión. Ante la perspectiva de tener que volver a currar por toda la eternidad, Octogenaro decidió morirse rápidamente.
Y, colorín colorado, así quedo salvada la estabilidad democrática, el orden y las buenas costumbres. Ya nadie decidía no morirse. Eso sí, ante la perspectiva de trabajar hasta la muerte, la gente (dicen que inspirada por un loro) empezó a tomar la decisión de no nacer. Y eso sí que era un problema. Pero algo se les ocurrirá.
¿Cómo no me va a gustar esta portada? Me consta que alguno de los amigos virtuales la puso o citó hace poco, y que el amigo Armando habló de estos músicos hace también pocas fechas, pero ya sabéis que soy un copión, je, je. El dibujo es, queda claro por la firma, de Arnold Roth (podéis conocer su trabajo aquí). Y la música de un grupo que, por desgracia, no tuvo demasiadas oportunidades, el octeto formado en 1946 por una panda de jovenzuelos: el pianista Dave Brubeck, el saxo alto Paul Desmond, el saxo tenor David Van Kriedt, el saxo barítono Bob Collins, el trompeta Dick Collins, el clarinetista Bill Smith, el bajo Jack Weeks y Cal Tjader, que por entonces tocaba la batería. Fueron capaces de hacer una música intrincada, diferente, ese “jazz de cámara” tan peculiar. Aquí va “Fugue On Bop Themes”, tema cortito original de Van Kriedt. A ver si os gusta.
Bueno, bueno, todo un clásico. La banda sonora que Duke Ellington compuso para “Anatomía de un asesinato” (1959). Magnífica portada, que aprovechó los maravillosos diseños de créditos de Saul Bass para la película. Y esta portada me sirve, además de para recordar la música de Duke, para hacer un homenaje al maestrazo de Bass, que cada trabajo suyo es una obra de arte. Aquí tenéis los créditos de “Anatomía de un asesinato”, claro, con la banda del Duke a pleno rendimiento.
Y, de regalo, otro trabajo de don Saul para otra película excelente y muy jazzera, “El hombre del brazo de oro”, con música de Elmer Bernstein, Aquí, aquí debajo. Subir el volumen.